ver más

En señal de luto, todas las guitarras deberían callar por unas horas. Riley B. King, conocido en el mundo de la música como B. B. King, murió ayer en Las Vegas a los 89 años. Larga vida al rey.

Fue monarca del blues a pesar de haber tenido un origen muy pobre: había nacido en 1925 en una cabaña, hijo de recolectores de algodón de Misisipi. A los 14 años su madre había muerto y su padre había huido. El chiquilín gastó entonces sus yemas recogiendo algodón. Cantó en un coro de gospel, trabajó en otras changas, ahorró y se compró una guitarra acústica. Al ver tocar a T-Bone Walker entendió que debía tener una eléctrica. Pero en ese entonces, un negro debía trabajar años para poder ganar el dinero para una Gibson. Pensó que el mejor atajo era robarla.

El limo del río llegó a sus dedos gruesos. Algodón en las venas, la sempiterna presencia de Dios en miles de aleluyas y el Diablo siempre rondando: el crimen, la noche, la luna, el blues. Parece un enorme cliché pero dicen sus biógrafos, como Sebastian Danchin en su libro Blues Boy: the life and times of BB King (1998), que todo es verdad. Su historia de vida es una de las piedras que forman el muro de los mitos del blues.

En 1949 King estaba en un bar en Twist, Arkansas, y luego de una pelea se inició un incendio. Evacuaron a la gente, pero el guitarrista olvidó adentro su Gibson ES 355. Entró como poseso entre las llamas y rescató el instrumento. Hubo dos muertos en el incendio. Al otro día le contaron que la chispa del accidente había sido una mujer caderona llamada Lucille: la guitarra estaba bautizada.

A base de una técnica elegante y salvaje al mismo tiempo, King fue cultivando su carrera en Memphis, ciudad que sería la capital de su reino musical. A pesar de que compuso cientos de canciones, el éxito le llegó con un tema ajeno de Roy Hawkins, The thrill is done.

Con sello propio

King integra el privilegiado círculo de guitarristas de rock y blues que son reconocibles con solo escucharlos interpretando un par de notas de sus instrumentos, como Jimi Hendrix, Carlos Santana, Stevie Ray Vaughan o Mark Knopfler.

Como un auténtico rey recibió reverencias de todos los caballeros de la viola, empezando por Eric Clapton. Con él tocó muchas veces (la primera en 1967, cuando era el virtuoso líder de Cream) y con quien grabó el disco Riding with the king. En la portada Clapton, al volante de un Cadillac negro, hace de chofer de King, que va sonriente junto a Lucille.

En 1969, los Rolling Stones lo tuvieron en sus shows. El mito continuó creciendo. Indiferente al tiempo, King en 1987 tocó con U2, la banda del momento en el mundo, que recorría Estados Unidos y recurría al trono de Lucille como forma de abrevar en las raíces bluseras del sur. Bono le mostró sus canciones a King como un niño que le alcanza avergonzado un boceto a su abuelo. Y el rey, magnánimo, le dio su bendición al imberbe irlandés.

Según declaró King, su disco preferido era Indianola Mississippi seeds, donde en la primera canción toca…el piano. Y lo toca muy bien. En la portada del álbum se ve una guitarra que es una sandía enchufada a un amplificador añejo. La infancia lo rondaba en el recuerdo. En la ciudad de Indianola funciona un Centro de Interpretación de King dedicado a la preservación del legado del guitarrista y de la cultura musical del Delta blues.

Su fama fue mundial. Tocó cuatro veces en Uruguay, la última en diciembre de 1998, cuando se subió al escenario del Cine Plaza. Ya estaba viejo pero todavía había dinamita en sus manos. “Un tema lo hacía sentado en una silla y después se paraba para un solo y el cine se venía a abajo”, recuerda Lautaro Hourcade, entonces un joven músico que lo vio esa noche y le dio la mano al monstruo. King le regaló un pin de plástico con una pequeña guitarra y unas púas. No sabía si usarlas o guardarlas como reliquia, pero al final se dio cuenta de que el mejor homenaje era rasgar las cuerdas de su guitarra con la magia de esos pedacitos de plástico. Tocó con la púas de King hasta que se le gastaron, se le traspapelaron o las perdió, no lo recuerda. Lo que sí no olvida, como tantos miles de fanáticos alrededor del mundo, es la emoción de escuchar a un rey cuya corona invisible estaba en los dedos que una vez apretó.

Vea el interactivo de El Observador de homenaje a B.B. King.

Seguí leyendo