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Antes de que arranque una película las salas de cine suelen recordarles una sola cosa a sus espectadores: apagar los celulares. Más allá de la gentileza, el aviso intenta que el público respete su lugar y la obra que está por ver al disminuir toda experiencia por fuera del filme. La última película del director uruguayo Gustavo Hernández, Dios local, bien podría prescindir de este recordatorio.

El segundo largometraje del cineasta responsable de La casa muda es una historia de terror sin vueltas. Mantiene al espectador en vilo mientras debe presenciar el periplo terrorífico que un trío de rock debe sufrir entre unas minas abandonadas en el departamento de Lavalleja.

Con una mezcla de sustos repentinos, escenas interminables de suspenso y un despliegue técnico destacable en términos de producción, Dios local es una apuesta bienvenida hacia la creación de cine de género en Uruguay.

En el filme conviven diferentes ingredientes que hacen de este tipo de películas un atractivo indiscutible entre el público cinéfilo. A lo largo del relato la naturaleza del paisaje minuano provee el aura misteriosa necesaria, una figura malvada digna de cualquier película slasher (como Viernes 13 o Halloween) acecha en silencio a una de las protagonistas y varios fenómenos paranormales son capaces de poner al más escéptico espectador con los pelos de punta.

Sin embargo, Hernandéz y el guionista Santiago Gonzáles no utilizan estos elementos como fines en la película sino como medios, mecanismos para generar que el verdadero horror interno de sus tres protagonistas aflore. Agustín Urrutia, Mariana Olivera y Gabriela Freire encarnan a tres músicos que han sufrido traumas severos de distinta índole y, para su mala suerte, estos tomarán una naturaleza terrorífica una vez que se adentren en una gruta para filmar su último video como banda.

Así es que la película apunta hacia un espanto más evocado en la psicología humana que en lo asqueroso de un monstruo de ficción. Sí, hay momentos físicamente imposibles y las requeridas cuotas de sangre, pero lo que de verdad asusta es la tortura ante el desconocimiento de lo que deben atravesar los personajes.

Por eso, durante la presentación de Dios local y en entrevistas con los medios, Hernández señaló a las películas It Follows y The Babadook como acompañantes de un movimiento que se aleja de los espectros malvados de Actividad Paranormal y La noche del demonio para meterse con otros demonios: los internos del ser humano.

A nivel técnico, a la película difícilmente se le pueda reprochar algo. Desde el arranque musical del filme, el trabajo de fotografía de Pedro Luque se hace notar con una cámara movediza e íntima, que no duda en aproximarse de manera extrema a sus actores, jugando con un foco cambiante que hace a los planos más o menos nebulosos según la desorientación de los personajes.

Lo mismo puede destacarse de los escenarios y el diseño del sonido e iluminación de la película. Ya sea dentro de la gruta o fuera de ella en un bosque próximo, la sala de cine se inunda de pequeños sonidos. Insectos, el goteo de agua en una cueva y los pasos precavidos que un personaje debe tomar para no ser descubiertos hace que toda la sala mantenga el silencio. La atención también se potencia cuando la oscuridad toma el plano y aventura que lo próximo que se verá una vez que vuelva la luz sea algo nada agradable.

Gran parte de Dios local se trata de construir. Los personajes deben construir sus relaciones interpersonales antes de separarse por última vez, mientras que la trama elabora poco a poco cada nueva secuencia de horror con los respiros necesarios en el medio.

A nivel narrativo, Dios local también toma riegos. La película escapa a la narración lineal. Se divide en tres relatos protagonizados por cada uno de los protagonistas e incluso incursiona en paradojas temporales. No siempre se logra con éxito y a veces los regresos al pasado –previo a la incursión en la gruta– dejan un poco en evidencia a los actores, a los que se le dan mejor los sobresaltos que la introspección reflexiva.

De todas formas, Dios local vino para asustar y lo hace de forma satisfactoria y cautivante. Lo suficiente como para no ser distraído por ningún teléfono en toda la película.

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