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Como era de esperar, la del domingo fue una noche sin sorpresas en los premios Oscar, no solo porque se confirmaron las previsiones de los expertos y se repitieron los premiados en la cosecha previa de galardones, sino porque los votantes de la Academia siguieron reafirmando tendencias, vicios y predilecciones.

La previsibilidad era tal que la presentadora, Ellen Degeneres, no dudó en pronosticar dos posibles escenarios al comienzo de la ceremonia: “Posibilidad uno: que gane 12 años de esclavitud como mejor película. Posibilidad dos: son todos racistas”.

La premonición se cumplió y el filme del inglés Steve McQueen se convirtió en la primera cinta dirigida por una persona de raza negra en obtener el galardón. No obstante, a nadie le sorprendió que McQueen no se llevara el premio al mejor director y sí lo hiciera Alfonso Cuarón por Gravedad, el primer latinoamericano es conseguir este reconocimiento.

La ceremonia del domingo parece reafirmar una tendencia que se viene perfilando en los últimos años: la división entre los premios a mejor película y mejor director, galardones que en el pasado solían venir de a par (en las 86 ediciones de los Oscar esto sucedió en 62 ocasiones, pero en los últimos 15 años, cinco veces fueron premiadas cintas diferentes en ambas categorías llegando incluso al punto de que Ben Affleck el año pasado ni siquiera estuvo nominado como mejor director por Argo).

De cierta manera, los premiados de 2014 parecen un reflejo de los del año pasado: filmes de gran proeza visual pero sin guiones de peso logran el galardón a mejor director y arrasan con los premios técnicos (La vida de Pi en 2013 y Gravedad ahora fueron las triunfadoras en cantidad de galardones), y cintas que exploran el pasado de Estados Unidos se llevan el de mejor película y pocos premios más (Argo y 12 años de esclavitud). No obstante, hay que hacer una salvedad, tanto 12 años de esclavitud, que obtuvo tres premios, y Gravedad, que ganó siete, son mejores largometrajes que los lideraron el año pasado.

Esta distancia entre el premio a mejor película y mejor director marca, en principio, el alejamiento de Hollywood del cine autor (Nebraska tenía escasísimas posibilidades de ganar y Ella se tuvo que conformar con el reducto creado para este fin: mejor guion original). Pero por otro lado, el desfasaje subraya cómo la tecnología ha ido ganando peso en la balanza de la categoría principal (sin ir más lejos tanto La vida de Pi como Gravedad desarrollan casi todo su metraje con un solo intérprete). Otro aspecto que parece confirmarse es que el gusto de Hollywood por las historias de liberación, redención y valentía siguen intactas, y que las grandes actuaciones no implican, según la Academia, grandes películas (Cate Blanchett y los actores de Dallas Buyers Club son un ejemplo, pero hay decenas de casos).

El gusto por las transformaciones corporales, las enfermedades terminales y los personajes reales también se comprobaron este año. Matthew McCounaghey y Jared Leto hicieron un gran trabajo en Dallas Buyers Club pero reafirman la tendencia (sin ir más lejos la escualidez ganó el año pasado con Anne Hathaway en Los Miserables y en 2011 con Christian Bale en El ganador).

Las interpretaciones de Blanchett en Blue Jasmine y Lupita Nyong’o en 12 años de esclavitud parecían imbatibles y demostraron serlo, pero el gran perdedor de la noche fue, por quinta vez, Leonardo Di Caprio, como mejor actor por El lobo de Wall Street, intérprete que lleva años ofreciendo papeles sobresalientes y sigue sin llevarse la estatuilla.

Su retrato del antiheorico, excesivo y hiper sexualizado Jordan Belfort, sinónimo de la cara oscura
del sueño americano, no contaba con el viento a favor en una gala que eligió como leitmotiv la temática del heroísmo.
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