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Las esculturas de Kris Kuksi producen una inusual fascinación: por un lado, lo macabro de sus ensamblajes se convierte en algo sumamente hermoso, y por otro, lo grotesco de sus complejas construcciones se transforma en una imagen fina y elegante. Choca y atrae a la vez. Genera el recuerdo pacificador de dioses y santuarios al mismo tiempo que remite a los horrores más crueles de la guerra.

Nacido en Springfield en 1973 y criado en la bucólica soledad de Kansas, entre el silencio del medio del campo y los estertores de un padrastro alcohólico, Kuksi mezcla de modo caótico pero ordenado lo más clásico del estilo barroco con una estética industrial moderna, utilizando para ello los más diversos materiales, como soldaditos de plomo, piezas de motor de automóviles en desuso, escombros, cráneos de plástico, material kitsch, chatarra y todo tipo de figuras que pueden aparecer en un mercado de pulgas.

Según sus propias palabras, su obra –que puede emparentarse en pintura con la de El Bosco, en cine con la de Clive Barker y en literatura con la de Lovecraft– quiere representar al hombre y la relación que tiene con el mundo que le rodea, con un mundo espiritual y con la creación del mismo.

“Yo uso las cosas y lo hago de una manera muy articulada, involucrando la imaginación, la habilidad, las matemáticas, la artesanía, la pintura y, por último, la magia”, señala el artista.

Por esto quizá su obra ha sido adquirida por diversas figuras de todos los ámbitos, como el CEO de Nike Mark Parker, el director y músico Fred Durst, el cineasta Chris Weitz, el actor Robin Williams o el director y guionista mexicano Guillermo Del Toro, quien en la home del sitio web del artista (www.kuksi.com) lo presenta como “un maestro rococó post-industrial”.

Según el director de La invención de Cronos, El espinazo del diablo, Hellboy y El laberinto del fauno, entre otras películas, “el conflicto político, espiritual y material dentro de estos santuarios se promulgó bajo la tranquila mirada de los dioses remotos y estatuas de agosto. Kuksi logra evocar, a la vez, un santuario y un mausoleo para nuestro espíritu asfixiado”.
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