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Pasaron casi diez años desde que Jonathan Franzen saltara a la fama con Las correcciones, su tercera novela, ganadora del National Book Award. Pasaron casi diez años en los que este escritor nacido en Chicago en 1959 lo único que hizo fue escribir ensayos y artículos de prensa, dejando un espacio de “libertad” en su cabeza para lanzarse a escribir Libertad, una “obra maestra” según The New York Times y una “gran novela americana” según el semanario Time, que el 31 de agosto de 2010 le dedicó su portada al escritor, un privilegio que solo unos pocos narradores, como James Joyce, Vladimir Nabokov, J.D. Salinger o Toni Morrison entre otros, pudieron tener.

Libertad, que acaba de llegar a las librerías del país de la mano de la distribuidora Gussi, se convirtió en todo un acontecimiento incluso antes de su publicación, dado que muchos señalan al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, como su primer lector, ya que antes de que el libro saliera publicado oficialmente le pidió a la editorial que le hiciera llegar un ejemplar para leer.

Los personajes de Libertad “no tienen poderes mágicos, ni resuelven ningún misterio y tampoco viven en el futuro –reseña la revista Time–. No muerden al otro, o, en todo caso, no más de lo estrictamente necesario. Libertad no es un microcosmos: es un cosmos”.

En un artículo publicado en El País de Madrid, el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez –quien en medio de su gira de promoción de El ruido de las cosas al caer, novela con la que obtuvo el Premio Alfaguara 2011, viajó a California para entrevistar a Franzen– logró que el autor de los ensayos Cómo estar solo, Zona templada y Zona fría, le dijera cuánto influyó en la escritura de Libertad el suicidio de su amigo Foster Wallace, el autor de La broma infinita.

“Bueno, siempre fuimos competidores amistosos –señala Vásquez que le dijo Franzen–. Así que pensé: oye, todavía estoy vivo. Tan pronto pasaron las seis semanas que siguieron a su muerte, literalmente la mañana que siguió al último servicio funerario, me enterré en Libertad. Mientras tuviera esta novela, pensaba, no tendría que lidiar con la tristeza. Libertad se convirtió en un mecanismo para diferir la tristeza”.

En pocas palabras, lo que Franzen hace en su novela es el retrato minucioso, a lo largo de varias décadas, de una familia típica de Estados Unidos: Patty y Walter Berglund, dos personajes de una nueva y floreciente clase urbana, pioneros en la recuperación de un barrio degradado. Además de ser una madre modelo y esposa perfecta, Patty es la vecina ideal, la que sabe dónde se reciclan las pilas y cómo elegir un colegio adecuado para los niños. Junto con su marido Walter, abogado ecologista y ferviente defensor del uso de la bicicleta, aportan su grano de arena a la construcción de un mundo mejor. Sin embargo, la llegada del nuevo milenio –con el atentado del 11-S como telón de fondo– pone la vida de los Berglund patas arriba.

A través de una combinación precisa de humor y tragedia, Franzen desglosa las tentaciones y obligaciones que conlleva la libertad: los placeres de la pasión adolescente, los compromisos despreciados en la madurez, las consecuencias del anhelo desenfrenado de poder y riqueza que arrasa el país.

Libertad es una bella y compleja exploración de un puñado de vidas íntimas cuyo problema, igual que sucedía en Las correcciones, es el eterno conflicto entre lo que quieren y lo que se espera de ellas”, señala Vásquez, remarcando que la respuesta que Franzen busca en su novela tiene que ver con una sola pregunta: ¿cómo vivir?

“Una de las razones del título –le dijo Franzen a Vásquez–, es mi intento por recuperar una bella palabra de manos de los estúpidos y volverla a poner en manos de quienes pueden apreciar su complejidad y su belleza”.
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