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Tenía la exportación pronta camino al puerto. Pero llegó el temido mensaje: “hay paro en la terminal portuaria”. Ésta recibió algunos contenedores, asignándolos luego a barcos diferentes. Otros contenedores no los recibió, regresaron al depósito para cargarlos la semana siguiente. Pues bien, lo que era un despacho de exportación se convirtió en cuatro. El cliente, de Asia, era uno nuevo que el exportador había logrado captar después de una prolongada y laboriosa gira. El comprador, al ser notificado del asunto, primero regañó entendiendo que sus costos de importación y gestión se multiplicaban en igual proporción. Más tarde solicitó que no se le embarcara el resto de la carga. Después de dos abnegados días de operativa para desmadejar el asunto, hubo que vaciar los contenedores, retornarlos a la terminal portuaria, la cual para colmo, cobró por recibirlos.

Este breve relato esconde una ineficiencia y una merma del sistema; un lastre de los más pesados que hemos aceptado con imperturbabilidad esclava, y bien vendría que alguien hiciera los números de cuánto le cuesta al país el paro nuestro de cada día.

Hay dos preguntas fundamentales: ¿cuánto es lo que se gana o se pierde? y ¿quién es el que gana o pierde? Cuando reclamamos sabemos qué es lo que hay para ganar pero solemos desestimar la otra cara de la moneda, las pérdidas del sistema. Así que hago referencias a ellas y continúo con este ejemplo que es real y ayuda a visualizar. Hay costos efectivos que se agregan: repetir la operativa y la documentación, innumerables horas despilfarradas de todas las personas involucradas, o pagos extra. Y hay costos que no son en efectivo pero tanto más cuantiosos como el mantener o no a un cliente, cuyo costo puede medirse bien por el valor actual neto de las ganancias de futuras ventas que no tendremos o al menos el costo de lograr la primera venta (que es la suma de recursos para buscar clientes, contactarlos, visitarlos, negociar, cerrar). Otro costo no efectivo es el desfocalizarse en la gestión, es decir, dedicar más energía y horas a resolver estas situaciones en lugar de a crear valor en el negocio. En definitiva, la productividad del sistema se desgrana, se hace polvo y se vuela. Se pierden miles de dólares en cada caso. Es un desgaste avasallador.

¿Y quién pierde? Pierde absolutamente todo el sistema. El exportador, el maquinista, los camioneros, la fábrica, el depósito, el despachante, el cadete, el puerto, los bancos, las agencias marítimas, los prestadores de servicios, el productor. Pierde el cliente también y en definitiva pierde el país porque se exporta menos, se trabaja menos, se recauda menos. Es una caída en dominó.

Un algoritmo, una fórmula, alguien que haga los números; una cajita mágica que nos dé el balance económico y tengamos todos claro cuánto le cuesta a la sociedad cada minuto de esos. La existencia de paros es un derecho legítimo, pero no quita que sea una enorme ineficiencia y al final un reflejo de una concepción que ignora el balance y bienestar colectivo. Pongámosle los números y estoy convencido que no se aceptaría con tanta resignación.

Tenemos la cultura que tenemos. A la Suiza de América siempre le faltaron los suizos. Éstos –los genuinos- se caracterizan por discutir democrática y descentralizadamente cuanto tema se les ocurre, pero su filosofía es siempre ganar en el colectivo. Al final de cuentas, la suma es mayor a cero. Lento, pero siempre darán un paso adelante. Acá tenemos infiltrada la forma francesa, que por desgracia es yo gano y lo hago a costillas del otro. La situación colectiva no importa, la torta no crece, la ganancia es cero. Hago la misma fuerza que el otro, pero en dirección contraria. Lo vemos en casi todas las relaciones laborales, en los ciclos políticos; nos cuesta sumar y construir sobre la hilera de ladrillos que el otro erigió.

Insisto, alguien que haga los números. Quizás nos inspiren a ser más creativos, resolutivos; a buscar otros mecanismos de negociación, a creer que la levadura agranda la masa en beneficio de todos y a que no se diluyan los hercúleos esfuerzos y los recursos que cada día, antes que salga el sol, activamos con ilusión.

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