13 de enero de 2013 21:13 hs

El tramo de Piedras entre Isla de Lobos y Guaraní, en plena Ciudad Vieja, no es retratado en ninguna postal de las que compran los cruceristas a pocos metros de allí. El hall de un edificio abandonado y ocupado por intrusos, hace tiempo señalado como refugio de ladrones, se convirtió ahora en un foco infeccioso al acumular al menos dos metros de aguas residuales hasta el ras de la calle.

Dos metros de profundidad

Inaugurado entre 1960 y 1980 −el Inventario del patrimonio arquitectónico y urbanístico de la Ciudad Vieja no precisa la fecha−, el edificio albergó la sede del Sindicato Autónomo de Estibadores de Ultramar de Uruguay (Saedu) hasta que el propio oficio del estibador fue eliminado en 1992.

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El edificio de cuatro pisos tiene frente a dos calles paralelas: Piedras, donde está la “piscina de orina y excrementos”, y Cerrito, por donde los vecinos dicen que se escapan los delincuentes que arrancan las carteras por el otro lado.
Un viejo funcionario de la Administración Nacional de Puertos (ANP) relató a El Observador que la disolución de la personería fue compleja y por eso se trancó el traslado del inmueble al Ministerio de Educación y Cultura. El desinterés de los propietarios dio pie a la ocupación irregular por parte de familias trabajadoras, inmigrantes indocumentados y delincuentes.

Por el hall de la calle Piedras se accede al sótano donde otrora funcionaban los vestuarios de los estibadores. Es ésa la entrada que está hoy anegada de agua oscura y basura. Un vecino que prefirió ser nombrado como Carlos por temor a las represalias, indicó que bajo la superficie fétida hay dos metros de profundidad. “Es una piscina de natación de orina y excremento al borde de la vereda”, ilustró. El olor confirma sus palabras.

La entrada estuvo alguna vez cerrada con rejas y grandes ventanales −hoy pintados o tapiados con mantas− pero no quedan más que hierros retorcidos. Basta un traspié en la vereda rota para terminar de cabeza en esa inmundicia. El agua comenzó a subir hace aproximadamente 20 días, según estimaciones de los vecinos que hace, al menos 10 años, ven como ese espacio “funciona como basurero”. “Presenta un riesgo sanitario real”, dijo la dueña de la rotisería El Ancla, ubicada en la esquina de Piedras y Guaraní, quien informó que la semana pasada pasó un camión que “tiró un producto” que espera que haya sido desinfectante. Ella misma realizó una denuncia telefónica ante el Ministerio de Salud Pública pero le contestaron que debe concurrir personalmente para abrir un expediente.

El Bus Turístico pasa por la puerta. El personal de la rotisería siente vergüenza cada vez que ven que los turistas sacan fotos a la fachada del edificio de al lado. Pero también rabia porque ninguno entra a su local ubicado a 100 metros del Mercado del Puerto y del Museo del Carnaval. “Los frenan en Pérez Castellanos”, dijo su propietaria. Los vecinos y los trabajadores de la cuadra saben que están en medio de una zona roja. Se dice en el barrio que allí funciona una boca de pasta base. La inseguridad que esto representa “condiciona” el crecimiento de la rotisería, a juicio de su dueña, puesto que no puede instalar mesas en la vereda. El que se siente “se va a ir con la peste”, lamentó.

El viernes de mañana irrumpieron varios patrulleros y se llevaron algunos ocupantes. Irónicamente, los camiones blindados de Prosegur esperan en la puerta para registrar millones de dólares todos los días, cruzando la esquina. Un custodio de la empresa apuntó respecto al edificio ocupado: “¡Qué arranquen eso de una vez!”

La comerciante no quiso dar su nombre también por miedo a las consecuencias. “Es gente muy pesada”, explicó. Ha perdido la cuenta de las veces que los intrusos le han orinado en la puerta y le han roto el revoque de las paredes en los últimos cuatro años. El deterioro avanzado del edificio lindero le llenó de humedad el sótano −como mostró Telenoche la semana pasada− y, en los días de calor, la invaden las moscas, por lo que tiene que fumigar bastante seguido. “Saco a paladas las moscas. Y el otro día (el de la infestación de mosquitos), no sabés, ahí era un hervidero, una nube de mosquitos asquerosa”, comentó a El Observador.


Robos sin moverse del lugar

Una vecina con 32 años en el barrio −que tampoco dio su nombre, alegando que los intrusos averiguan direcciones− contó que en el agua descompuesta aparecen las carteras que arrebatan cuadras arriba o, en su defecto, en la propia entrada del edificio. “Se sientan en la escalera y te roban cuando pasás”, explicó. Cometido el acto, se largan a correr hacia el interior y escapan por la entrada de Cerrito. “En cada esquina hay 10 policías por los cruceros. Que vengan en invierno a ver si entran”, criticó.

Para Carlos no hay que esperar que haga frío. Después de las 17 horas nadie de su familia sale a hacer mandados. “Es tierra de nadie”, concluyó. En su opinión, la vida en el trozo más al oeste de la Ciudad Vieja se volvió más difícil cuando se cerraron unas bocas de pasta base cercanas a la Plaza Matriz. “Se vinieron para acá a abrir casas vacías como si fueran latas de atún”, añadió.

Roberto Fontes, responsable de la comisión de responsabilidad social de la ANP, informó que, finalmente, se remató durante el otoño de 2012 por intervención del Municipio B. Pero, a su juicio, “no fue la solución”, dado que pasó casi un año y la situación sigue igual. “No podemos mejorar la zona por ese foco de disturbio”, señaló.

La ANP ha participado en reuniones de vecinos y empresas de la cuadra con el alcalde. Se les ha dicho que se está intentando realojar a las familias pero no se les ha informado quién compró el inmueble y cuál va a ser su destino. Fontes manifestó que, de ser necesario, el organismo está “dispuesto a colaborar” para que el edificio se convierta en un local multipropósito al servicio de las organizaciones sociales de la Ciudad Vieja. A Telenoche se le dijo desde la Intendencia un escueto “se está trabajando en el tema”.

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