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Todo sigue igual en Rusia. Aunque no tanto. El binomio político que forman Vladímir Putin y Dmitri Medvédev intercambiaron posiciones para mantener firmes las riendas del país más extenso del mundo hasta 2017, al menos.

A diferencia de lo que ocurre en Europa, donde la sostenida crisis económica no deja sobrevivir a ningún partido en el gobierno más allá de las elecciones, la pareja política más exitosa de la era postsoviética cuenta con un amplio apoyo ciudadano que le permitió renovar el mandato sorteando, sin mayores dificultades, las crecientes expresiones de rechazo que les dispensa vastos sectores de la sociedad.

Dejar el manejo de los asuntos internos a Medvédev para así Putin ocupar la jefatura del Estado blanquea el verdadero lugar que ocupa cada uno en el matrimonio político, con el primero en el rol de fiel escudero del segundo.

Pero el regreso del exagente de la KGB a la cabeza de la política exterior del país en tiempos que las potencias occidentales pierden pie en la escena internacional, debilitadas por sus problemas económicos, promete relanzar a Rusia a la primera escena del poder mundial.

La serie de reformas políticas y económicas que impulsaba a fines de la década de 1980 el entonces líder Mijaíl Gorbachov, conocida como Perestroika, cobraron tal ímpetu que se escaparon del control de las autoridades soviéticas y terminaron tumbando al propio sistema. La etapa política que comenzó a vivir Rusia a partir de 1991 significó perder el protagonismo internacional alcanzado en los tiempos de la Guerra Fría, hecho que los rusos responsabilizan y reprochan a Gorbachov.

Y fue precisamente la recuperación del autoestima de la Rusia imperial que encarnó Putin cuando en 1999, como primer ministro de Boris Yeltsin, ordenara los bombardeos sobre la rebelde Chechenia lo que le permitió meses más tarde ganar cómodamente las elecciones.

Desde entonces, el sucesor de Yeltsin gobierna el país con mano dura, respetuoso de leyes fácilmente modificables por sus obedientes legisladores y al límite de las nociones democráticas que imperan en Occidente.

La tercera presidencia de Putin buscará reforzar el rol distanciado, y en ocaciones confrontativo, con la política que lleva a cabo Estados Unidos y sus aliados europeos, según opinan los analistas.

Sociedad.
Respaldado por la emergente y segunda potencia económica mundial China, –con la cual ha estrechado fuerte lazos– el Kremlin parece decidido a recomponer posiciones frente a sus antiguos enemigos capitalistas.

Los politólogos rusos advirtieron que “Moscú desea mantener influencia política sobre el territorio postsoviético y hace planes para formar una Unión Euroasiática basada en intereses económicos comunes”, según indicó el analista Evgueni Shestakov en un artículo publicado en el suplemento Rusia Hoy publicado el martes por El Observador.

Los desafíos que existen en el país y las perspectivas que apuntan a mayores amenazas para los próximos años “forzarán a Rusia a definir su círculo de aliados y socios con mayor claridad”, se sostuvo en la publicación.

“Moscú se ha vuelto lo suficientemente fuerte como para desempeñar su propio papel en la política mundial”, señaló por su parte el politólogo alemán, Alexánder Rahr. En ese sentido, el reciente episodio de la crisis siria marcó una línea disonante con la postura occidental.

Además de la redefinición de su estrategia en el plano diplomático, la emergencia de Rusia en el mapa político internacional también se apoyará en el refuerzo de su poderío militar.

Putin ya anunció como una de sus “prioridades” la reforma de las Fuerzas Armadas y el programa de rearme, que incluirá la compra y fabricación de portahelicópteros, misiles y submarinos, en lo que se gastarán US$ 700.000 millones hasta 2020.

La economía también jugó a favor de Rusia en los últimos años, cuyo sostenido crecimiento la convirtió en la octava más grande del planeta.
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