ver más

Muchos de los que nacieron a principios de los años ochenta ya se han convertido en padres y madres y son miembros productivos de la sociedad. Muchos de ellos pasaron parte de su infancia y adolescencia en salas de videojuegos y probablemente recuerden con más cariño a personajes como Snow Bros o a los Lemmings que a Blancanieves o la Caperucita Roja.

En pleno alud de refritos de mitos e historias tradicionales, era cuestión de tiempo que alguien aprovechara a los protagonistas de tantos buenos recuerdos para hacer una película.

Los clásicos de los videojuegos han sustituido a los cuentos y fábulas en el bombazo navideño de Disney. Donde antes estaban los héroes de historias como Aladdin, La Bella y la Bestia o El Rey León, ahora está Ralph el demoledor (Wreck-It Ralph), una animación en 3D que cuenta la historia del malo de un arcade que está cansado de la soledad que implica su rol.

El trágico destino del malo Ralph (inspirado en Donkey Kong) es un muchachote bonachón y fornido que se dedica día tras día a romper un edificio que el plomero Félix Jr (inspirado en el Mario que aparece en Donkey Kong) tiene que arreglar.

Al terminar la jornada, todos felicitan a Félix y regresan a sus hogares, mientras que Ralph se queda solo, triste e incomprendido en su vertedero de ladrillos.

Fix-It Felix Jr, el videojuego donde todo esto sucede, es una maquinita de más de 30 años de edad, que a pesar de su vejez sigue atrayendo la atención de los niños que van a jugar al salón recreativo donde está.

Al parecer, a través de los cables de la electricidad los personajes de las diversas maquinitas pueden cruzar de un videojuego a otro, de modo que Ralph decide, contra las advertencias de todo el mundo, salir a explorar otros territorios para ganar una medalla, ser considerado un héroe y demostrarle a sus compañeros que no es malo ni peligroso.

Tras cruzar una suerte de aerpuerto que hace de paso entre juego y juego y donde están algunos de los personajes cuya maquinita fue desconectada, Ralph entra en Hero’s Duty (una mezcla de Call of Duty, Starcraft y World of Warcraft). Haciendo trampas logra conseguir una medalla, y en su huida termina aterrizando en Sugar Rush, un juego hecho de golosinas que homenajea a Mario Kart.

Entre chupetines y muffins gigantes, Ralph conoce a Vanellope von Schweetz, una niñita impertinente que tiene un error de programación, y que como él es excluida de la vida social del juego al que pertenece.

Con el aterrizaje de la nave en la que venía Ralph, llega al planeta uno de los bichos malos de Hero’s Duty, lo cual hace que la comandante Calhoun, protagonista de aquél juego, tenga que ir a Sugar Rush para destruirlo y así evitar una potencial plaga.

Mientras esto sucede, los personajes del videojuego donde vivía Ralph se dan cuenta que sin él no pueden funcionar, y que si nadie puede jugar con ellos, los terminarán desconectando.
Es así como Félix y la comandante Calhoun se terminan uniendo para perseguir a Ralph, quien por otro lado termina haciendo su camino junto al de Vanellope.

Publicidad engañosa

Viendo el trailer, queda claro que el principal gancho de la película es la resignificación de algunos de los personajes más queridos del mundo de los videojuegos.

Aunque éstos no aparezcan más que de forma anecdótica, resulta divertido conocer a un sensible Zangief de Street Fighter, a un Sonic que protagoniza avisos publicitarios, ver como el fantasma de PacMan presta su casa como espacio para las terapias de grupo de los malos de los videojuegos, o entrar al bar de Tapper, aquel juego donde había que servir cervezas a los clientes de una taberna.

Tomando como punto de partida el mundo de los videojuegos, las posibilidades que podría haber explorado Ralph el demoledor eran infinitas, tanto a nivel argumental como visual.

En cuanto a la historia, la película logra algo difícil: hacerse aburrida. Los prolegómenos al centro de la acción se vuelven demasiado largos, y no es aproximadamente hasta el último tercio del metraje cuando se profundiza un poco en la interesante situación psicológica de algunos de los personajes.

Si Ralph el demoledor aprueba por poco la parte argumental, merece un sobresaliente en la propuesta estética y visual. Desde el principio, la película remite a una estética retro, a las máquinas de videojuegos en 8 bit, de paisajes y personajes compuestos por enormes pixeles, y de aquella forma de jugar donde eran necesarios dos botones y un joystick para generar tres tipos de acciones: desplazarse, saltar y disparar.

Con todo, esta película resulta decepcionante. Sorprende que Pixar no haya formado parte de este proyecto, y que la dirección se haya encomendado a un nombre tan poco notable como el de su director, Rich Moore.

Para muchos, Ralph el demoledor ha sido motivo de frustración. No así para sus productores, que han comprobado como se ha convertido en un éxito de taquilla. Ralph ha inaugurado una lucrativa franquicia.

Esperemos que la siguiente entrega de la saga llegue a cumplir las expectativas.

Seguí leyendo