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A Mujica le sienta mejor el traje de líder que el de legislador o incluso de presidente. Se siente cómodo en la función de fijar agenda de temas, tender puentes, aconsejar, transmitir ideas, impulsar, empujar, conversar, analizar, ser escuchado, atendido. Eso, mucho más que la función ejecutiva de firmar decretos o la legislativa de participar en comisiones de elaboración de leyes.

Y basado en su liderazgo popular y prestigio internacional, "Pepe" siente que tiene sobrados motivos para ser escuchado y tomar en cuenta sus ideas y sugerencias.

Por eso al recibir a Danilo Astori en su chacra, en un gesto político de esa naturaleza, Mujica no podía decirle lo que piensa: que el ministro no debe ser precandidato presidencial.

Solo con el trascendido de que Astori pensara en consultarle y tener cierto visto bueno de Mujica para lanzar su postulación, fue suficiente para que el veterano tupamaro sintiera reconocimiento especial a ese gesto. ¿Cómo responder a eso? ¿Con franqueza o con prudente respeto?

A un año de las primarias simultáneas en todos los partidos, el oficialismo cuenta con un precandidato no proclamado pero lanzado, que tiene un historial político como ninguno de los potenciales postulantes: sindicalista, profesional universitario, gestión en sector privado, legislador, ministro, presidente de ente, gobernador de la mitad de la población y demostración de capacidad de captación de votos (con victoria ante una fuerte competidora interna).

Solamente Astori opaca ese curriculum: profesional, experiencia académica, decano universitario, militante de base en tiempo de dictadura, senador, ministro, vicepresidente de la República, y pieza clave de tres gobiernos.

Pero lo que complica a Astori es el desgaste de imagen, por fuerte caída de popularidad y por un malestar de la gente con la economía pese a la continuidad del crecimiento del PIB. Y también la edad: tendrá 79 años en la época de campaña y al terminar el próximo período de gobierno estará por cumplir 85 años.

Además, no tiene consenso ni dentro del Frente Líber Seregni para postularse. Está demasiado difícil para que Danilo cumpla su sueño de tentar por última vez la candidatura al premio mayor de una carrera política.

En tanto, Mujica ha dicho que no está para ser candidato, pero ni en su grupo creen que eso significa que la puerta esté cerrada. Claro que en edad, el final del período lo encontrará con 90 años. Su periplo hasta el Congreso de diciembre será de un zigzagueo permanente.

El debate interno sobre "la renovación generacional" se dio ya en 2014 y se acentúa este año, cuando el Frente Amplio deberá decidir en diciembre cuál o cuáles serán sus precandidatos presidenciales. Y también está la presión de cuota de género para una mujer en la fórmula, sin reparar si eso es lo mejor para ganar y para gobernar.

Al terminar el primer semestre de 2018, el Frente tiene un solo candidato en la cancha, Daniel Martínez, y otros que pueden lanzarse. Astori y Carolina Cosse aparecen como los más decididos, aunque esperando; mientras en la danza de potenciales giran el intendente de Canelones, el presidente del Banco Central, y el jefe del sindicato de la construcción entre otros.

Pero más allá de las candidaturas, la cuestión de fondo es la renovación de liderazgos.
Vázquez traspasará la banda presidencial y no está claro si quiere cumplir algún rol en el Frente, y si cuenta con paciencia para contener a los que quieran hacerlo a un lado.

Mujica podrá estirar su incidencia y Astori depende de este intento presidencialista, que no es nada fácil. Al menos por ahora, ni en el ala "más socialista" ni en la "más socialdemócrata", por simplificarlas de alguna forma, aparecen con claridad posibles tomadores de posta. A eso se suma la falla de liderazgos sectoriales, porque los partidos o sectores que forman la coalición tienen "conductores" o "moderadores", pero no líderes. Esto es un escenario nuevo y desafiante.

El Frente Amplio nació con múltiples liderazgos porque fue un acuerdo entre partidos y sectores, los cuales estaban conducidos por personalidades políticas fuertes, como Rodney Arismendi (comunista), Juan Pablo Terra (demócrata cristiano), Zelmar Michelini (batllista), Francisco Rodríguez Camusso (blanco), Enrique Erro (UP, izquierda radical), José Pedro Cardoso (socialista), entre otros.

La candidatura presidencial de aquel 71 era simbólica porque no había chance de ganar, y así, el general retirado Líber Seregni fue el elegido como representativo de la nueva expresión político-electoral, aunque no se lo ubicó como un líder.

Con el paso del tiempo, primero desde la cárcel y luego en la negociación de transición a la democracia, Seregni se convirtió en un líder. En 1982 su postura fue clave para inclinar la decisión de la izquierda de participar en las elecciones internas de partidos mediante el voto en blanco y no eligiendo a las expresiones "más progresistas" de los lemas tradicionales.

Y luego fue fundamental en la negociación entre partidos y FFAA en el Club Naval.

Entonces, el Frente mantenía un liderazgo central, de un estratega militar con sentido político que hacia equilibrio entre los liderazgos sectoriales.

Y en aquellos tiempos, el corte transversal del Frente entre socialismo y socialdemocracia generó una especie de doble liderazgo: Seregni-Hugo Batalla, que derivó en ruptura.

Luego, el general pensó en su sucesión y eligió al entonces decano de Ciencias Económicas, Danilo Astori, por considerarlo como ejemplo de esencia frenteamplista y con capacidad de gestión de Estado para conducir un futuro gobierno de izquierda.

Pero eso se daba en simultáneo con la irrupción de un médico popular, dirigente de un club de fútbol de barrio obrero, socialista aunque no visto como marxista, y con carisma como para convertirse en líder.

Ambos competirían en 1999 y Tabaré Vázquez se afirmaría como líder de todo el Frente.

Mientras, en el ala radical, crecía la figura de José "Pepe" Mujica con una mezcla de caudillo tradicional y de figura popular aggiornada a nuevos tiempos de la cultura política.

Esa tríada conjugaría un poderoso liderazgo en la izquierda, con Vázquez en el vértice y con Astori como abanderado de la izquierda moderada y Mujica como insignia de la izquierda socialista.

El desgaste de Tabaré por una segunda presidencia y por su pérdida de vínculo ideológico y afectivo con la estructura de base (inclinada a una orientación más a la izquierda), determinó que él ya no fuera un líder para todo el Frente, y le dio más potencia al doble-liderazgo de Astori-Mujica.

O sea que la evolución frentista se dio en cuatro etapas: primero con una "mesa chica de liderazgos sectoriales" (1971-1984), luego conducción de Seregni (1984-1994), después liderazgo de Tabaré Vázquez (1994-2009), y finalmente tríada Tabaré-Danilo-Pepe (2009-2019). ¿Cómo será la quinta fase?
Es una pena que no haya fotos de ese encuentro del lunes en la chacra de Mujica, porque sería una postal que reflejaría como pocas, a este tiempo del Frente Amplio. Pero es un tiempo que va dejando lugar a otro, que cuesta asomar, y que todavía no queda claro cómo se dibujará.

Y en ese dibujo, se juega la suerte de la izquierda uruguaya.

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