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En la cumbre de hoy y mañana los líderes de los 28 países que integran la Alianza del Atlántico Norte (OTAN) evalúan cómo actuar ante la situación en Ucrania. El bloque ha perdido peso desde sus orígenes hace 65 años y por estas horas está obligado a avanzar para evitar perder su capacidad de disuasión.

El conflicto que estalló en Ucrania a fines del año pasado es ahora un dilema para los occidentales, pues en el terreno están enfrentadas las fuerzas gubernamentales proeuropeas y las milicias separatistas que cuentan con apoyo ruso. Ucrania no forma parte de la OTAN y, en realidad, es un terreno que está en el medio de los dos bloques que se enfrentaron en la Guerra Fría. Pero debido a la cantidad de rusófonos que habitan en esa zona que alguna vez le perteneció, el Kremlin los protege. Y los occidentales sienten que su soberanía está siendo atacada por un gobierno que no quiere dejar de avanzar hacia su zona.

Cuando se creó en 1949, el bloque era un método de defensa colectiva y este rol se potenció tras la guerra de Corea, cuando se impuso la guerra fría que enfrentó a los dos grandes polos del mundo. La OTAN era un conjunto defensivo ante Rusia, que se alió por medio del Pacto de Varsovia de 1955 a otros países del este de Europa (Albania, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, la República Democrática Alemana y Rumania).

Pero la caída del muro de Berlín en 1989 y el consecuente colapso de la URSS en 1991 obligaron a la OTAN a redefinirse. Y con el paso de los años algunos países del Pacto de Varsovia desairaron a Moscú y se cambiaron de eje (República Checa, Hungría y Polonia en 1999, Lituania, Letonia, Estonia, Eslovenia, Eslovaquia, Rumania y Bulgaria en 2004).

Con la amenaza soviética despejada, el bloque se dedicó a intervenir en misiones de menor escala y así siguió exhibiendo su poderío. Su principal fortaleza es la capacidad de actuar como potencia militar ampliada, pues los 28 países miembros aportan armas y personal para sus filas. Al día de hoy la OTAN tiene dos fuerzas de choque. Una está integrada por unos 13 mil hombres entrenados en operaciones con armas químicas, biológicas, radiológicas y nucleares, además de tropas de aire y mar. La otra son tropas de reserva, integradas también por personal de naciones ajenas a la alianza pero que la apoyan en sus contiendas.

Pero justamente la gran ventaja de este grupo, que es su cantidad de miembros y la posibilidad de que estos actúen como una red coordinada, se convierte generalmente en su principal defecto, pues no es fácil que los diversos gobiernos coincidan en todo lo que querrían. De hecho el presente es un momento de crisis por esta causa: si bien en 2011 la Alianza tuvo un pico de actividad gracias a los seis conflictos en los que participaba (Afganistán, Kosovo, Libia, Irak, el mediterráneo y el cuerno de África), estos ya han terminado o están en su ocaso. La crisis con Ucrania es todo un nuevo desafío.

Amenaza difícil de dimensionar

De acuerdo con la revista especializada en análisis internacional Stratfor, el principal problema que enfrenta la OTAN son las declaraciones del primer ministro ruso Vladímir Putin, quien aseguró que su país tiene derecho a intervenir en defensa de los rusos, estén en el país que estén. Habló en relación a la zona este de Ucrania, que como perteneció al Imperio está habitada en su mayoría por gente que prefiere Moscú antes que Kiev.

Pero sus palabras son también consideradas peligrosas para los países bálticos (Estonia, Letonia, Lituania), que igualmente tienen habitantes rusos y hasta 1991 integraban la URSS. “Una progresiva sensación de inseguridad difícilmente sea un buen augurio para una Europa unida, libre y en paz”, escribió hace apenas unos días en Foreign Policy Bohuslav Sobotka, primer ministro checo. Su país se integró al bloque en 1999 y está geográficamente más cerca de Europa que lo que están los bálticos, que sienten una especial presión debido a su frontera compartida con la federación rusa.

En los últimos meses la OTAN ha dedicado esfuerzos especiales a proteger a estas naciones más expuestas. Reforzó las operaciones de patrullaje aéreo en los países bálticos, el estadounidense Barack Obama prometió US$ 1.000 millones para ejercicios militares en el este de Europa y aseguró que más soldados de su país rotarán por esas naciones.

Pero el bloque necesita hacer más para demostrarse fuerte ante lo que alega es una amenaza a su integridad. En esto está encontrando dificultades.

Hasta ahora las sanciones a Rusia han sido tímidas, en gran medida por temor a que las represalias sean peores: casi todos los países de Europa dependen en mayor (80%) o en menor medida (5,8 %) del gas ruso.

Algunos lo necesitan de modo absoluto para funcionar, y la falta de unidad de los europeos para definir sanciones a Rusia en gran medida se explican por esta relación. Inglaterra está aislada y por eso insiste en los castigos firmes, pero Alemania depende en 40% del suministro que llega desde el otro lado de los Urales y en consecuencia hace énfasis en el diálogo.

El dinero es lo que importa

A esta diferencia por el grado de compromiso con Rusia se le suma otra que preocupa de modo más especial a EEUU, pero que igualmente traba el funcionamiento de la OTAN: la falta de inversión. Según los documentos del organismo, cada país debe destinar al menos el 2% de su PIB a la defensa y solo tres naciones europeas (Gran Bretaña, Estonia y Grecia) cumplen con este compromiso.

En los últimos cinco años el dinero que cada país destina a este fin se redujo en 20%, según un cálculo de Foreign Policy, y algunas fuerzas militares necesitan inversión urgente. Por ejemplo, los polacos todavía utilizan aviones de combate rusos y dependen de aquél país para remplazar sus partes cuando se rompen.

Los números son claros: mientras que Rusia anunció una inversión de US$ 700.000 millones en su estructura militar para los próximos seis años, en Alemania –principal economía de la zona euro– el monto destinado al rubro en 2013 fue de US$ 42.800 millones, algo menos que el año anterior. Si Alemania mantiene este ritmo en los próximos seis años ni siquiera llegará a la mitad de lo que invertirá Rusia en el mismo período.

La respuesta militar que el bloque decida dar ante Ucrania es por tanto crucial. O, como declaró a Foreign Policy Alexander Vershbow, vicesecretario general del bloque, “la cumbre abrirá una nueva página en la historia de la Alianza”.

“Nuestra credibilidad será medida según la credibilidad de la promesa de destinar más fondos a la defensa. La OTAN necesita dar el mensaje de que estamos tomando muy en serio la amenaza rusa”. Hoy es el día clave.

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