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Casablanca es una de esas películas que siempre ha molestado a la crítica especializada. ¿Cómo pudo una película romántica, previsible y de matiné, desbancar al Ciudadano Kane de Orson Welles como la mejor película de todos lo tiempos? ¿Cómo una obra hecha a los ponchazos se convirtió en un mito, sin ofrecer planos imposibles, ni innovaciones técnicas de ningún tipo?

La respuesta está quizás en la propia magia del cine, que no entiende de encuadres, travellings, planos cortos o largos. Casablanca es pura emoción, y a pesar de sus clichés y su sencillez estructural, es ya una historia inolvidable para quienes la vieron. Cada diálogo, cada mirada entre Humprhey Bogart e Ingrid Bergman, cada rictus de Paul Henried, cada gesto de los actores secundarios, son un homenaje a ese arte que logró que la gente soñara despierta.

Filmada en plena Segunda Guerra Mundial, en 1942, la película cuenta el rencuentro de Bogart y Bergman, años después de que la pareja tuviera un affaire en París, antes de la ocupación nazi. La historia vuelve a reunirlos algunos años después en Casablanca, ciudad marroquí de tránsito para quienes quieren huir de la guerra hacia América donde ahora Rick regentea el café que da título a la película.

Ganadora en su momento de tres premios Oscar (mejor película, mejor director, y mejor guión adaptado), el film es más que nada un prodigio en materia de diálogos. Bogart a través de sus dichos da vida a un hombre duro pero romántico, brutal pero piadoso, serio pero al mismo tiempo cínico, y eso solo es posible gracias al fantástico guión.

Los contrapuntos con el capitán francés “Renault” (Claude Rains), otro cínico sin escrúpulos pero de buen corazón, son impagables. “Yo no me juego el cuello por nadie”, dice Rick. Esa es una sabia política exterior, le responde el capitán. Pero lo mismo sucede en cada interacción entre los personajes, a cual más pintoresco, desde el más anónimo portero del café, hasta el croupier de la ruleta: todos importan y aportan algo a la película.

Y es en esa riqueza coral donde la película se hace fuerte. En las espectaculares actuaciones de actores secundarios como Peter Lorre (M, el vampiro de Düsseldorf, Arsénico por compasión); Conrad Veidt (El ladrón de Bagdad, El gabinete del Doctor Caligari); Sydney Greenstreet (El halcón maltés, Murieron con las botas puestas); o el citado Claude Rains (Robin de los bosques, Lawrence de Arabia, Encadenados).

Curiosamente, y a pesar del perfecto ensamblaje de actores, dicen que el elenco no se llevaba bien, y que el rodaje fue un caos de principio a fin. Cuentan que Bogart y Bergman se detestaban. Que nadie sabía como iba a terminar la película por temas de guión, y que se iba filmando sin saber que pasaría la semana siguiente. También se dice que hubo que ponerle tacos a Bogart porque Ingrid Bergman era más alta que él y eso no podía ser.

Ciertas o no las anécdotas, es evidente que la mano de Michael Curtiz se nota en la dirección de actores y en varias escenas memorables. Ver a Humprhey Bogart (el héroe duro por definición) destrozado por la nostalgia de un amor, y llorando en cámara es un prodigio, y sucedió solo esa vez. La escena en la estación de tren donde Rick es plantado por Ilsa, y solo recibe una carta manuscrita que se va borrando lentamente con la lluvia mientras él lee, también.

Otra sorpresa de la película es el ritmo trepidante, alejado de la clásica lentitud del cine en blanco y negro de la época. Una acción sucede a la otra, y todo es causa y efecto. Y es ese preciso mecanismo de relojería el que hace que la película pase volando. El mérito, además de Curtiz, es del montajista, Don Siegel, que más tarde se convertiría en director de cine.

Y a pesar de que fue rodada íntegramente en estudio, la película logra que el espectador sienta el exotismo de la ciudad de Casablanca, el crisol de razas, las mil nacionalidades que se reúnen en el café de Rick.

Todo funciona, esa es la magia. La forma de fumar de Bogart, la belleza luminosa y etérea de Ingrid Bergman, la dureza acerada del Mayor nazi, los chistes irónicos del capitán Renault, o el larguísmo flashback para explicar el romance en París entre los protagonistas.

Un capítulo aparte merece la música que llena toda la película. La memorable As time goes by unida a la ya famosa frase “Tócala Sam”, y a la delicadeza en los ojos de Ingrid Bergman cuando lo dice, agregan el último ingrediente para un cóctel perfecto. En otra escena imborrable también suena La Marsellesa, cantada a voz de grito por los personajes para imponérsela a los alemanes que están en el café, y con ello se explican los sentimientos de toda una guerra.

Setenta años después la película se mantiene intacta, y como el vino, parece mejorar a medida que envejece. Forma parte de una generación de películas que a pesar de su ingenuidad conceptual lograron elevarse a la categoría de arte. Que bello es vivir (Frank Capra), ¡Que verde era mi valle! (John Ford), Testigo de cargo (Billy Wilder) o Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan), son algunos ejemplos de ese cine hecho por hombres buenos, para un público devoto y una sociedad que ya no existe. El encanto de esa época es el del blanco y negro, y Casablanca es una de esas grandes películas.
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