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Hay que tener espíritu para meterse con la saga del Depredador. Para empezar, por esa imagen que permanece congelada en los anales del cine de acción más paradigmático: la que muestra a un Arnold Schwarzenegger camuflado por los restos de algún rincón selvático perdido en Sudamérica mientras se enfrenta a una de las criaturas más mortíferas e implacables que dieron los ochenta. Pero la comparación con aquella película de 1987 dirigida por John McTiernan –a quien le debemos también Duro de matar y El último gran héroe, entre otros clásicos del género– no es lo único por lo que cualquiera debería pensárselo dos veces antes de firmar con la saga del cazador extraterrestre. Porque si hay una regla que se cumplió en cada una de las entregas siguientes fue que todo siempre puede salir peor. Y que la calidad, cuando empieza a caer en picada, no tiene fondo. 

Depredador 2 (1990), por ejemplo, perdió algo de la original al llevar buena parte de su acción al asfalto y casi que se autoparodió en la búsqueda de ampliar el universo narrativo. Veinte años después llegó una especie de reboot con Adrien Brody de protagonista titulado Depredadores que pasó sin pena ni gloria. Y, por último, El depredador (2018), una bazofia inmirable que, de hecho, casi nadie vio. Y podríamos quedarnos por allí, y considerar esa última entrega como el clavo final para un ataúd que ya estaba enterrado varios metros bajo tierra –y eso que ni mencionamos, porque el estómago es fuerte pero tampoco da para tanto, a los dos despropósitos de Alien vs. Depredador– pero la cosa siguió. El bicho se mantuvo con vida. Y para beneplácito de los ya descreídos seguidores de la saga, y para todos los que ahora están cayendo en su trampa, la nueva cría es diferente. Es menos explosiva, vuelve a ciertas raíces originales que convirtieron en un clásico a la primera y lleva la acción a terrenos nuevos. Al año 1719 y al territorio Comanche, específicamente.

Depredador: La presa, quinta entrega de la saga y que está disponible en la plataforma Star+, tiene un responsable más que atendible: se trata de Dan Trachtenberg, que hasta ahora solo tenía como créditos algunos episodios de las series Black Mirror y The Boys, pero también esa buenísima secuela de Cloverfield que fue Avenida Cloverfield 10. Si bien entusiasmarse por lo que alguien que apenas tiene dos realizaciones propias abajo del brazo puede parecer un poco prematuro, hay indicios de que este director de 41 años tiene las cosas lo suficientemente claras como para comprometerse con las siempre peligrosas secuelas y salir airoso apostando a una mirada que al menos intenta ser original y no solo una mímesis desangelada de lo que funciona siempre. En esta época no es poca cosa.

Porque La presa es, efectivamente, una película que funciona mucho más de lo esperado. Administra bien las dosis de acción, retoma y rediseña para bien a un monstruo clásico, actualiza varios de los subtextos de las películas originales y nos mete de lleno en un escenario fascinante. Porque eso, a priori, es el gancho de la película: ser testigos del primer aterrizaje del Depredador –cuya raza tiene por nombre original Yautja– en la Tierra y los primeros enfrentamientos con los humanos, que en este caso son miembros de uno de los pueblos originarios de Norteamérica más extensos, así como algunos colonos franceses perdidos por ahí que no van a contar el cuento.

Los actores son en su mayoría de ascendencia comanche

Acorde a los tiempos revisionistas contemporáneos, la protagonista de Depredador: La presa no es un militar mercenario hipermasculinizado con bícpes del tamaño de una cabeza, sino una adolescente de la tribu comanche que prefiere dedicarse a la caza que a las labores que, por mandato tradicional, le corresponde a las mujeres de su pueblo. Así que allá va la indómita Naru –la actriz Amber Midthunder– de bosque en bosque, afilando el hacha y tirando flechas, haciendo rabiar a su hermano mayor, el gran cazador de la tribu, e intentando encontrar esa presa desafiante que, finalmente, le haga transpirar lo suficiente y le sirva como ritual de paso a la adultez. Luego de que la noticia de que un puma está atacando a los exploradores de su pueblo, Naru se interna en el bosque y se topa con un oso más peligroso que el que se masticó a Leonardo Di Caprio en El renacido. Y cuando está a punto de caer en sus fauces, aparece un enemigo todavía más formidable que achura a la bestia de un golpe: el Depredador. Pero ahí empiezan los problemas reales, porque en cuanto el bicho entra en contacto con los habitantes de la Tierra empieza a hacer todo tipo de destrozos que implican muchas vísceras y mucha sangre.

Naru queda entonces envuelta en una especie de cacería que invierte continuamente los roles, que derivará en una lucha de inteligencias más que de fuerzas, y que, sobre todo, deparará unos 90 minutos más que disfrutables. 

Entre batallas bien coreografiadas y escenarios naturales de los que saca buen provecho, la película abraza el cine B y es un buen ejemplo de cómo se puede revivir a una franquicia casi muerta: con la conciencia de lo que se hizo bien, con los mismos códigos que antes tuvieron éxito, y siendo lo suficientemente desvergonzado como para introducir nuevos elementos y actualizar los subtextos. Es cierto: la idea del invasor exterior atacando a los pueblos indígenas quizás no es la imagen más sutil a la que podían echar mano, pero al menos fueron coherentes, ya que la mayoría de los actores tienen ascendencia comanche, por momentos hablan el dialecto y de hecho existe una versión enteramente hablada así. 

Depredador: La presa se puede ver en Star+

El monstruo también tuvo tiempo para actualizarse. Más grande, con un atuendo más “tribal” y cierta apariencia primitiva, es quizás el diseño más atemorizante del Depredador que dio la saga. Es un cazador al que solo le interesa sumar más y más presas, y los rastros de sangre y los cráneos arrancados que lo rodean son prueba fehaciente.

La presa no llega para inventar la pólvora, no transforma el cine de acción y tampoco lo pretende, pero sí recupera el espíritu de una saga que se había enterrado y que nadie, sinceramente, necesitaba desenterrar. Pero ahí está esta película: sólida en sus convicciones, con una vuelta de tuerca interesante al relato clásico y una protagonista que banca casi todo el metraje sobre sus hombros mientras, con un hacha, un perro fiel, y algunas flechas en el carcaj, se enfrenta a un todoterreno del asesinato. Y al margen del resultado de ese duelo, por primera vez en mucho tiempo en esta saga, el público sale ganando.

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