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La semana pasada, la célebre pianista uruguaya Nibya Mariño había llamado a su afinador, Marin Dimitroff, para que arreglara algunas de las cuerdas gastadas del Steinway de media cola que estaba en el living de su apartamento en Juan Benito Blanco esquina Pagola, frente a la rambla de Pocitos. A pesar de que el contexto aparenta lujo, Dimitroff dijo a El Observador que Mariño, fallecida ayer a los 94 años, vivía con lo justo, producto de su magra jubilación.

Lo que se destaca de esta anécdota son dos cualidades que acompañaron a la pianista a lo largo de su vida: el empeño y la dedicación, que dieron como resultado un talento casi inigualable en la historia del piano en Uruguay.

Con 94 años y algunos problemas de salud notorios en el cuello y en las manos, Mariño continuaba dedicándole horas y horas cada día a la pasión de su existencia: el piano.

“Es una devoción. Es una cosa que uno lleva adentro. Constancia, mucha disciplina. Hay momentos en que para mí no es fácil e igual sigo”, le confesó en una entrevista de 2012 a Julio Zuasnabar, publicada en el sitio web del Sodre.

Una devoción que surgió muy tempranamente en su vida. Según contó en la entrevista citada, sus padres salían a caminar y la dejaban en la casa de su abuela. “Yo lloraba mucho, no quería quedarme. No sabían qué hacer para calmarme. En la sala había un piano que siempre me llamaba la atención, y le decía a mi abuelita ‘pianoo, pianoo’”, contó Mariño. Aprendió a tocar a los 3 años, como una auténtica niña prodigio.

Para entender su dimensión basta repasar algunos de los hechos más importantes de su vida profesional.

A los 9 años comenzó a estudiar con el pianista polaco Guillermo Kolischer, quien fue su primer maestro. Otro polaco, nada más y nada menos que Arthur Rubinstein, considerado uno de los mejores pianistas del mundo y el mejor ejecutor de Chopin, la presentó con 11 años en el teatro Colón de Buenos Aires.

Allí tocó el Concierto para piano en la menor, opus 54, de Robert Schumann, con orquesta dirigida por el suizo Ernest Ansermet.

Se fue becada a París, donde estudió con Alfred Cortot y Marcel Ciampi, junto al pianista Hugo Balzo. A los 16 años mostró un gran desempeño en el concurso de piano de Isaye en Bruselas. En Europa estudió y trabó amistad con el pianista chileno Claudio Arrau, considerado el mejor del mundo en ese momento. Arrau, como ella, era un gran fanático de los conciertos de piano de los compositores alemanes, tanto de Ludwig van Beethoven como de Robert Schumann.

Su afinador por más de 50 años en el Sodre, Duilio Bentancor, dijo a El Observador que sin dudas su músico más admirado era Schumann, de quien grabó obras en varios discos. Algunas de estas interpretaciones se encuentran disponibles en YouTube.

“Ella era muy estudiosa, tocaba cinco o seis horas por día, y entonces el piano se desafinaba”, explicó Bentancor.

Pero, según contaron algunas fuentes para este obituario, también fue una mujer con una personalidad difícil, con un divismo propio de su talento y de su ego.

“Era celosa y creía que era la única en su género, pero sin dudas era una gran pianista”, dijo Bentancor. “Era medio brava, sí, pero para mí era una satisfacción afinarle el piano”, dijo Dimitroff.

Cuando El Observador consultó a la pianista uruguaya Élida Gencarelli, esta se limitó a decir que era “una gran pianista”, sin abundar en detalles.

Además de su prestigio internacional, en 2004 recibió la distinción de ciudadana ilustre. En 2009 se la homenajeó en sus 90 años y se despachó con un concierto de Antonin Dvořák. En 2013, el Sodre la homenajeó con la emisión de un sello postal con su figura.

Según le contó Mariño a Dimitroff, como herencia dejaría su piano a su nieto, uno de los mayores orgullos de su vida.

Cuando Zuasnábar le preguntó cómo le gustaría que la recordaran, Mariño respondió: “Como una persona de bien, más allá de la artista y de la música”.

El sonido de su piano seguirá resonando en los oídos de todos aquellos que alguna vez escucharon su fuerza y su delicadeza.

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