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Casi cuatro días enteros. Entre interpelaciones, y en menor medida comisiones generales y sesiones en Comisión Permanente, los ministros frenteamplistas de la administración de José Mujica estuvieron unas 90 horas sentados en las cámaras de Senadores y Diputados esuchando cuestionamientos de la oposición.

Pero el mecanismo de la interpelación ya no es lo que era. Con la mayoría parlamentaria que tiene el Frente Amplio, y la decisión expresa de defender a sus compañeros de partido, ningún llamado a sala tiene consecuencias políticas. Diga lo que diga la oposición, y digan lo que digan los interpelados, ya se sabe que no va a pasar nada.

Sesiones generalmente aburridas, largas y con resultados previsibles, legisladores que entran y salen y –en algunos casos– prestan poca atención y el permanente intento de captar la atención de las cámaras de televisión son la tónica que marca estos encuentros parlamentarios.

Tan desvirtuado está el asunto que antes que empiecen las sesiones con los ministros a los que se va a cuestionar, los partidos avisan que realizarán conferencias de prensa justo a la hora en la que dan comienzo los noticieros. Pero nadie sabe qué va a decir el ministro. Si va a responder, si trae información o si aun no pudo tomar la palabra. No importa, la oposición quiere sus minutos al aire para cuestionar, y el oficialismo para defender.

Pero esto no siempre fue así. En los años previos a la dictadura, en la década de 1970, era más frecuente que un ministro dejara su cargo si se sentía muy cuestionado por la oposición, o si no salía airoso de una interpelación.

El politólogo Antonio Cardarello señaló semanas atrás a El Observador que en esa época había una especie de “regla no escrita” que hacía que ante serios cuestionamientos los cambios en el gabinete fueran más frecuentes.

Pero desde la oposición se reivindica el mecanismo de la interpelación, aunque se reconoce que no tendrá consecuencias más allá de un duro debate.

El senador colorado Ope Pasquet (Vamos Uruguay) dijo a El Observador que, dada la realidad política, “el sentido que tiene el llamado a sala es debatir los temas y plantearlos en la opinión pública”, aunque cuestionó la “escasa difusión”.

El senador sabe que si las sesiones tuvieran una difusión “en vivo” no tendrían una audiencia masiva. “No sería como Tinelli, pero el sector reducido de la sociedad que presta atención a la política tendría la oportunidad de saber lo que se está diciendo y replicaría en sus ámbitos de influencia”, dijo.

Reivindicó la interpelación como mecanismo de control. “Si dejamos de hacerlo el resultado sería un gobierno mucho más dispuesto a transgredir las normas que el que tenemos, que está bastante dispuesto”, concluyó.

El diputado nacionalista José Carlos Cardoso indicó que “no todas las interpelaciones tienen como objetivo hacer caer a un ministro”, sino que “cuando se trata de temas importantes es muy rico y necesario el debate y permite contrastar opiniones”.

Desde el retorno de la democracia, sólo una vez un ministro “casi” fue censurado por el Parlamento. Fue el ex ministro del Interior del gobierno de Julio Sanguinetti, Carlos Manini Ríos. Antes de la dictadura, el ex ministro de Industria del gobierno de Jorge Pacheco, Jorge Peirano Facio, fue censurado. “Antes los ministros renunciaban porque quedaban en evidencia. Ahora son cara de piedra”, recordó Cardoso.
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