Romper cadenas
Columna de opinión publicada en El Observador Agropecuario
Mientras esperaba sentada en el café, Alicia recordaba el sinnúmero de veces que había discutido con su amigo… hacía tantos años de esa entrañable amistad. Lo que más apreciaba era la sinceridad de sus perspectivas a pesar de partir de extremos opuestos.
Carlos entró raudo, la miró, sonrió y pidió disculpas por llegar tarde. Sin más, dejó caer un diario en la mesa, “qué te parece, lindo embrollo la baja del precio del ganado, aún sigues pensando que es saludable no hacer nada”.
Alicia sabía que iniciaba el juego que más disfrutaba, “quizá habría que haber hecho algo cuando los precios eran exorbitantes hace un año” replicó. “¿Cuál es la razón de sólo alarmarse cuando los productores reciben un supuesto precio menor o injusto?, ¿por qué no alarmarse también cuando los frigoríficos no cubren los costos?”.
“Vamos Alicia, los frigoríficos tienen una espalda amplia para superar coyunturas, los productores no”. Alicia quedó pensativa y fijó la mirada en su amigo. Él conocía muy bien lo que se venía, una seguidilla de preguntas y respuestas que lo irían acorralando, pero estaba listo y dispuesto, después de todo era lo más gratificante de esas tertulias.
“Carlos, ¿estás de acuerdo que los frigoríficos compitan por el ganado?”. “Seguro”, contestó sin vacilar. “Entonces, ¿te parece que esa competencia favorece lo que denominaríamos precios justos por el ganado?”. “Por supuesto”, dijo mientras esperaba la estocada final.
“Amigo mío, si te dijera que esa misma competencia a lo largo de los años tiene un comportamiento previsible y estudiado. Si te dijera que los equilibrios en una competencia abierta, sin limitaciones, lleva a que el número de empresas se reduzca sustancialmente. Si además supieras que esta es la base de control del funcionamiento adecuado de los mercados en países desarrollados”. Alicia hizo una pausa y susurró: “quizá no existe una solución ideal, después de todo los precios que reclamas son hijos de la misma semilla que provoca que día a día hayan menos empresas”.
Carlos levantó la cabeza, sabía que debía responder rápido y sin titubear; “supongamos por un instante que efectivamente es como tú dices, ¿deberíamos quedarnos cruzados de brazos mientras la producción no recibe un precio justo? Y que pasa con la cadena, ¿quién vela por el criador?, ¿cómo nos aseguramos que los precios continúen estimulando a todos los eslabones?”. Alicia se apura a interrumpir antes que Carlos continúe, “eso significa intervenir por encima del mercado”. “Y qué importa” responde Carlos, ya algo agitado por el curso de la discusión.
Alicia con tono suave y sereno replica: “el problema no es la intervención, sino cómo acordamos quién decide intervenir y cuándo, en qué temas”. Carlos ya calmo responde: “no Alicia, el problema es que por no hacer nada podemos terminar donde ya sabemos que no queremos ir”.
Carlos y Alicia no son producto de la imaginación, sus convicciones, razones e inquietudes representan a personas que integran el colectivo nacional. Seguramente muchos nos afiliemos a Carlos, con la energía suficiente para dar batalla por contrarrestar efectos desfavorables sobre los eslabones más frágiles de la cadena; seguramente muchos nos identifiquemos con Alicia y la seguridad que estos efectos garantizan en el tiempo una cadena más eficiente y competitiva.
Quizá una perspectiva complementaria sería valorar el desempeño de la cadena cárnica. Quizá deberíamos preguntarnos si estamos conformes con su evolución y si deseamos conservar su actual estructura. Las respuestas nos ayudarán a identificar dónde focalizarnos y qué estamos dispuestos a hacer; y esto tiene que ver más con estrategia y convicciones del colectivo nacional que con posturas dogmáticas. Como recordaba Forrest Gump sobre lo que su madre le había dicho… “la vida es como una caja de bombones, nunca sabes qué te va a tocar”, la verdadera habilidad está en qué hacemos con lo que nos tocó, y al parecer, en este negocio, con nosotros mismos, nos ha ido bastante bien sin necesidad de romper cadenas.