Compré un tejo hace unos días. Era un regalo de Reyes para una familia amiga, pero me arrepentí. Resultó demasiado vistoso como para desprenderme de él. Azul y fucsia (rojo-rosado-bermejo fuerte para los que insisten en que el fucsia no existe), me recordó el fanatismo óptico que me convirtió en hincha de San Lorenzo una temporada de decepción con el aurinegro. Unos meses antes había comprado un boomerang, también para regalar, pero como era invierno me sentí un poco estúpida de caerle al cumpleañero con un artefacto que sólo resulta inofensivo en la playa. En síntesis, transformé los obsequios en armas personales para afrontar una tardecita estival.
La tardecita en cuestión nadie quiso acompañarme y tuve que ir sola con el tejo, anunciando el éxito de un ejercicio de integración que me propuse: formar equipos de gente sola que, como yo, tuviera habilidades deportivas insuficientes para encarar un partido de volley o un picadito. Más que altruismo, eran ínfulas de superheroína que nacieron cuando decidí pescar aguavivas para “salvar” a los bañistas de su paranoia más extendida. La escena era siempre igual, siempre entretenida: correr con la gelatina envuelta en los dedos y esperar la nube de niños que se acercaba para admirar la medusa.