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Por Miguel Russo

Minamata es un pueblo de pescadores ubicado en una bahía del mar de Yatshushiro, en las afueras de la ciudad de Kumamoto, 917 kilómetros al sudoeste de Tokio, Japón. El empresario Jun Noguchi llegó allí en 1907, buscando un lugar para levantar una productora de fertilizantes nitrogenados. No en vano ya tenía resuelto el problema del nombre de su empresa: Chisso, nitrógeno en japonés. Noguchi no tuvo que pensarlo demasiado: a los importantes beneficios impositivos que le otorgaba el gobierno por radicarse en la zona, se sumaba el entusiasmo de las familias de la bahía que, a poco de comenzar el nuevo siglo, celebraban la posibilidad de una economía no tan fluctuante ni dependiente de las idas y venidas de la pesca. Ese mismo año, Noguchi fundó la Chisso Corporation en Minamata. Los habitantes del pueblito fueron empleados como simples obreros. La totalidad de la mano de obra calificada (ya que después de los fertilizantes, la idea de Noguchi era avanzar en la petroquímica y la producción de plásticos) provino de las universidades de Tokio. De todos modos, los ex pescadores entraron a lo que consideraban “el futuro” con una sonrisa.

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Durante los primeros 18 años, la Chisso Corporation arrojó los desperdicios líquidos que generaba la producción de fertilizante a la bahía. Aunque el nivel de contaminación era bajo, comenzaba a diezmar el área pesquera, principal fuente de alimentación de Minamata. Noguchi resolvía las cosas sin prejuicios pagándoles un plus a los pescadores. La inversión era mucho más económica que la que llevaría la construcción de un sistema apropiado para el tratamiento de residuos. La práctica de pago y silencio se transformó en algo normal, éticamente limpio. No conforme, en 1932 la Chisso dio un paso más allá y comenzó a fabricar plásticos, medicamentos y perfumes, lo que significó un boom económico que resonó en todo Japón. Mucho más cuando la empresa mantuvo su desarrollo habitual a pesar de los desastres que sufría todo el país con la Segunda Guerra Mundial en curso.

Poco importaba que para crecer se usara sin medida, y cotidianamente, acetaldehído, un compuesto químico con mercurio como componente clave. Pasaron las bombas sobre Hiroshima y sobre la cercana Nagasaki y la ciudad de Kumamoto volvió del horror. Las empresas retomaron su ritmo y las ventas de la Chisso se incrementaron en gran medida en función de ser la única industria que manufacturaba el químico diotyl phtalato que se usaba como plastificador. El monopolio con este producto, le permitió a la corporación una expansión rápida y sostenida desde 1952. Noguchi era el empresario japonés más exitoso. Minamata recibía su vuelto. Y callaba.

Pero a mediados de los ’50, las familias de ex pescadores comenzaron a notar una tendencia insólita: los gatos se arrojaban al mar en medio de violentas convulsiones, los poquísimos perros los seguían y las calles amanecían con decenas de gaviotas muertas. Y el terror se instaló con una enfermedad desconocida que provocaba ceguera, sordera, desmayos, espasmos y un comportamiento irracional en varios habitantes. Locura, la llamaban los pocos médicos que se animaban a atender a los enfermos. Y como tal la trataban.

El fotógrafo William Eugene Smith había nacido en Wichita, Kansas, Estados Unidos, el 30 de septiembre de 1918. Graduado en 1936 en la Alta escuela del Norte de Wichita, comenzó a trabajar como reportero gráfico en dos periódicos locales, The Eagle y The Beacon. En 1937 consiguió un trabajo en la revista Newsweek, por lo cual se mudó a Nueva York. Todos alababan su perfeccionismo y su deslumbrante capacidad a la hora de captar imágenes. Per también criticaban su personalidad cargada de vehemencia. Como la que lo llevó a ser expulsado de Newsweek cuando se negó rotundamente a usar cámaras de formato medio. En 1939 se unió al brillante equipo de fotógrafos de la revista Life, pero renunció para cubrir la guerra como corresponsal de la revista Flying. Allí busca una y otra vez explicar con sus imágenes los motivos por los cuales Estados Unidos había ingresado a la contienda. En 1941 cambia a Flying por Parade donde gira su cámara, deja de enfocar militares y comienza a fotografiar los estragos causados en la población civil. Así conoció Japón. Y allí capturó miles de imágenes de Saipán, Guam, Iwo Jima y Okinawa, donde cubrió el desembarco y cayó herido por un disparo de mortero.

En 1948, una vez finalizada la guerra, vuelve a su patria y realiza un reportaje sobre la vida de un médico rural, destacando los mismos componentes trágicos cotidianos que había visto entre las balas ahora en tiempos de paz. A principios de 1950 viajó a Inglaterra para cubrir las elecciones generales que ganó el laborista Clement Attlee. La revista Life donde trabajaba, contraria al pensamiento del partido ganador, sólo publicó unas pocas fotografías que mostraban algunos obreros ingleses. Smith no dudó, rompió su contrato y se unió a la Agencia Magnum.

Pero los dueños de la revista más prestigiosa de entonces no se resignaban a perder el ojo certero de Smith. Y lo tentaron nuevamente. Life quería publicar un reportaje sobre los problemas de aprovisionamiento de alimentos en la España de Franco. El dictador español, obnubilado por el prestigio de la revista, autorizó de inmediato el trabajo: su idea era que así se harían visibles los efectos que el bloqueo internacional producía sobre sus dominados. William Eugene Smith entró a España acompañado por el fotógrafo norteamericano Ted Castle y la intérprete francesa Nina Peinado, que hablaba español e inglés fluidamente. Smith hizo todo al revés de lo encomendado y de lo supuesto por Franco. “Quiero capturar la extrema pobreza y el miedo del pueblo español engendrados por el régimen franquista. Espero realizar el mejor reportaje de mi carrera”, dijo y Nina prefirió no traducir. Durante dos meses, el trío recorrió Guernica, Pueyo, Lekeitio, Castellgalí, Cervera, Valencia, Barcelona, Toledo, Valverde, Almagro, Madrid, Calatrava, Carboneros, Valdepeñas, Málaga, Lucena, Córdoba, Olivares, Mérida y Deleitosa. Fueron 2.201 fotos. Más de 1.500 del último pueblo de Extremadura, al que Nina Peinado tradujo como “lugar delicioso”, cuando el origen del nombre del pueblo se refería a “delito”. Life publicó el 9 de abril de 1950, con el título “Spanish Village: It Lives in Ancient Poverty and Fait”, 17 fotografías. La admiración fue inmediata, menos en España, donde Franco censuró la publicación.

El doctor Hajime Hosokawa pertenecía al servicio de salud de la Chisso Corporation. Noguchi, preocupado por algunas denuncias, le ordenó investigar qué ocurría en las cercanías de su planta. El 1º de mayo de 1956, el médico le entregó el reporte al empresario, donde revelaba que había aparecido una “extraña enfermedad del sistema nervioso central”. Hosokawa relacionaba la enfermedad con la dieta en base a pescado de los pobladores y la comparaba con la extraña ola de suicidios de los gatos y la muerte de las aves de la zona. La investigación no dejaba lugar a dudas: el mar estaba contaminado con tóxicos de la Chisso. Naguchi dejó el reporte y continuó la actividad de la planta, aunque tomó dos medidas: derivó el vertido de los desechos al río Minamata e hizo firmar contratos a todos los pobladores donde se estipulaba que la empresa abonaría importantes sobresueldos a los enfermos, pero suspendería todo pago si la Chisso Corporation era declarada culpable en algún juicio. Por las dudas, implementó una tercera vía: sobornó a la Prefectura de Kumamoto que, solícita, prohibió la venta de pescado, pero permitió la pesca, deslindando toda responsabilidad por la ingesta.

Hosokawa realizó experimentos con gatos y demostró los resultados a la gerencia. El mercurio en estado puro no producía daños en casi la totalidad de la fauna marina, pero había en las aguas de la bahía una bacteria que reaccionaba de una extraña manera para sobrevivir: convertía el mercurio que la mataba en metilmercurio, nocivo para los peces y para quienes los consumieran. El metilmercurio, investigó Hosokawa, diluía las grasas, especialmente la que compone la médula espinal y el diafragma. En julio de 1959, investigadores de la universidad de Kumamoto estudiaron el informe de Hosokawa y concluyeron que el consumo de pescado y mariscos contaminados con metilmercurio era la causa de la enfermedad en la bahía de Minamata. Pero el daño ya era irreparable. Desde 1932, la Chisso Corporation había arrojado al mar de Yatshushiro, específicamente en la bahía de Minamata, más de 25 toneladas de mercurio. Desde 1956, el hospital del pueblo se llenaba de personas con falta de coordinación y sensibilidad en manos y piernas, con pérdida de visión y audición, con parálisis total. Ese año de 1956 había nacido allí, hija de ex pescadores, Tomoko Uemura, envenenada con metilmercurio en el vientre materno, con todos sus miembros atrofiados, sorda, muda, imposibilitada para todo. 

William Eugene Smith viajó a Minamata en 1971. Estaba nuevamente en Japón, pero esta vez para realizar fotos que jamás habría querido hacer. En 1968, Noguchi había dejado de arrojar desechos tóxicos a la bahía: el proceso por el cual utilizaba mercurio se había tornado obsoleto y poco redituable. Las autoridades de Kumamoto habían oficializado en 14 mil víctimas del mal de Minamata. Mil de ellas habían muerto. En 1972 llegó a la casa de Tomoko mientras su madre la bañaba. El padre, ex pescador, ex trabajador de la Chisso, miró a su hija de quince años, dejó sobre la mesa el contrato que había firmado mucho tiempo atrás y dijo sí. Smith supo en ese mismo instante que la guerra no había terminado. Que, quizás, jamás terminaría.

Esta crónica fue publicada en el libro “Más que mil palabras”, de Miguel Russo (Editorial Emecé, 2015)

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