Empecemos por la anécdota real: en 2009, el capitán Rich Phillips fue secuestrado por piratas somalíes mientras navegaba cerca de la costa africana. Luego de un período de tensión, fue rescatado por la Marina Estadounidense. Fin.
Empecemos por la anécdota real: en 2009, el capitán Rich Phillips fue secuestrado por piratas somalíes mientras navegaba cerca de la costa africana. Luego de un período de tensión, fue rescatado por la Marina Estadounidense. Fin.
En un momento donde la industria cinematográfica está ávida de reproducir cuanta historia real sea plausible de generar un éxito –sin ir más lejos, Capitán Phillips se estrenó el mismo fin de semana que El infiltrado, también basada en hechos reales– la anécdota en cuestión era demasiado buena para dejarla pasar. Pero lo que sin duda puso a todos los cinéfilos a la espera, fue la elección del director Paul Greengrass para el trabajo.
Greengrass, si bien saltó a la fama por su acercamiento al personaje de Jason Bourne (interpretado por Matt Damon) en la segunda y tercera entrega de su saga (La supremacía Bourne, 2004, y El ultimátum de Bourne, 2007), es United 93 (2006) uno de sus más reconocidos trabajos, donde precisamente hace algo muy parecido al caso de la película que nos ocupa, en aquel trabajo de reconstruir los sucesos a bordo del avión United 93, donde los pasajeros se enfrentaron a los terroristas a bordo y evitaron que el avión sirviera de improvisado misil contra algún objetivo estratégico.Todos los pasajeros del avión murieron.
Greengrass es dueño de un estilo preciso y particular. Su continua cámara en mano, nerviosa, que genera en el espectador tensión incluso desde momentos previos al conflicto real con los piratas, que sigue a los personajes con dolorosos acercamientos capaces de revelar imperfecciones incluso en los poros de su piel, oficia de suerte de ojo del espectador quien termina sumergido en la película al punto de que olvida al instante de que está mirando un filme y es transportado a bordo del barco.
Este efecto –el de perderse en la película– sólo se logra de la mano de los mejores. Y en la cartelera actual, me atrevería a decir que sólo ocurre con Gravedad (Alfonso Cuarón) película que comparte muchos puntos en común con Capitán Phillips: las condiciones desesperadas, la necesidad de mantener la sangre fría para sobrevivir, la adversidad de un reloj en contra al que se le acaban los segundos, etc.
Greengrass acierta en varias, muchas, otras cosas. La presentación misma de los personajes –a partir del excelente guión de Billy Ray, que adapta el libro A Captain’s Duty: Somali Pirates, Navy SEALS, and Dangerous Days at Sea– se aleja de cualquier maniqueísmo. Phillips es un marino severo y competente, pero no un héroe de acción ni mucho menos. Su tripulación son personas comunes, que buscan alejarse de cualquier manera a la hora de arriesgar la piel frente a piratas pero que están lejos de abandonar a su capitán en la estacada.
Los mismos piratas somalíes son presentados con una mezcla de piedad y respeto. Son hombres desesperados, audaces inclusive (su toma del barco es una de las mejores escenas de la película), pero que en definitiva no son más que unos pobres desgraciados obligados por sus condiciones de vida a dedicarse a la piratería.
Otro punto fuerte de Capitán Phillips es su tensión. El espectador debe asistir aceptando que se le pondrán los nervios de punta en varias ocasiones. Los dos asaltos de los piratas al barco, la secuencia donde el jefe de máquinas busca sabotear un generador y el claustrofóbico desenlace en el bote salvavidas, provoca un malestar casi físico –al que ayuda la siempre móvil cámara de Greengrass– y un sentarse al borde de la butaca como difícilmente se logrará en otra película este año .
El pulso de Greengrass es tal que no descansa un segundo e incluso propone que dicha tensión se genere antes de que ocurran los verdaderos incidentes. El tono cuasi documental que imprime en toda la película es lo que genera en el espectador la convicción de que está viendo algo real, algo verídico. No faltaron las obvias protestas sobre aspectos de la película que no se adecuan a los ocurridos en la anécdota real, pero eso no importa.
Greengrass logra convencernos de que lo que está contando es real. Y eso es lo que importa.
Pero lo que termina por volver a Capitán Phillips en una película excelente es su protagonista. Tom Hanks no entra últimamente en esas listas de “los 10 mejores actores” o similares –producto quizá de una década dedicada a comedias menores o a interpretar al Robert Langdon de Dan Brown– pero es de los pocos actores capaces de lograr que el espectador olvide que está viendo a Hanks actuando.
Él es Rich Phillips, capitán de barco mercante en la costa africana. Así cómo fue un agente del FBI porfiado en atrapar a un estafador, un astronauta varado en el espacio, un joven abogado enfermo de sida, un afortunado hombre a pesar de su bajo coeficiente intelectual, un náufrago en una isla o un europeo oriental abandonado en una terminal de aeropuerto, Hanks logra una vez más ser otro, algo que pocos –muy pocos– actores logran.
Aquí tiene nuevamente un personaje a la altura de sus muchas capacidades y lo exprime al máximo (tiene dos escenas catárticas que le valdrán su segura nominación al Oscar).
En resumen, y a falta de palabras que le hagan mayor justicia, Capitán Phillips entra en la categoría de película que hay que ver, y seguramente sea uno de los grandes filmes de este año.