Que el letrista McCartney no se olvide
En una reciente entrevista con la revista Rolling Stone, el (¿ex?) beatle repasa su vida actual como estrella pop, el valor de la beatlemanía y el sentido oculto de alguna de sus canciones
El mito (falso) dice que Lennon era el poeta. El anarquista. El liberal. El creador en bruto que refinaba sus canciones en letras con sentimiento tanto de amor como de conciencia social, un hombre que le hablaba a un mundo violento y convulsionado desde una cama donde escondía a su esposa flaca y japonesa bajo su poblada barba y su pelo largo con un signo de la paz sintetizado en un dedo índice y uno mayor extendidos.
En esta disyuntiva perversa, del otro lado de la vereda estaba el niño bueno de Paul McCartney. Cachetón, simpático y risueño, Paul era “el sistema”, lo políticamente correcto, las melodías dulzonas y romanticoides, las poses y las frases boludas y los mil y un abrazos con su mujer flaca y rubia que escondía detrás de un teclado en el escenario.
En claro segundo plano, Harrison estaba enojado y distante bajo una sombra indostánica, mientras Ringo era el idiota que hacía chistes.
Por algún motivo (y dentro de miles de factores, puede haber sin dudas dejos de realidad), la conformación semiótica de Los Beatles se estructuró de esa manera. A pesar de que han pasado cinco décadas, todavía el mito tiene fuerza y determina a los fans y a los propios protagonistas.
Leí una entrevista más o menos reciente que la revista estadounidense Rolling Stone le realizó a Paul McCartney, y allí el músico reflexionaba, entre varios temas, sobre el valor de la beatlemanía todavía vigente (y que Montevideo vivió en carne propia en abril de 2012) y sobre un aspecto no muy estudiado de las creaciones musicales de Paul: sus letras.
Es que como letrista, McCartney se creía muy atrás de Lennon. Pero basta repasar algunas de sus composiciones para constatar que, si bien no estamos ante la voz poética de un Leonard Cohen o un Bob Dylan, algunas de sus canciones son poemas sólidos y de profundidad, o cuentan interesantes historias.
Sin ir más lejos, Yesterday es una muy buena letra. “De pronto, no soy ni la mitad del hombre que era / hay una sombra colgando a mi lado…”, es un par de versos que tienen alguna reminiscencia de Quevedo, pero en clave pop y frente a miles de muchachas gritando como poseídas. Y hay otros ejemplos: She’s leaving home, Let it be, Penny Lane, Eleanor Rigby, The fool on the hill e incluso me animaría a decir Back in the USSR, tienen muy buenas letras.
Pero un aspecto casi oculto de las letras de McCartney es su costado sexual y eso se hace explícito en la entrevista. Desde algunas composiciones de los Beatles bastante explícitas, como Why don’t we do it in the road? (¿Por qué no lo hacemos en la calle?), hasta algunas más recientes y con más guiño, como Nod your head (Asiente con tu cabeza), del disco Memory almost full, la carrera de Paul ha tenido una veta de pulsión sexual bastante marcada, alejada de las creaciones de los otros tres beatles. Lo que abre un aspecto desconocido y no muy tenido en cuenta por los exégetas de Liverpool.
En algunos pocos casos, en mínimas fisuras, McCartney también logra hablar con sinceridad de sí mismo. Uno de esos casos es la canción Riding to Vanity Fair, del disco Chaos and creation at the backyard, donde dice cosas como: “Me muerdo la lengua / trato de no hablar mucho / trato de ser fuerte / hice lo mejor que pude / uso el modo gentil / lo hice por tanto tiempo…”.
Si se rasquetea bajo las canciones de los diferentes discos, se puede sondear a un McCartney que bajo la superficie de la liviandad no solo desarrolla parte de la mejor música pop de la historia, sino que además incluye conjuntos de buenas palabras. Aunque ni él se dé cuenta.