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Desde que William Shakespeare escribió en su drama Hamlet que “hay algo podrido en Dinamarca” la frase sirve para hacer referencia a cualquier hecho de oscura corrupción política en cualquier situación o estado. Pero resulta que, desde hace un par de años, esa frase shakesperiana ya no es metafórica, sino literal.

Para todos los que hayan visto la serie política Borgen no puede sino saltar a la memoria emotiva el parlamento de Horacio hacia Hamlet. En tres temporadas de 10 capítulos cada una, Borgen retrata de manera cruda, honesta, y por momentos de forma bestial, el ascenso al poder, como primera ministra de Dinamarca, de una mujer de un partido de centro, los Moderados, que deben pactar una alianza estratégica con otros partidos (algo típico en las democracias parlamentarias europeas) para formar gobierno.

La ministra elegida, Birgitte Nyborg, es en principio una idealista dirigente moderna y liberal, que posee una familia casi perfecta. Está casada y tiene dos hijos. Vive en una casa donde cuida el jardín y se dirige al Parlamento (“Borgen”, en la forma coloquial danesa) en bicicleta. La vida le sonríe y el pueblo la ha elegido para que comande los controles de esa pequeña monarquía constitucional, una especie de país modelo de juguete enclavado entre Alemania y Suecia, una de las naciones con los mayores estándares de vida del mundo.

Para ver el proceso de cambios que se producen en la vida de Birgitte y de su familia, en su entorno político y en el de los periodistas que cubren su gobierno lo mejor es ver la serie. Basta decir que nada es color de rosas y para el que esté acostumbrado a argumentos y vueltas de tuerca propios de las series estadounidenses, Borgen es una fuente inagotable de sorpresas, y no precisamente de las más agradables. Siempre hubo algo podrido, en Dinamarca y en todos los países; en las monarquías, en las democracias y en las dictaduras. Borgen, además de hacerlo explícito delante de cámaras, demuestra que esa podredumbre puede ser fascinante como serie de televisión.

Otra de las mejores series europeas de estos últimos años ha sido la policial El puente (“Broen”, en danés). Se trata de una coproducción entre Dinamarca y Suecia, y para replicarlo en la historia narra una investigación de los policías, un danés y una sueca, a partir de la muerte de una mujer cortada a la mitad justo en la frontera sobre el puente Öresund, que atraviesa el estrecho que divide a estos dos países.

Además de la crudeza de la historia y de la radiografía de dos personajes que no son felices y que lidian con problemas personales profundos, la serie describe el ambiente donde se mueven los policías y los asesinos, dos ciudades que están enfrente con agua en el medio como Copenhague y Malmö, donde mucha gente no vive ni cerca del supuesto paraíso de la socialdemocracia.

Ambas series, de alta factura técnica y actoral, son producciones del canal público danés Danmarks Radio, conocido por su abreviatura DR1. Es una especie de Sodre danés, que empezó siendo solo radio y luego a mediados de los años de 1950 abrió su lado televisivo.

Para octubre de este año, con muchos de los actores de Borgen y El puente DR1 lanzará, en una apuesta que sube varios escalones a las anteriores por su grado de producción, la primera temporada de la serie histórica 1864, sobre el año de la guerra que enfrentó a Dinamarca con Alemania.

El tráiler se puede ver en YouTube y por la calidad del contenido parece una versión de Lo que el viento se llevó pero nórdica y sigue elevando la ficción televisiva al grado de arte.

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