ver más

La larga pelea por el control de los derechos de autor de Sherlock Holmes llegó a un final la semana pasada. El juez Richard Posner, quien a principios del año rechazó el pedido de los apoderados de Arthur Conan Doyle para extender los derechos del autor de las primeras historias de Sherlock Holmes, los golpeó nuevamente al obligarlos a pagarle al autor Leslie Klinger luego de que intentaran cobrarle una licencia que no tenían potestad de cobrar.

Esta decisión ocurrió parcialmente a causa de la estupidez del plan de extorsión de los apoderados. Pero esta batalla también ofrece una útil ilustración sobre las maneras en que los derechos de autor pueden impactar no solo en las ganancias que los artistas y las grandes compañías pueden lograr gracias al arte, sino que también en el tipo de arte que realicen.

Desde que Sherlock Holmes entró al dominio público, los creadores han sido capaces de improvisar sobre el personaje, su mejor amigo, el Dr. John Watson y la idea de la deducción en una amplia gama de medios. Ciertamente, Sherlock Holmes y sus variantes son parte de una gran tendencia de héroes genios y antisociales. Pero al menos hay una amplia variedad de historias sobre Sherlock que han inundado el mercado en estos últimos años.

La serie House, cuyo protagonista adicto a los calmantes le debe mucho al famoso sabueso y su dependencia a la cocaína, se enfocaba en la relación entre la genialidad y el abuso de sustancias. El turno de Robert Downey Jr. como Holmes en los filmes de Guy Ritchie le dio al detective un disfrute por los bajos mundos de Londres, agregándole un talento por las peleas callejeras. Y Sherlock, una coproducción entre la BBC y la señal bostoniana de televisión pública WGBH, explora la intimidad de la amistad entre los hombres con una sensibilidad e inteligencia emocional que es rara en la cultura popular.

Todas estas variaciones son posibles gracias al cese de los derechos de autor sobre las historias de Conan Doyle. Y tenemos muy cerca algunos ejemplos menos esperanzadores de lo que sucede antes de que esos derechos caigan en el dominio público: en el mundo actual de los superhéroes. Si se han preguntado por qué las películas sobre Spider-Man siguen llegando a los cines de manera regular, no hay que buscar la respuesta en otro lado que en los derechos de autor. Sony, no Marvel Studios, es la propietaria de los derechos del arácnido. Pero para mantenerlos, Sony debe usarlos.

De otra manera, Spidey regresaría al conglomerado de entretenimientos que le dio la vida. Ese fue el caso de Daredevil, que regresó a Marvel luego de su participación en Twentieth Century Fox. La compañía no podía esperar que el público se olvidara de la interpretación de Tobey Maguire como el héroe azulgrana y se embarcó en otra versión del personaje con alguien nuevo: Andrew Garfield.

Spider-Man se balancea con su red una y otra vez hacia las pantallas para que siga generando ganancias para Sony. Y porque es la misma compañía la que hace las películas sobre un mismo personaje en el mismo formato, por lo que hay poco lugar para la variación. El actor que interpreta a Peter Parker puede cambiar, y las películas pueden circular entorno a sus intereses amorosos, sustituyendo a Mary Jane Watson por Gwen Stacy. Pero Peter Parker va a ser siempre el mismo joven desgarbado, sus antagonistas siempre serán producto de accidentes científicos, y se supondrá que el público se atragante con sus corazones cada vez que Spider-Man se impulse entre los edificios de Nueva York por primera vez.

Esto no quiere decir que el derecho de autor no deba existir. Tengo escasa paciencia para la idea de que el arte debería ser libre y que los artistas deberían ganarse la vida gracias a la generosidad imaginaria de sus fans. Pero mientras los plazos de los derechos se alargan, y cuando están en manos de corporaciones gigantes en lugar de artistas individuales, vale la pena recordar que si bien es a causa de este régimen legal que el arte es un negocio viable, no hace que los resultados sean buenos.
Seguí leyendo