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Luego de El secreto de sus ojos, segunda película argentina ganadora del premio Oscar después de La historia oficial, y su segunda nominación al premio tras El hijo de la novia, todo cinéfilo promedio esperaba ansioso saber con qué proyecto continuaría su carrera el cineasta Juan José Campanella. La respuesta fue sorpresiva: una comedia animada para niños.

Metegol es un doble debut de Campanella, en el género animado y para el público infantil. La historia de Amadeo, un joven con grandes habilidades para el metegol (nuestro vernáculo futbolito) que es responsable de la única derrota conocida de Mato Grosso, quien años después volverá al pueblo que lo vio nacer convertido en una suerte de Cristiano Ronaldo. Con su regreso, está el plan de destruir el pueblo que lo vio derrotado y, en particular, el metegol donde conoció esa misma derrota. Pero los jugadores del metegol, que cobran vida y personalidad, tienen otros planes.

La historia –escrita por el propio Campanella junto a Eduardo Sacheri, el autor de la novela en que se basó El secreto de sus ojos, Gastón Gorali y Axel Kuschevatzky– adapta el cuento de Roberto Fontanarrosa Memorias de un wing derecho. Bastante del espíritu de la prosa de Fontanarrosa sobrevive en la película, en particular cierto humor delirante que pasa por los personajes secundarios. Pero también hay mucho del propio Campanella, con sus relatos de clubes de barrio (como el que alberga el metegol en un principio) y los personajes característicos que se vinculan a ellos. El rescate del club primero, y del pueblo todo después, traza cierto paralelismo con su propia obra, con enganches directos a Luna de Avellaneda. Por su parte, el filme es profundamente futbolero y allí también no puede dejar de recordarse el pasaje relacionado a Racing en El secreto de sus ojos.

Pero si algún padre escéptico se pregunta si algo que contiene rescate barrial y fútbol es material adecuado para el entretenimiento de sus hijos, no le debe caber la menor duda. La película tiene también un humor absurdo y una aventura de ritmo infernal. Al momento en que los personajes del metegol cobran vida –que la cobran los 22 jugadores, pero son El Capi, El Loco y Beto quienes más protagonismo tienen y en particular el Beto es delirantemente divertido– la acción no se detiene nunca. Metegol tiene al menos dos secuencias vertiginosas dignas de la mejor película de acción: la que ocurre en el basurero y el rescate de los muñecos en el curioso laboratorio que tiene en su megamansión Mato Grosso.

La película celebra el fútbol de campito, el fútbol que se juega por la pasión de jugar, y lo contrapone al fútbol profesional, aquel que se juega solo por fama y fortuna. Tanto el futbolista profesional (Mato Grosso) como su representante son pintados de manera deleznable. En cambio, el deporte mismo es ensalzado con emoción y convencimiento. Claramente se trata de un retrato brindado por artistas que aman el deporte.

La historia no es la gran cosa, es verdad. De hecho, la trama se impulsa con una idea no demasiado desarrollada. Mato Grosso quiere el metegol. ¿Para qué? Nunca queda muy claro y el personaje jamás se explaya a ese respecto. Pero en definitiva, tampoco es algo que importe mucho. La acción se impulsa detrás de esa idea y nunca se detiene. Y no solo resulta entretenida para los chicos. Campanella y equipo cuidan que su producto sea apto para todo público y hay varios, muchos, de los chistes que tienen como público objetivo a los padres. Asimismo, es una película profundamente cinéfila con sus chistes/homenaje sobre 2001: Odisea del espacio, El bueno, el malo y el feo y Apocalypse Now.

Apenas dos aspectos negativos (o quizá ni tanto) se le pueden mencionar. Por momentos, la animación queda austera (nuevamente, la secuencia del basurero) y limitada en fondos y detalles. Pero el que realmente desconcierta es el apartado voces.

Talentosos actores argentinos (Pablo Rago, Horacio Fontova, Fabián Gianola) dan voz a los personajes, pero lo hacen en un curioso español neutro (mezclado con expresiones típicamente argentinas, que hacen un ir y venir del “tú” al “vos”) evidentemente buscando mayor proyección internacional. Para oídos rioplatenses, queda raro, distrae y desconcierta a lo largo de toda la película. Pero, bueno, es un detalle menor.

Metegol entretiene y propone una película animada diferente en su concepción a lo que puede ser Frozen o Turbo. Una mirada vernácula al género, desde una temática intrínsecamente nuestra (ya que solo argentinos, brasileños y uruguayos vivimos el fútbol de esta manera) y para todos los públicos. Vale la pena.
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