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Cualquier emprendedor, le guste o no, pronto se enfrentará a una infinidad de números. Muchos tienen que ver con finanzas: ventas, compras, proyecciones, impuestos. La contabilidad me resulta aburrida, lo confieso, pero, como dueña de una microempresa, es importante. Cuando el negocio pasa de un hobby a algo más, los números pesan.

Por eso la situación actual de la educación en Uruguay preocupa más allá de Pisa. En Escocia trabajé como profesora voluntaria de matemática para adultos. La falta de alfabetización numérica (“numeracy”) en todo el Reino Unido es un tema de Estado no sólo por el impacto en las generaciones actuales sino en las futuras, en los hijos de esas mamás que ya en primero de escuela no pueden seguirles el ritmo.

Sin entrar en temas más complejos, ¿cómo hacemos que alguien que apenas maneja números pueda manejar toda una empresa? Por más buena actitud que tenga, por más lúcido que sea, por más buenas que sean sus ideas, si a finales de mes las cuentas no cierran, quiebra, y volvemos al círculo de la frustración y la falta de oportunidades.

Hay muchos a quienes les aterra emprender porque tienen miedo a esas cuentas, a esas planillas.

Respecto a este tema, comparto, sobre la educación uruguaya y su enfoque a producir empleados pero no empresarios ni emprendedores.

Quiero y compartir un ejemplo de cómo con poca cosa se puede hacer algo. En Escocia, conocí una escuela pública (con jardín de infantes de medio turno). En el primer semestre se enfocaron a encaminar el programa de educación financiera. Fue un plan de toda la escuela. Los niños de tres y cuatro años (sí, tres años) hicieron pan casero. Lo fueron a vender a sus compañeros de otras clases. Contaron las moneditas (con la ayuda necesaria) y entendieron que para recibir ese dinero hay que trabajar (muchos leyendo esto recordarán el Uruguay que valoraba el trabajo, aquello de “si no trabajo, no como”). Luego los niños de primero y segundo de primaria hicieron una campaña para recolectar juguetes usados. No sus padres ni sus maestros sino ellos mismos. Organizaron una feria y los vendieron. Y con el dinero recolectado invirtieron en ahorro (sí, otro Uruguay, ¿recuerdan?) y en proyectos específicos. La escuela incluso invitó al gerente del banco local a darles una charla y a explicar lo que es abrir una cuenta. Los niños ya de 11 y 12 años incluso pudieron abrir una (en Uruguay existen estas cuentas).

Ser empresario o emprendedor no es necesariamente ser un capitalista depredador y mezquino, algo que hay que ocultar y no estimular demasiado. Hay familias que nutren esto desde adentro (lo vimos en la ). Pero, a falta de ese ambiente, ¿podremos como sociedad, como padres, como educadores, como vecinos, fomentar el emprendedurismo? ¿Qué podemos hacer sin tener que depender de grandes planes y largos discursos, sin tener que esperar a elecciones o juicios?

Por cierto, saben quiénes fueron los mejores clientes de los pequeños vendedores de juguetes? Sus compañeros de 3 y 4 años. Ganar-ganar total.

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