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Daniel Viglietti, Eduardo Galeano y Jorge Zabalza llegaron hasta las puertas del palacio Piria, sede de la Suprema Corte de Justicia (SCJ), para solidarizarse con la jueza Mariana Mota y expresar su repudio a los ministros de la SCJ, quienes determinaron el traslado de la magistrada de un juzgado penal, donde trabajaba en más de 50 causas vinculadas a derechos humanos, a uno civil.

Era la hora 10.20 cuando unas 300 personas comenzaron a aplaudir. El aplauso incesante era acompañado por pancartas y cánticos. “Huidobro mafioso”, decía una cartelera en referencia al enfrentamiento entre la jueza y el ministro de Defensa Nacional, Eleuterio Fernández Huidobro. “Se va a acabar, se va acabar la impunidad del Uruguay”, coreaban los presentes, entre quienes habían integrantes del PIT-CNT, Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos, Hijos Uruguay, la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (FEUU) y Crysol. Estaban además el diputado frenteamplista Luis Puig y varios abogados y fiscales. Más allá de matices en la forma de manifestarse, los presentes coincidían en algo: el traslado de Mota impide que se sigan esclareciendo las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura.

A la hora 10.40 llegó la jueza, acompañada por su esposo y sus tres hijos. La ovación retumbó en plaza Libertad y varios se abalanzaron para saludarla. La fiscal Ana María Tellechea –representante del Ministerio Público en la mayoría de las causas que tramita Mota– se le prendió con todas sus fuerzas y soltó más de una lágrima. Mota tampoco pudo contener la emoción. Tras sus pasos, los manifestantes ingresaron al palacio. “Mariana, amiga, el pueblo está contigo”, coreaban.

El salón donde además de Mota jurarían otros 14 jueces se convirtió pronto en una trinchera de reclamos frontales. “Que se vayan”, era el grito dirigido a los ministros de la SCJ, que permanecían en una sala contigua.

A la hija menor de Mota, Eugenia, de 13 años, no le gustaban muchos los cantos. Estaba asustada, abrazada a su padre en el salón de juramento. Manuel, el varón de 14 años, sonreía. Y Sara, de 15, estaba un poco disgustada. “Me da cosa por la gente, por esta gente”, comentó a El Observador.

Su madre, mientras, era asediada por la prensa y simpatizantes, pero hablaba poco. “Nunca tuve sumarios”, aclaró.

Entre abrazos y forcejeos para ingresar a la pequeña sala de juramentos, uno de los manifestantes comenzó a cantar: “Mariana presidente”. “¿Me estás jodiendo?”, bromeó Manuel. La confusión de los hijos de Mota era compartida por los funcionarios del Poder Judicial que, sobre la hora 11.15, concluyeron que en esas condiciones no se podía realizar el acto público. El rumor de que el juramento no se realizaría si los revoltosos no desalojaban la sala recorrió el palacio. “¿Qué querés que hagamos?”, le preguntó un manifestante a Mota. “No sé, yo no organizo esto”, respondió la jueza.

Primera avanzada policial
A los pocos minutos, ingresaron al hall seis integrantes del Grupo Especial de Patrullaje Preventivo (GEPP) a cargo del oficial Miguel Iraola dispuestos a desalojarlo. De los cánticos agraviantes pasaron a los empujones mutuos. El exjugador de Nacional Diego Jaume, cuyo padre fue torturado en Boiso Lanza, se puso a la vanguardia de la resistencia. La puerta al salón de actos se llenó de manotazos y gritos, hasta que Iraola ordenó que la fuerza se retirara.

El oficial se reunió entonces en una sala contigua al hall con el vocero de la SCJ, Raúl Oxandabarat, y los dirigentes sindicales Gustavo Signorele y Edgardo Oyenard. “Tenemos que desalojar”, les dijo Iraola. “¿Por orden de quién?”, preguntó Signorele. “De (la jueza penal de turno, Gabriela) Merialdo”, respondió el oficial. Signorele comenzó a insultar a los cuatro vientos. “Acá no se reprimió ni en dictadura”, gritaba. Luego amenazó con ocupar el palacio Piria, pero finalmente se calmó y se comprometió a retirar a los manifestantes, si la policía también se retiraba.

Signorele ingresó otra vez a la sala de juramentos, abrazó a Mota y le pidió que le solicitara a los representantes de otras organizaciones que desalojaran la sala. A la jueza no le simpatizó la idea. Aseguró que ella no convocó a ninguna manifestación, pero dijo que lo haría porque no era justo que los demás jueces no juraran por esa razón. Mota se acercó a Irma Leites, vocera de Plenaria Memoria y Justicia, para susurrarle el exhorto. “Yo me voy a retirar, pero esto es un mandado del PIT al gobierno”, dijo Leites.

Lo que en principio era una manifestación pacífica en apoyo a Mota y en repudió a los ministros de la SCJ, se convirtió en confrontación física con la Policía y, luego, en conflicto interno entre las asociaciones convocantes. Si bien los sindicalistas se proponían disuadir y desalojar, no tenían el respaldo suficiente para lograrlo. Además de no aceptar la propuesta, varios manifestantes los insultaron.

Entre la hora 12 y las 12.30, desfilaron por las mejillas y la espalda de Mota besos, lágrimas y abrazos de hombres y mujeres que repetían “gracias”. Cuando le avisaron que la jueza que solicitó el desalojo de la sede, a pedido de los miembros de la corte, fue Gabriela Merialdo, Mota repreguntó, indignada, “¿Merialdo?”, y sonrió.

Una mujer misteriosa
Ante el fracaso en la negociación, la Policía emprendió la segunda avanzada. Volvieron los pechones y los empujones y reapareció un actor central entre el tumulto: Zabalza. Espalda con espalda con Oyenard, empujaba a los policías para evitar el desalojo. “Se tiene que ir”, le decía el oficial a Zabalza. “No me voy a ir”, repetía el extupamaro. “Esto pertenece al pueblo. Que venga Rubial Pino”, ordenó, en alusión al presidente de la SCJ. En la hora más tensa, Zabalza lideró a los revoltosos. “Que se suspenda el acto y nos vamos todos tranquilos”, propuso, pero ninguna de sus ideas encontró tierra fértil en las autoridades. Entrelazado con los policías, el viejo líder era el objetivo preferido de fotógrafos y camarógrafos. “Quedé lindo”, le preguntó a un reportero. Con Zabalza al frente, los manifestantes resistieron el embate policial.

A la hora 13.05, llegó el jefe de Policía de Montevideo, Diego Fernández, acompañado por la Guardia Metropolitana. La tercera ofensiva fue menos violenta pero más efectiva.

Tras el desalojo, la Policía permitió el ingreso solo a la prensa y a familiares de los jueces que juraban. Mota juró con un casi imperceptible “sí, juro”, mirando hacia abajo. Cuando los ministros saludaban con un beso a las otras juezas, Mota les extendió la mano sin mirarlos a los ojos. “Aguante, Mariana”, gritó uno de los presentes.

La jueza se retiró junto a su familia. Unas 30 personas que esperaban en la calle la ovacionaron nuevamente al salir.

Pero todavía quedaba un último escollo. Al doblar la esquina, mientras se retiraba, una mujer rubia comenzó a insultarla. “Mirame. ¿No te acordás de mí?”, le gritaba. Se le acercó, tomó uno de los palos que sostenía una pancarta en apoyo a Mota, y agredió a su hija. “Tú madre es una asesina”, le dijo a la adolescente que comenzó a llorar. Nadie entendía nada. Tras la agresión, la misteriosa mujer desapareció.

Mota caminó cuatro cuadras, acompañada por una procesión de seguidores y se subió al auto. En el asiente trasero, la hija menor, abrió una revista del Gallo Claudio. Su padre arrancó el auto y dejó detrás de sí el último aplauso.
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