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Es muy pronto para embriagarse de entusiasmo por los acertados conceptos acerca de la educación que planteó el presidente Tabaré Vázquez durante el llamado Consejo de Ministros, realizado en Dolores, departamento de Soriano, el lunes 8. Haciendo recordar por momentos el temple que tuvo el 9 de agosto de 2006 cuando dijo que “la historia no retrocede, no se detiene, pero tampoco se repite (y) el tren, algunas veces, pasa una sola vez”, en alusión a un eventual TLC entre Estados Unidos y Uruguay –que el Frente Amplio enterró–, esta semana hizo reflexiones sobre la educación que a oídos de muchos uruguayos suenan muy atinadas, pero, como ocurre desde hace décadas en la política doméstica, por ahora son solo lindas palabras.

El jefe de gobierno aseguró que cumplirá con su promesa electoral de destinar 6% del Producto Interno Bruto (PIB) a la educación en el último año de su mandato y por ello, exigió a los docentes que cumplan con su obligación de “enseñar, educar, y obtener un muy buen fruto de este trabajo”.

“Tenemos el derecho de exigir el mejor resultado educativo en el país”, declaró Vázquez en Dolores.

¿Qué quiso decir el presidente? ¿Cuál es el alcance de sus reflexiones? La verdad es que públicamente no se sabe qué opina acerca de lo que supone “enseñar, educar” en este presente tan complejo dentro de un aula. Como dijo una vez el profesor español Gonzalo Torrente Ballester, “la enseñanza se ha puesto muy complicada, y uno ya no sabe ni qué enseñar, ni cómo enseñar, ni a quién enseñar”.

Mientras el primer mandatario exige a los profesores que cumplan con su trabajo, el presidente del Consejo Directivo Central (Codicen) de la ANEP, Wilson Netto, aterriza las ideas del gobierno en tres prioridades educativas: 1) la universalización de la enseñanza en tres años de edad; 2) que los jóvenes de 17 años integren una propuesta de educación formal con monitoreo de la ANEP; y 3) la duplicación del número de bachilleres.

Si esos son los objetivos del gobierno entonces habría que olvidarse de instaurar una educación de calidad. Los problemas de fondo parecerían que hoy en el mundo tienen otra orientación en la brújula de la enseñanza.

Esta semana, el periodista Eduardo Porter, del diario The New York Times, escribió un interesante artículo sobre la marcha de la educación en el mundo, con el sugestivo título “Hay más alumnos, pero no aprenden”.

El artículo de Porter recoge opiniones de expertos en educación que reconocen un crecimiento exponencial en el acceso a establecimientos educativos... ¿Pero para qué?

Por ejemplo, Eric Hanushek, especialista en Economía de la Educación en la Universidad de Standford, dijo que se ha hecho “un progreso sustancial en todo el mundo enviando a personas a la escuela”, pero “un gran número de personas que ha ido a la escuela no ha aprendido nada”.

El artículo menciona el caso de México que debería resultar por lo menos inquietante para Uruguay: “una economía de ingresos medios con su educación primaria casi universal y una matrícula en secundaria del 70%”, que en la prueba PISA 2012, “el 54% de los estudiantes mexicanos no cumplió con el nivel más básico de aptitud, lo que la OCDE considera ‘necesario para participar productivamente en las economías modernas”. Lograr ese nivel básico, según el periodista, “requiere solo una especie de alfabetismo funcional”.

El problema de que la escuela no enseña bien es tan acuciante, escribe el articulista, que es posible que la mejora de la calidad de la educación integre los Objetivos de Desarrollo Sostenible que sustituirán a los anteriores objetivos del milenio de la ONU y que guiarán la ayuda internacional durante los próximos 15 años.

En Uruguay, según datos oficiales, consignados por El Observador, en la mitad de los liceos de ciclo básico de Montevideo, repite más del 40% de los alumnos; en 2013, el 55% de los estudiantes de sexto año no aprobaron el año, y casi la mitad de los que fracasaron no volvieron a inscribirse al año siguiente; la reprobación en Primaria fue de 5,4% en 2013.

Ya no alcanza con retener a los alumnos en un salón de clase si no se garantiza un aprendizaje razonable y adecuado. ¿Y qué se debería aprender? Podría plantearse como objetivos de aprendizaje, el adquirir una cultura de ciudadanía para mejorar la calidad de la democracia y obtener los conocimientos imprescindibles para desenvolverse en el mundo global de hoy. O, como dice la OCDE, plantearse como piso que, al final de la etapa formativa, los jóvenes estén en condiciones de “participar productivamente en las economías modernas”.

Es por eso que una meta ambiciosa, pero no imposible, sería que el gobierno de Vázquez asumiera en la educación un lema muy simple pero revolucionario para el Uruguay de hoy: “Quédate en el liceo... y aprende”.

Columnista de El Observador y editor del suplemento Correo de Ideas

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