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Los cuadernos de la vergüenza

Los episodios de corrupción que se han dado en Argentina ya no se pueden esconder bajo excusas burdas y poco creíbles. Llegó la hora de que Cristina Kirchner enfrente la realidad tal y como es

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19 de agosto de 2018 a las 05:00

Que en la época de los 12 años del kirchnerismo (cuatro de Néstor y ocho de Cristina) la corrupción fue grande y en aumento era algo de todos conocido aunque no hubiera demasiadas pruebas excepto las denuncias de Elisa Carrió (muchas veces descartadas como la acción de una persona paranoica) y de Margarita Stobilzer, que certeramente denunció la causa del Hotel Los Sauces, propiedad de la familia K. Y excepto por la misteriosa valija de Antonini Wilson que vino de un avión oficial y que fue requisada en Aeroparque, seguramente por error o porque alguien no pudo ser comprado. ¡Cómo puso el grito en el cielo CFK, diciendo que le habían plantado esa valija, que ahora se revela parte de una trama muchísimo mayor!

Que Néstor tenía negocios turbios, con amigos y con funcionarios que "recaudaban o robaban- para la corona" (como en la época de Menem) era algo tan conocido como negado desde las altas esferas del poder K, que atribuían su divulgación a operaciones de la prensa de la derecha, ya fuera del Grupo Clarín o de La Nación. Y quizá podrían haber señalado que era una operación surgida del "plan Atlanta" o de uno anterior para desestabilizar el gobierno progresista de don Néstor y doña Cristina que, mientras avanzaban la causa "nacional y popular" aprovechaban para llenarse los bolsillos, los bolsos, y los mausoleos construidos a estos efectos en estancias pampeanas.

Pero a excepción de la máquina de contar billetes de "la Rosadita", de los bolsos con US$ 10 millones arrojados por encima de los muros de un convento por el ex vicejefe del Ministerio de Obras Públicas y de los US$ 5 millones guardados en fajos precintados en la caja de seguridad bancaria de Florencia Kirchner, todo se derivaba en funcionarios de segunda o tercera categoría. Y los señores K decían, ¿qué podemos hacer si nuestros funcionarios son deshonestos? Esto no es prueba de nada que nos incrimine. Son todas maniobras del "partido judicial" para desprestigiarnos. Incluso hace una semana Cristina intentó desacreditar la investigación del periodista de La Nación Diego Cabot diciendo que "habría armado un pequeño grupo de tareas con dos alumnos de la carrera de periodismo para analizar el supuesto material y volcarlo en un informe".

Lo que Cristina no sabía era que en los días siguientes varios ex funcionarios suyos y de su marido contarían, en su calidad de arrepentidos, muy cinematográficas historias del traspaso de dinero en bolsos a Néstor en presencia de Cristina, con tal grado de detalle que ya nadie podría atribuir esos pagos y esos traspasos ni al Plan Atlanta (si es que este existe) ni a la "causa nacional y popular" que decía defender el matrimonio K. Y mientras las coimas iban y venían con puntualidad, el matrimonio K recibía las bendiciones de Chávez, de Lula, de Evo, de Dilma, de Correa, de nuestro ex presidente Mujica. Ahora incluso jefes de gabinete como Abal Medina reconocen haber recibido dinero y otros integrantes del círculo íntimo presidencial son señalados como receptores.

Y queda claro que todos los empresarios de la obra pública, ya fueran devotos seguidores K, como enemigos de los K, pagaban puntualmente sus coimas para obtener sus licitaciones, o mejorar precios, o incluso dejar inconclusas.

Lo que está en marcha en la justicia argentina, nadie sabe dónde va a terminar. Lo que sí se sabe es que la hora de las grandes empresas constructoras ha pasado y que la defensa de Cristina para salvarse de la cárcel pende de un hilo. Ya no puede escudarse en operaciones mediáticas o políticas en su contra ni en la acción de funcionarios de tercer o cuarto nivel. Todos los dardos apuntan a ella y a su marido y su participación activa no puede ignorarse. Es más, seguramente con el paso de los días, el testimonio de los arrepentidos la irá acorralando, porque ya no es el testimonio del chófer (cuya caligrafía fue injustamente despreciada por Estela de Carlotto, referente de las Abuelas de Mayo) sino por la catarata de personas que conocieron a Néstor y Cristina y que van a decir todo lo que saben para zafar de la cárcel. La onda de los cuadernos se ha multiplicado exponencialmente. La defensa, las excusas y la victimización de Cristina se tambalean.

Lo importante es no llamarse a engaño. La limpieza debe ir a fondo para que las lecciones sean aprendidas aunque esta limpieza implique detener uno de los motores favoritos de Macri para reactivar la economía: la obra pública. Es que si Argentina pretende resurgir un día de las cenizas, tendrá que hacerlo desde un cambio de paradigma: apostar por sus empresarios pioneros y desembarazarse de sus empresarios cortesanos y corruptos, que merodean los pasillos del poder para lucrar sin competir. Lo han hecho con Cristina y antes. Solo que con Cristina, se saltaron todos los límites. l

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