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Las razones para ver Desencanto, la serie del creador de Los Simpson en Netflix

La nueva creación de Matt Groening para el servicio de streaming avanza a tropezones hasta el séptimo episodio, de ahí en adelante se vuelve una serie firme y divertida

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02 de septiembre de 2018 a las 05:04

Había una vez un dibujante, que fue contratado por un gigante del mundo del entretenimiento llamado Fox. El dibujante hizo a toda velocidad un boceto de una familia amarilla, que lo volvió muy, muy famoso, porque en una época en la que todos los programas mostraban familias idílicas y felices, la de él era disfuncional, se reía de la sociedad en la que eran emitidos y sus integrantes no tenían miedo de burlarse de nadie. 


Al gigante su trabajo le gustaba tanto que 10 años después le dio lugar a otro de sus dibujos: esta vez eran las aventuras de un grupo de personajes curiosos en una Tierra del futuro. No fue tan famoso como la familia amarilla, pero le dieron muchos, muchos premios, y tenía un grupo de fanáticos firme. 


Veinte años después, otro gigante –llamado Netflix–, más joven, con más oro en su bolsa y con ganas de conquistar el mundo fue a buscar al dibujante. Y así nació Desencanto. Después del presente y el futuro, el artista Matt Groening visita un pasado de fantasía para reírse de todo lo que pueda, con su habitual estilo de comedia negra. 


La princesa, el elfo y el demonio


Luego de Springfield y Nueva Nueva York viene Dreamland. Ahí vive la princesa Tiabeanie (más conocida como Bean), que –en lugar de casarse para que su padre, el bruto, egoísta y sobreprotector rey Zog pueda establecer alianzas políticas con reinos vecinos– preferiría tomar cerveza, vivir aventuras, tomar más cerveza, irse de fiesta y tomar un poco más de cerveza. Y que no le digan todo lo que tiene que hacer y que dejen de asignarle tareas solamente por ser mujer. 


Después de un sangriento incidente en su fallido enlace, Bean conoce a Luci, un demonio cuya misión en la vida es provocar sufrimiento, muerte y destrucción –aunque cuando quiere puede ser un buen tipo– y a Elfo, un integrante de esa raza que es expulsado por sus congéneres por negarse a someterse a la vida de felicidad y amor edulcorada que viven. Un Bart Simpson de piel verde, con la personalidad de un niño de 7 años y una mirada optimista e idealista –aunque cuando quiere puede ser un tipo astuto y calculador. 


Los dos funcionan como la voz de la conciencia (el diablito en un hombro y el angelito en el otro) de Bean, y sus compañeros de andanzas. Juntos conforman un trío protagónico a lo Futurama, aunque en un mundo que se parece más a Calabozos y dragones y a los cuentos clásicos que a El Señor de los Anillos y los derivados de fantasía contemporáneos. 


La cuestión es que el demonio, el elfo y la princesa se hacen amigos y comienza un camino a lo largo de los 10 episodios. La primera temporada, entonces, funciona así: los dos primeros capítulos están conectados entre sí. Luego viene una parte central, hasta el séptimo episodio, en la que la serie parece componerse de capítulos independientes, con personajes que entran y salen, travesías que no parecen tener ningún impacto y un statu quo que siempre vuelve al mismo punto. Esa es la parte más floja y aburrida de la serie, porque no termina de ponerse de acuerdo sobre si es una saga inconexa o una serie continua.


Pero la tortilla se da vuelta a partir del octavo capítulo, que retoma los acontecimientos de todo lo que sucedió hasta ese momento y los hace confluir en un trío de episodios finales que se ponen más sombríos y serios, pero también más firmes y contundentes en lo narrativo, y resignifican para bien todo lo que pasó hasta ese momento. La serie se hace mucho más redonda, entretenida y potente. 


Un reino de perdedores


En algún lugar de la historia de Bean hay un mensaje feminista (o que intenta serlo); a veces queda mejor presentado que en otros pasajes. Pero, en general, la serie intenta mostrar, a través de su ambientación medieval, algunos estereotipos de género que siguen manteniéndose vivos hasta hoy. 


Y no solo lo hace con uno de los temas más debatidos del mundo actual, sino que también lo usa para reírse de la religión, del poder, de la violencia y –como ya ha hecho tanto en Los Simpson como en Futurama– satirizar y burlarse de la cultura popular. 


Aunque más que sátira (existe, pero en un tamaño mucho menor que en Los Simpson) está la parodia. En Dreamland el trono está hecho de espadas como el Trono de Hierro de Game of Thrones; Hansel y Gretel son una pareja de hermanos caníbales que viven en el bosque y las hadas están lejos de ser como Campanita: son prostitutas que trabajan en los bosques, tienen los pechos caídos y fuman como chimeneas. 


Ese mundo de perdedores, fallidos y extraños, está concebido por la mente de Groening y sus compañeros guionistas y ejecutado por el estudio Rough Draft, los mismos de Futurama, que logran que Dreamland sea un lugar impresionante, vivo y grandioso, con una mezcla de animación digital y tradicional. 


A eso se suma la música de Mark Mothersbaugh, integrante de la banda Devo y compositor de bandas sonoras para películas como Rushmore, La vida acuática y Los excéntricos Tenembaum, de Wes Anderson, La gran aventura Lego y Thor: Ragnarok. Con sus violines, vientos y percusión juguetona, las melodías medievales se infiltran en el cerebro como las malas ideas de Luci.


Más allá de ser irregular, y de asustar por un momento al espectador sobre el destino de la serie porque no parece saber hacia dónde va, el balance final de Desencanto es lo suficientemente atractivo como para esperar con ganas la segunda temporada, que ya ha sido encargada por Netflix, el gigante que no duda en esperar para que sus productos se asienten mejor y se encuentren a sí mismos. 


Lo que seguramente no perderá la serie será su estilo de comedia negra que es capaz de hacer chistes sobre la peste y la muerte de niños, como puede hacer gags visuales, juegos de palabras, chistes verdes y manejar un registro tan amplio que alguno de los chistes va a llegar a destino y hacer soltar una risa. 


 Y tampoco perderá otro sello registrado de Matt Groening: la mezcla de cinismo con idealismo. Porque Dreamland puede ser más cercano a una pesadilla que a un sueño, pero siempre habrá un amigo al que salvar, un romance por el que pelear o un derecho que conquistar. 

Los encantos de Desencanto

Los protagonistas 

El trío principal tiene buena química y sus actores de voz les dan carisma a estos papeles

La música

Mark Mothersbaugh, de la banda Devo, aporta melodías pegadizas y divertidas

La animación 

Los escenarios de Dreamland son maravillosos, gracias a una combinación de técnicas de animación

Los giros finales 

Los últimos tres episodios apilan momentos sorpresivos y resignifican la primera parte de la serie

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