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Bienvenida la idea de rendirle tributo a Juan Storm, artista plástico montevideano nacido en 1927 y fallecido con 68 años en 1995. Siempre es aconsejable que toda retrospectiva se inscriba en un común denominador, algo que dé mérito a volver sobre un artista poniendo énfasis sobre algún aspecto en principio no abordado (y que sirva de explicación del por qué de las obras que se seleccionan).

En el caso de Storm es cierto que, en principio, el alto nivel de su vasta producción parece constituir credenciales suficientes para no dar vueltas con explicaciones. Sin embargo, no deja de ser aconsejable hurgar en nuevos sentidos, hilar más y más fino sobre las características de una producción vista en perspectiva.

Storm fue alumno de Alceu Ribeiro a partir de 1952 y dos años después ya era discípulo de Julio Uruguay Alpuy en el Taller Torres García. Expuso joven aún en Amigos del Arte, luego reiteradamente en las galerías Moretti, Latina, Brela y otros centros capitalinos. También en Sur de Punta del Este, amén de varias en el exterior. En 1995 le fue otorgado el Premio Figari.

Su pintura se nutre de las más profundas raíces nacionales. Por un lado, no abdica de la influencia del Taller Torres García, pese a tener sus piezas un hondo contenido figurativo. Por otro, parece no ser ajeno al mundo simbólico de Figari y hasta ser residual a ciertos colores usados por figuras del Planismo o Escuela de Montevideo, con especial énfasis en José Cúneo, ya que sus lunas parecen de algún modo rememorarse en Storm. Y hasta se podría insinuar una lejana referencia a Juan Manuel Blanes, más difícil de verificar.

Nombres, escuelas que parecen irreconciliables excepto por haber surgido en este país, país al cual Storm de algún modo parece representar sin caer en el pintoresquismo.

Es más: en Storm subyace un aura que lleva a la metafísica, aunque paradoja o no, el artista jamás abdica de eso llamado principio de realidad. En tal sentido, rememora a De Chirico, cuya admiración por él quedó plasmada en una valiosa tela en exhibición.

Local y único

Lo más atrayente en consecuencia es el hecho de que Storm logró hallar su propio mundo, sin abandonar sus nutricias fuentes uruguayas. O, mejor dicho, construye su mundo a partir de las más heterogéneas huellas de su país.

Los visitantes extranjeros al cabo de los siglos han señalado la luminosidad del cielo nacional, los colores casi inéditos que se dejan intuir en las noches. Varios artistas nacionales han acusado recibo del singular hecho y lo han plasmado en sus obras. Lo significativo en Storm es que lo inserta a su manera, con sus recursos. Storm sólo se parece a Storm y ello es de un valor inconmensurable en el arte.

No es, en consecuencia, un híbrido. Por el contrario, su pintura es Uruguay, pero no un país bajo los efectos de alguno de sus lugares comunes. Es la atmósfera serena de la llanura luminosa, el hombre solitario, el campo vacío o la ciudad industriosa.

Como hombre culto que era, no sólo sus trazas hay que buscarlas en la plástica, sino que vale considerar sus lecturas por grandes maestros de la literatura universal (tal vez no sea el mejor ejemplo, ya que Hudson salta a la vista). También su gusto por la buena música (vale recordar a su hermano como compositor de una de las mejores óperas nacionales, El Regreso).

Todo este imaginario podría inducirnos a un mundo romántico y, en cierto modo, lo es (su apellido invita al Sturm und Drang y tal vez no sea coincidencia). Pero es un romanticismo que incluye los valores que llevan a una patria profunda, a estación Molles, donde supo afirmar una personalidad a la vez campera y de hombre cosmopolita. Molles aparece en dos obras muy atrayentes. En una se dejan intuir trazos geométricos, herencia de su paso por el mundo torresgarciano. En la otra el tren, símbolo de progreso de aquel incipiente país, surca hasta un pueblo perdido. Pueblo perdido que es casualmente Molles.

Todo ello converge en un hombre: desde un ingenuo pasado hasta el dramatismo del mundo hermético, de esa metafísica vacía, esa nada que todo lo inunda. Melancólico, irónico, sabio hasta infantil, es el mundo que nos descubre este extraño personaje que enriqueció las artes nacionales.

La riqueza cromática de la obra de Storm es otro aspecto insoslayable. Nunca cae en la arbitrariedad del color desmesuradamente obvio y el contraste con lo aparentemente aconsejable está dado con mesura. Viola los códigos todo el tiempo, pero quien quiera verse reconocido en la obra de Storm siempre podrá hacerlo.

Vale mención un cuadro en el que aparece un bandoneonista. Todo está en armonía en la obra: es el producto de alguien que conoció de adentro el tango y su mundo, es la “mala vida” que se deja ver entre dócil e indómita. Es el violáceo, a veces casi rosado color de fondo. Un púrpura ambiguo, sutil, casi diría nuestro.

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