Señales amarillas
La pérdida de competitividad, alto endeudamiento público y la inflación en crecimiento preocupan
En momentos en que el mundo financiero tiembla, Uruguay, así como la mayor parte de la región, está pasando por el período de crecimiento más prolongado y firme de su historia. Mucho de esta bonanza se debe al momento, en cuanto a precios, que están viviendo los productos que el Uruguay exporta, que en su gran mayoría son del agro. Desde hace muchísimo tiempo el Uruguay no gozaba de una demanda tan firme y sostenida por sus productos.
No es motivo de estas líneas analizar esta realidad, sino de resaltar lo que este momento puede significar para el futuro de nuestro país. Sería un error histórico no aprovecharlo debidamente, error que pagarán las generaciones futuras.
No hay dudas que lo que le está pasando al Uruguay va muy ligado a lo que le ha sucedido al sector agropecuario, más ahora que nunca. Muchas veces esta afirmación es observada con recelo, al considerar el aporte del PBI agropecuario al PBI nacional, que es del orden del 8%. Pero esta forma de ver la realidad no es capaz de identificar la verdadera importancia que tiene el agro para la economía del Uruguay. Recientes estudios han demostrado que por cada dólar que produce el agro, se producen entre 5 y 7 dólares en las cadenas que sus productos alimentan. Lo que demuestra el gran efecto multiplicador que el agro tiene en la economía nacional. Esto es fácilmente confirmable al analizar la evolución del PBI nacional, y ver que en mayor o menor grado, sigue la evolución del PBI agropecuario.
A pesar de esta realidad, Uruguay arrastra desde sus orígenes, una muy fuerte conciencia urbana, y gran parte de nuestra sociedad ve al agro como algo ajeno y lejano. Esta importancia que el agro tiene para el país, no solo no es debidamente valorada por la sociedad, sino que, por lo contrario, a menudo se lo desprestigia para justificar acciones políticas y/o de recaudación de fondos. Es entonces común que se implementen políticas contrarias al desarrollo del sector. Es decir que en vez de promover a la fuente de nuestros ingresos para que produzca más, la menospreciamos y exprimimos.
Si bien el Uruguay ha tenido un buen comportamiento en estos últimos años, y el agro ha tenido una gran transformación, aún queda mucho por hacer, pero hay señales amarillas (casi naranjas), que deberían ser tenidas en cuenta a la brevedad:
• Pérdida de competitividad, en valores similares al quiebre de la tablita en el año 1982.
• Desaceleración del crecimiento.
• Alto endeudamiento público en términos absolutos.
• Alto gasto público, el más alto de la historia y sigue en ascenso.
• Inflación en crecimiento, y fuera de la pauta del gobierno.
• Alto déficit fiscal como % del PBI.
Para mejor aprovechar este momento histórico y asegurarle a las futuras generaciones un país mejor, deberíamos promover al agronegocio para que exprese todo su potencial, y así pueda derramar más recursos genuinos en toda la sociedad. En este sentido deberíamos:
• Asegurarle un marco estable para poder invertir y producir. Acá más que nada nos referimos a temas impositivos, financieros y laborales.
• Evitar mecanismos que le resten competitividad al país.
• Invertir en infraestructura.
• Fomentar la adopción de tecnologías para incrementar la productividad.
Nunca el objetivo fue tan claro:
“DEBEMOS PRODUCIR MÁS Y MEJOR, SIN DESCUIDAR NUESTRA MÁQUINA PRODUCTIVA”
Sería de incrédulos pensar que estos momentos serán para siempre, por lo que es obligación nuestra capitalizarlos en mejoras competitivas permanentes, que nos permitan estar mejor preparados para cuando los malos momentos vuelvan, que seguro lo harán.
Solo que no sabemos cuándo.