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¿Cómo salir del círculo vicioso de la víctima y el victimario? ¿Cómo es posible liberarse del espanto implícito en cualquier crónica roja para evitar estigmatizar? Esas son algunas de las preguntas que pueden respirarse en la sala Cero de El Galpón una vez que la función del El instrumento ha llegado a su fin.

Sin demasiados artilugios, pretensiones ni conclusiones, esta pieza escrita y dirigida por el uruguayo Sebastián Barrios propone ante todo un diálogo con la violencia que solemos encontrar a diario durante los primeros 30 minutos de cualquier noticiero.

Con esta pieza el joven autor y director, continúa el camino que había inaugurado en Menarquias (estrenada en el teatro La Candela en 2009 o con Migajas, que pudo verse hace dos años en la sala Cero de El Galpón, en lo que refiere a su temática social.

En este caso, el argumento gira en torno a un asesinato que cruza la realidad de dos familias pertenecientes a dos contextos sociales diferentes. Su principal mérito radica en que no presenta a personajes estáticos y estancados en el rol de víctimas o victimarios, como suele quedar establecido en una crónica policial, sino que en el transcurso de la historia, el espectador puede encontrarse con otras facetas de su personalidad, que no obstante, siempre resultan invisibles para el resto de los actores en escena.

En este sentido, uno de los mayores aciertos de la puesta fue hacer coexistir a los integrantes de estas dos familias en un mismo decorado escénico, en todo momento.

Así la misma mesa, el mismo mueble, y por extensión la misma sociedad será habitada por personajes que, aunque estén unos al lado de los otros, no son capaces de verse. La economía, es el principal recurso del que se vale Barrios para conseguirlo, en donde un cuadro puede funcionar también perfectamente como una ventana.

El instrumento es también una obra llena de personajes verosímiles, bien interpretados (aunque con algunos matices). Una mujer de clase media (Gisella Marsiglia) que se preocupa por la situación de su hija que ha decidido mudarse a un barrio marginal, una mujer joven que quiere construir su propio camino (Lucía David de Lima), una abuela (Silvia García) que aunque con pocas herramientas pedagógicas, quiere cuidar a su nieto (Cristian Amatoria) al que su estadía en un centro reformatorio parece no haber hecho otra cosa que empeorar su capacidad de inserción social y su madre prostituta, y drogadicta (Elizabeth Vignoli) que aparece al final de la obra, para demostrar que también es una víctima más.

Pero a no equivocarse, El instrumento, no arroja soluciones, como su nombre sugiere, no es más que una lupa o microscopio, que decide hacer un poco de zoom en torno a un caso más de violencia social, dejando de lado la crueldad de los hechos y enfocándose en la complejidad de las relaciones humanas y de modelos “contaminados” que se transmiten de generación en generación. Modelos que por más que pretendan ignorarse, siempre terminan provocando fisuras que repercuten a la sociedad en su conjunto. Sin moralejas, las conclusiones correrán por cuenta del espectador.

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