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Brasil pareció imparable durante la era Lula, un mito para la izquierda. Pero en esencia siguió siendo el gigante débil y corrupto de siempre. La Copa del Mundo 2014 fue una alegoría de un nuevo derrumbe. Ahora, a seis meses de las elecciones nacionales, ni la cárcel terminará con Lula. Seguirá siendo un factor sustancial, en un país que está dividido y escéptico, porque aún no tiene rivales a su altura.

El miércoles los once jueces del Supremo Tribunal Federal resolvieron por mayoría que Luiz Inácio Lula da Silva debía ir a prisión sin más dilatorias. Ha sido condenado por corrupción y lavado de dinero por el legendario juez de Curitiba, Sergio Moro, quien en pocos años puso a la clase política y empresarial brasileña, de derecha a izquierda, contra la pared o entre rejas.

Lula no sólo fue presidente dos veces, entre 2003 y 2010, al frente del Partido de los Trabajadores (PT), sino que además es el favorito en las encuestas para ganar las elecciones del próximo octubre. Ahora su candidatura parece imposible, aunque el Supremo Tribunal Electoral resolverá recién en agosto.

El antiguo sindicalista de 72 años además enfrenta otras seis causas judiciales y es el principal símbolo de la "operación lava jato". Él sostiene que es una trama de las élites para apartarlo del gobierno. Pero políticos, burócratas y empresarios saquearon al Estado brasileño bajo su mandato, como ocurrió tantas veces en la historia. Tal vez ese haya sido su pecado principal: no enfrentar la cultura del jeitinho, sino subirse y utilizarla para permanecer.

El gobierno de izquierda no hizo grandes reformas modernizadoras, salvo expandir los planes sociales (y emplear a sus militantes en el Estado). El ciclo se agotó exactamente con el fin del auge internacional de las materias primas. El PT no fue un metro más allá de la bonanza: demasiado poco para tanta expectativa. La debacle económica se manifestó ya en 2014, bajo el gobierno de Dilma Rousseff, correligionaria y heredera de Lula, lo que dio pie a sus enemigos para iniciar una contraofensiva y destituirla malamente.

De hecho, todos los procesos "progresistas" de América Latina terminaron en ruinas, salvo los de Chile y Uruguay (y tal vez Bolivia), que habían sido vistos con cierto desprecio por su mesura y respeto de las reglas básicas del liberalismo.

Después que Dilma cayera en 2016, su vicepresidente y sustituto, el oportunista Michel Temer, emprendió una serie de ajustes draconianos. Junto al ministro de Hacienda, Henrique Meirelles (quien había sido presidente del Banco Central con Lula), consiguió que el Congreso aprobara un congelamiento del gasto público por 20 años, sólo actualizado por la inflación del año precedente. También se flexibilizaron los contratos laborales. Pero fracasaron en la reforma principal: recortar el gasto en jubilaciones, un sistema extraordinariamente benigno. Simplemente los parlamentarios no estaban dispuestos a ajustarlo en un año de elecciones.

El déficit fiscal enorme, que ronda el 9% del PBI, se cubre con una gran deuda pública que crece sin cesar desde 2013.

El país acaba de salvar una de las peores recesiones de su historia, pero todavía tiene más de 12% de desempleados, y los nuevos puestos que se están creado son de baja calidad. La economía está excesivamente cerrada, incluso para sus socios de la región, y el grueso de sus exportaciones siguen siendo bienes primarios: soja, mineral de hierro, azúcar crudo, petróleo, carne de aves. Su industria es poco competitiva en el mundo, salvo con sus clientes cautivos del Mercosur.

Ahora este país brilloso, consumista y desigual, puede radicalizarse políticamente, o caer en el escepticismo más completo (o un poco de cada cosa, pues la resignación también es un arte brasileño).

Dar por muerto a Lula es como dar por muerto a un gato. A lo largo de su extensísima vida política demostró una maravillosa capacidad de resistir y resucitar. Incluso un candidato vicario de izquierda, que esgrima su nombre, tendría no pocos votos.

Quien sea el ganador en octubre, tendrá que lidiar con un país dolido tras varios años de caída económica y una prodigiosa corrupción puesta al desnudo. El nuevo presidente, así fuera el mismísimo Lula, tendrá una legitimidad dudosa o será débil. Al fondo, como siempre, se vislumbra el perfil de las Fuerzas Armadas, que conservan más prestigio y poder que sus pares de Uruguay.

Después de haber confiado demasiado en sus posibilidades, el nuevo Brasil debería ser más realista y estricto, ya sabedor de que el desarrollo socio-económico es un asunto trabajoso, que no se compra a crédito ni lo trae un rey mago.
Temas:

Brasil América Latina. Corrupción

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