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"A la Naturaleza solo se la domina obedeciéndola", (Francis Bacon).

En la actividad agropecuaria extensiva el manejo del riesgo es en parte relacionado con el rubro de producción que se elija. Si bien todas las actividades tienen sus riesgos, y todas dependen del clima, el impacto que tiene el clima adverso y las necesidades de flujo de dinero son diferentes entre actividades.

Un mes seguido de lluvia en abril puede arrasar a una empresa agrícola sojera, pero no afectará mayormente a las empresas que trabajan con vacunos, que excepto que se ubiquen en los bañados de Rocha, donde el ganado quedará obligado a un súbito ejercicio de natación, sobrellevará la situación sin mayores sobresaltos. Una sucesión de días húmedos y neblinosos en octubre puede aniquilar un cultivo de trigo por el ataque del temido hongo Fusarium, pero será indiferente para una vaca y un novillo para los que nubes y niebla no cambian lo agradable de la primavera.

Si bien la agricultura ya es riesgosa de por sí, hacerla con costos de energía sensiblemente más altos que el resto de los países exportadores es una complicación importante. Salvo diferenciación por calidad, a la larga el precio converge con el costo de producción y estar por encima de ese costo implica perder dinero a un rendimiento al que otros países ganan. Las empresas están condenadas a márgenes pequeños y riesgos grandes. Por otra parte, lograr suelos con fertilidad natural y capacidad de retención de agua permite resistir mejor las situaciones climáticamente adversas.

En los últimos meses, mientras los ganaderos se quejan de que "los números no dan", las empresas agrícolas lo demuestran con llamados a concordatos, y productores y proveedores que quedan con sumas importantes sin cobrar. El Cimarrao, Calprose, Cereoil, y en esta semana Cosechas del Uruguay, van generando un listado de empresas que dejan de pagar y generan un dominó financiero de pérdidas y desconfianza. Mientras, la mayor de todas, UAG, tiene una calificación de riesgo que no es nada buena.

Durante años la agricultura disfrutó de ventajas apreciables en su capacidad de pago para alquilar tierra y en sus rendimiento potencial. Pero la corrida tras el oro verde se hizo con un precio de soja de US$ 500 por tonelada y más, y con precios de trigo que se acercaron a los US$ 300. Con un precio de US$ 300 para soja y menos de US$ 200 para el trigo, es otro el cantar.

Todo se ha vuelto difícil, riesgoso y caro. Pero los agricultores tienen que seguir, solo que deben encontrar un camino sustentable para hacerlo. Es muy poco probable que haya una recuperación de la competitividad en el corto o mediano plazo.

Uruguay parece casi condenado a ser el país caro que es hoy. El dólar no parece encaminado a subir, salvo catástrofe de los países vecinos, algo que no puede descartarse. Pero no es claro que una devaluación importante en Brasil o Argentina sea inminente.

Producir en Uruguay seguirá caro. O se generan mecanismos de agregar más valor a los productos finales, o se avanza en un cambio de sofisticación tecnológica que baje los costos productivos. Con las actuales reglas de juego es muy probable que los bancos restringirán el crédito, los productores sentirán inseguridades y un camino de diversificación de la economía uruguaya, el de la agricultura de exportación, se vea disminuido.

Las aperturas acorralan a todos los sectores del agro. Pero en la carne vacuna y ovina la apuesta por generar un producto etiqueta negra, que permita un mejor pago final, parece un camino difícil y largo pero posible.
Pero, cómo hacer una soja o un trigo etiqueta negra. La soja tiene por destino principal la elaboración de raciones que consumirá un cerdo o un pollo en China. El empresario chino quiere bajar costos, no darle etiqueta negra a sus porcinos. En trigo, el precio internacional es el que manda. Siendo los países árabes los grandes compradores, Europa preferirá subsidiar a sus agricultores, que generan trigo a un precio bajo, que subsidiar a millones de inmigrantes que lleguen desesperados porque en sus países no tienen ni para el pan. En estos días problemas climáticos en el hemisferio norte y en Australia han generado un rebote interesante de precios, pero en el mediano y largo plazo la lógica debería ser de cautela.

Más allá del reclamo que persistirá respecto al atraso cambiario y el alto precio del gasoil, la agricultura empieza a repensarse. La lógica productiva de combate a las malezas parece una carrera armamentista. Evolución en acción, con herbicidas cada vez más caros y malezas cada vez más resistentes por otro. Más allá de consideraciones biológicas, es un camino de encarecer costos sin final. Y ahí es donde surge una de las tecnologías agronómicas más interesantes y que todo uruguayo debería conocer: el control biológico. Es decir, restablecer los controles que tienen los ecosistemas diversos. No hay epidemias o plagas en un monte natural donde la diversidad de especies ejerce un mutuo control.

En la visión de un Uruguay innovador, agrointeligente, con productos de excelencia alimentaria y sin residuos, el control biológico irá adquiriendo una importancia cada vez mayor. La lógica de la revolución verde tan intensiva en insumos irá dejando lugar a otras estrategias que combinarán agroquímicos cada vez más selectivos con mecanismos para que desde los microorganismos a las aves, la biodiversidad solucione problemas sin dejar huellas en el plato del consumidor. El control integrado de plagas y enfermedades tiene que ver con la agricultura pero la trasciende. Controlar seres vivos con seres vivos y lograr residuos cero. Aplicar la idea de Bacon, obedecer a la Naturaleza –que reclama diversidad– para llegar a los objetivos productos.

Una autoridad nacional en granja, como Héctor Genta, siembra árboles nativos en las granjas que maneja para promover la llegada de aves que devorarán a los insectos que atacan a los cultivos. Vale la pena ver la excelente entrevista que le realizó Lucas Farías para Agronegocios Sarandí y disponible en Youtube.

Y también vale la pena seguir los esfuerzos que se intentan llevar adelante para liberar a los ovinos y vacunos de las bicheras o miasis a través de otros mecanismos de control biológico. Erradicar las bicheras tiene directa relación, además de la productividad, con el bienestar animal, porque hay pocas sensaciones más terribles que tener gusanos comiendo la carne.

Es una de las tantas líneas de trabajo que tendrá que incorporar la agricultura para persistir en un contexto de altos costos. Porque es una línea de trabajo concordante con los dos pilares que deben acompañar la estrategia de todas las cadenas agroindustriales: garantizar la sustentabilidad y agregar valor por calidad. Cómo usar agentes biológicos para bajar costos y dar un producto diferenciado a los consumidores.

Mientras se intenta mejorar el contexto macroeconómico para la exportación en general, la agricultura tiene un debate por delante para frenar la caída de empresas y mejorar los márgenes de los productores.

Progresar en estas líneas, validar productos y procedimientos, lograr que sean adoptadas y que generen soluciones confiables y a un costo competitivo puede ser algo que demore. Por eso hay que emprenderlo con convicción lo antes posible, algo que ya está sucediendo pero vale la pena acelerar.
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