Cuando volvió al trabajo, Alicia estaba radiante. Le contaba a sus compañeras lo bella que era la rambla de La Paloma al atardecer y lo disfrutable que podía ser caminar por la playa sin mirar el reloj. Pero también les reconocía que en cierto momento se había sentido un poco rara, porque por primera vez en su vida alguien se había dedicado a servirla. A esta trabajadora doméstica, que desde hace muchos años ofrece café y jugo de naranja a sus patrones por las mañanas, le resultaba casi inverosímil estar sentada frente al mar y que fuera otro quien se encargara de servirle el desayuno a ella. Además de conocer las playas de Rocha, en aquella escapada al este Alicia también experimentó por primera vez esa sensación. Y le gustó.
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