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Puestos a divagar con unos amigos acerca de cuáles son los músicos uruguayos más conocidos en el mundo, hubo quien mencionó a Gardel -pese a que era un porteño empedernido- otros argumentaron que a Jorge Drexler lo vieron y escucharon millones y millones de personas mientras recibía un premio Óscar, y alguno recordó a Los Shakers. A mí me parece que ese lugar le pertenece a Los Iracundos, la banda nacida en Paysandú a la que durante años le puso voz el fallecido Eduardo Franco.

No solo porque a Los Iracundos los reconocen en toda América Latina o porque grabaron en Italia y España e hicieron lo suyo en Estados Unidos tocando en el Madison Square Garden. Sino también porque su nombre aparece ligado a situaciones y lugares insospechados. La última vez que escuché más de tres canciones seguidas de Los Iracundos fue a finales de los años de la década de 1990 en la Antártida. En la base uruguaya cercana al Polo Sur, casi todos los días, casi exclusivamente y vaya a saber por qué, sonaba la banda sanducera. Y sus cassettes eran compartidos con las delegaciones de la desintegrada Unión Soviética, de Argentina o de Chile. Hay un monumento en honor de Los Iracundos en la ciudad chilena Puerto Montt, a quien Franco le dedicó una canción que pasan todas las mañanas por la radio después del Himno Nacional. Los Iracundos también participaron como personajes centrales en la campaña electoral de un desaforado político ecuatoriano que llegó a la presidencia y a quien destituyeron poco después acusado de loco.

La otra noche estaba mirando Dexter, la adictiva serie estadounidense sobre un forense de la Policía de Miami que se convierte en asesino de criminales. Promediando el noveno capítulo de la última temporada, Dexter baja de un auto en la puerta de un boliche y de fondo suenan… Los Iracundos. La voz de Eduardo Franco se escucha clara cantando en castellano Moritat (Mack The Knife) mientras Dexter le propina una soberana paliza al sabandija de turno.

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