La operación de Cristina Kirchner y su obligado apartamiento de la función presidencial abrieron un nuevo capítulo en la política argentina, en el cual el sentimiento dominante es la incertidumbre.
La operación de Cristina Kirchner y su obligado apartamiento de la función presidencial abrieron un nuevo capítulo en la política argentina, en el cual el sentimiento dominante es la incertidumbre.
Para empezar, porque no se sabe quién manda. Para seguir, porque no está claro qué tan larga será la convalecencia de la presidenta y hasta qué punto podrá monitorear, desde su reposo en la residencia de Olivos, la agenda nacional. Y, finalmente, porque las próximas elecciones legislativas y los múltiples problemas económicos implican una serie de temas de resolución urgente.
Amado Boudou asumió sus funciones y fue evidente su esfuerzo por mostrarse seguro, confiable y en una línea de normalidad y continuidad. No cambió ninguna de las actividades previstas en la agenda presidencial, viajó al interior para inaugurar obras públicas y pronunció discursos en los que transmitió el mensaje de que todo está bajo control.
Pero todos saben que si hay algo que no se puede calificar como “normal” es la situación de Boudou. Investigado por la Justicia por causas de corrupción, repudiado por la oposición y también por buena parte del propio kirchnerismo, el vicepresidente no cuenta con la autoridad ni el apoyo político como para asumir las funciones propias de esta emergencia.
La misma noche en que se conoció el problema de Cristina, hubo frases elocuentes al respecto. El jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, sostuvo que Boudou carecía de “autoridad moral” para hacerse cargo de la presidencia.
Luego, el dirigente sindical Gerónimo Venegas planteó que “tener a este personaje en el máximo cargo del país es como poner al lobo a cuidar a las ovejas”. También el dirigente peronista opositor Felipe Solá dijo irónicamente que Boudou “está más para andar en moto que para gobernar”.
Y, más explícito aun, el politólogo Jorge Giacobbe manifestó su seguridad de que, de complicarse la situación de Cristina, habrá algún cambio institucional para evitar que Boudou pueda asumir formalmente como presidente.
“Yo no creo que la sociedad lo permita”, fue su contundente respuesta, al responder sobre la eventualidad de que Boudou deba ejercer algo más que una mera función protocolar.
Y arriesgó que, ante la eventualidad de que el desprestigiado vicepresidente deba ponerse al mando, habría una resistencia popular: “Plaza de Mayo. López Rega. Otras situaciones parecidas donde la sociedad no quiso que alguien la representara o estuviera en el poder”.
Lo paradójico de la situación es que, para muchos analistas, Boudou, que es un economista formado en la doctrina liberal y renegoció la deuda en default, no sería un mal dirigente para un momento en el cual la agenda económica no deja lugar al “piloto automático”.
“Es una persona más razonable que Cristina en temas económicos. Por ejemplo, él quiso seguir el tema de la deuda con el Club de París y arreglar con los holdouts, pero ella no lo permitió”, afirma Marcos Novaro, director del Centro de Investigaciones Políticas.
Para este analista, los problemas actuales, sobre todo en el plano del dólar, “no fueron culpa del vicepresidente, sino por haber seguido los consejos de Guillermo Moreno, Axel Kicillof y Mercedes Marcó del Pont”, en alusión al secretario de Comercio, al viceministro de economía y a la presidenta del Banco Central.
En tanto, Enrique Zuelta Puceiro, uno de los más influyentes analistas de opinión pública, indica: “Boudou tiene el problema de contar con mala imagen política, pero la verdad es que hizo una buena gestión como ministro de economía y está altamente capacitado para tomar decisiones complejas si el resto del gobierno trabaja en equipo”.
El problema es, precisamente, que en el gobierno argentino hay serios problemas para trabajar en equipo. La sucesión de malos resultados en el plano económico ha llevado a peleas internas y recriminaciones mutuas.
“Hoy se pasan grandes facturas, el gobierno ya no existe, es una sucesión de rencores recíprocos, internas de uno contra otro, y es en todo sentido un gobierno sin conducción”, grafica el analista Jorge Asis.
En ese marco, Moreno acusa a Marcó del Pont por haber llevado a un atraso cambiario que luego obligó a implantar el “cepo” y por no ser capaz de imponerse frente a los banqueros. A su vez, a Moreno se le atribuye el fracaso en los congelamientos de precios y en la búsqueda de divisas mediante un blanqueo de capitales, que tuvo escasa adhesión.
Moreno también pelea con Kicillof, quien no está de acuerdo con el cierre de importaciones y viene proponiendo, sin éxito, un sistema de desdoblamiento del tipo cambiario con un dólar comercial y otro para el turismo. Y estos dos, a su vez, discrepan con el jefe de la AFIP, Ricardo Echegaray, quien se niega a dar beneficios impositivos como incentivo para que las empresas traigan dólares al país.
Es probable que el único punto en común que tienen estos funcionarios clave del gobierno es su enemistad con Boudou, a quien se niegan a subordinarse. El único que tiene cierta afinidad con el vicepresidente es el ministro de economía, Hernán Lorenzino, muy devaluado por la propia presidenta, que no lo considera para decisiones importantes y le asigna casi como tarea exclusiva la estrategia negociadora en los litigios con los “fondos buitres”.
Lo cierto es que antes de la internación de Cristina ya circulaban insistentes rumores sobre cambios en el equipo, con la posible designación como ministro de Diego Bossio, actual director del organismo de previsión social.
El quebranto de salud de la presidenta hace que los eventuales cambios de funcionarios queden congelados hasta nuevo aviso. Lo que implica que las rencillas internas continúan a temperatura más alta que nunca, con un agravante: ya no está Cristina para arbitrar y decidir en los diferendos, y Boudou no tiene capacidad de mando.