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Como imagen para su campaña electoral, Hasan Rohani eligió una llave porque podía abrir todas las puertas. Semejante eslogan y más de 30 años en distintos puestos del gobierno lo convierten en un líder que no solo predica la moderación sino que además es un ejemplo de ella.

A simple vista, el estilo de Rohani impresiona un poco. Diez años más veterano que su antecesor Mahmoud Ahmadinejad, tiene una barba canosa y en su rostro aparecen algunas arrugas. El pelo siempre está cubierto por un turbante blanco (propio de los que tienen el rango de “hodjatolislam” –“signo del Islam”–) y cuando habla, lo hace en un tono pausado, tranquilo, con la gravedad propia de quien tiene 64 años y no con la fogosidad de Ahmadinejad, quien a lo largo de sus dos mandatos se ha enfrentado con Israel, EEUU y la ONU.

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Su aspecto pausado tal vez se deba a su ser religioso y a que desde muy joven estuvo involucrado con el islam: a los 12 años fue a un seminario en su región y un año más tarde a uno en la ciudad de Qom, donde están los principales institutos del islam chií.

Al margen de sus estudios religiosos, Rohani fue avanzando en su formación civil y obtuvo el título de abogado por la Universidad de Teherán. Desde muy joven, además, se involucró en la política: cuando tenía 17 empezó a recorrer el país en una campaña en contra del sha Mohamed Reza Palevi, que gobernaba el país de forma dictatorial, y fue fichado como sedicioso por la Policía Política de aquel régimen, la Savak.

En el terreno religioso, fue avanzando hasta identificarse con el ayatolá Jomeini. De hecho en 1977, dos años antes de la revolución, fue el primero en dar a Jomeini el título de Imán en un recordado discurso en el Bazar de Teherán, con lo que le reconocía la máxima autoridad en el islam chií duodecimalista. El problema es que después de esa declaración fue perseguido nuevamente por la Savak y tuvo que exiliarse en Europa. Sin perder el tiempo, cursó una maestría en la Universidad Caledonia de Escocia y volvió a su país para, después de la revolución, ocupar varios cargos políticos.

En efecto, su ser moderado lo mantuvo en el Parlamento entre 1980 y 2000. Después de ese año, Rohani entró en la Asamblea de expertos, una instancia que supervisa el trabajo del Guía Supremo Alí Jamenei, con quien siempre tuvo buena sintonía.

El jeque diplomático

Apodado el “jeque diplomático” por su doble virtud de religioso y dialogante, en 2003 comenzó a encabezar las negociaciones internacionales por el programa nuclear de su país. Eran tiempos en que el mundo desconfiaba de que la república islámica estuviera enriqueciendo uranio para hacer armas nucleares y Rohani dialogó con París, Londres y Berlín al punto de aceptar suspender las actividades y aplicar el protocolo adicional del Tratado de No Proliferación, que permitía inspecciones a las plantas nucleares.

Se ganó la confianza de Occidente, pero en su país su postura pareció sumisa y los conservadores lo acusaron de haber caído bajo el “encanto de la corbata y del agua de Colonia de Jack Straw”, en ese momento canciller británico.

En 2005, cuando asumió la Presidencia Ahmadinejad –conservador– Rohani renunció a ser negociador y a su cargo en el Consejo Supremo de Seguridad Nacional, tras de 16 años. Poco después Irán, conducido por un líder más beligerante, lanzaba su programa de enriquecimiento de uranio.

Triunfo de la moderación

En buena medida, la campaña de Rohani hacia la Presidencia buscó marcar un regreso a lo anterior, volver a posicionarse como ese líder centrado, capaz de coordinar el diálogo de todo un país. Llegó a manejar la posibilidad de dialogar con EEUU –algo inconcebible durante la gestión de Ahmadinejad– y calificó su triunfo en junio con poco más del 50 % de los votos como “una victoria de la moderación sobre el extremismo”.

Los que lo conocen aseguran que su prédica de la moderación es más que un eslogan. Hossein Mousavian, que supo ser su compañero durante la época de las negociaciones por el programa nuclear, confió a la BBC que Rohani seguramente hará honor a su apodo de “jeque diplomático”. “Su escuela de pensamiento es totalmente moderada y centrista. Siempre intentó unir al país”, confió.

Prueba de esto son sus palabras apenas tomó posesión del cargo el domingo: “Todos los que votaron, lo hayan hecho por mí, por otro o incluso si no votaron, son todos ciudadanos iraníes y tienen derechos civiles”.

También de cara al exterior sus deseos parecen sinceros y apaciguadores. “Irán nunca ha buscado la guerra con el mundo y nos centraremos en refrenar a los belicistas”, indicó, en contraposición con su antecesor, que parecía coquetear con un enfrentamiento con Israel.

El tono que adoptará, al parecer, será el mismo que en sus años de negociador. Ante el Parlamento, declaró el domingo que en la cuestión del programa nuclear “tiene que haber un diálogo desde una posición de igualdad”. “Si quieren una respuesta adecuada, no nos hablen con el lenguaje de las sanciones, sino con un lenguaje de respeto”, lanzó antes de la ovación.

Difícil situación

Habrá que ver qué tanto espacio tienen en la política iraní los buenos deseos de su nuevo líder, porque por más que él prometió más flexibilidad en el diálogo con Occidente, en la República Islámica los temas estratégicos siempre pasan por la autoridad directa del Guía Supremo, Alí Jamenei.

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