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La película que más me provocó en mi vida fue Solaris, de Andrei Tarkovski. La vi en Cinemateca, claro. El director ruso me impresionó tanto que fui uno de los que votó, años después, a El sacrificio como la mejor película del Festival de 1986, por encima de Ran, de Akira Kurosawa, una de las mejores películas de todos los tiempos.

Cuando vi el estreno en Cinemateca de Fanny y Alexander ya había visto unas 15 películas de Bergman, Ingmar Bergman, probablemente el creador cinematográfico más importante de la historia del cine. Eso fue gracias a un ciclo que cada tanto aparecía en el boletín de Cinemateca: "(Casi) todo Bergman".

En Cinemateca conocí la obra de Luis Buñuel, desde ese terrible plano de detalle de su primera película, El perro andaluz, en la que un hombre le corta el ojo a una mujer con una navaja. También conocí el cine de Alain Resnais, François Truffaut, Ettore Scola, Federico Fellini, Paolo y Vittorio Taviani, John Ford, Joseph Losey y unos cuantos más.

Cinemateca fue parte de mi rutina durante varios años. No había Youtube y no podía permitirme el lujo de ver los estrenos del cine comercial, así que me conformaba con ver el ciclo "De la temporada". Así pude disfrutar de Jurassic Park en La linterna mágica, una sala que debió su nombre a un concurso entre los socios.

También sucedía que Cinemateca justificaba las conductas más repugnantes. Yo había escuchado el comentario de la película Rocky IV y me había interesado: "Es todavía peor que Rocky III", decía el experto. Entonces me interesé, pero no iba a pagar una entrada. Tuve mi oportunidad cuando Cinemateca exhibió el ciclo "¿Un fascismo en el cine?".

No todo era un jardín de rosas. Una vez fuimos con un amigo a ver "la primera película hablada en lapón", según se anunciaba en el boletín. ¿Qué interés podía tener ver una cinta hablada en el idioma de los esquimales? Era un esnobismo típico de socios de Cinemateca. Pues ahí estábamos, como dos espléndidos intelectuales, cuando aparecen las imágenes de la madre saliendo del iglú con sus hijos y diciendo, para que lo escucháramos todos en el cine: "Venga, niños, ya vámonos".

Estaba doblada, sí. El boletín lo advertía, después del comentario, con las letras DB, que significaban "doblada al español", un detalle que se nos pasó. Lo de promocionarla como "la primera película hablada en lapón" era una picardía. Nos levantamos y nos fuimos. Sin rencores.

En cuanto a los problemas de proyección y de comodidad de las salas, es cuestión de gustos. Las salas comerciales son más cómodas, en general, pero el público es mucho menos respetuoso del cine. A veces la diferencia se hace tan notoria que es como ir a un templo o a una plaza.

Cinemateca también es un archivo de cine nacional y su escuela de cine ha formado a generaciones de autores locales, pero sobre todo ha sido una escuela de espectadores. Yo soy uno de las decenas de miles de egresados de esa escuela y mi gratitud es inmensa.

La supervivencia de la institución, desde que fue fundada en 1952, es un milagro. Yo siempre vi a Manolo, Manuel Martínez Carril, quien fue durante décadas el alma de Cinemateca, como un cruzado en tierras de infieles.

Ahora los días de Cinemateca están contados. El déficit se amontona y no hay voluntad del gobierno ni de la oposición para subvencionar a esa institución extraordinaria. Y tampoco hay un clamor popular para presionar a nadie.

Quedará como un recuerdo cada vez más borroso de lo que supimos ser, un orgullo del pasado que se irá desvaneciendo, como le sucederá al archivo de imágenes en movimiento cuando se apague la luz de Cinemateca.
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