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Desde finales de 2010, la ola de masivas revueltas antigubernamentales conocida como Primavera Árabe sigue sacudiendo las arenas de Medio Oriente. Las ondas expansivas del terremoto político surgido con la caída del dictador tunecino Ben Alí hizo temblar los herrumbrados regímenes árabes y hasta se llevó puesto a cuatro de ellos. En algunos casos, la dura represión a la protesta terminó provocando abiertos enfrentamientos bélicos, como en Siria.

En ese país árabe, las fuerzas del presidente Bachar Al Asad desataron hace más de un año una feroz campaña militar contra los grupos opositores, la que ha sido repelida por una combativa resistencia, que incluso logró ponerse a la ofensiva al abrir un frente de batalla en la misma capital, Damasco. (Ver nota aparte)

La escalada de violencia, que ya dejó en torno a 15.000 muertos, además de decenas de miles de heridos y desplazados, fue alimentada por la pasividad de la comunidad internacional. Aunque ese “inmovilismo” de las potencias y los países vecinos se limitó al fracaso de una postura común para detener el baño de sangre, ya que se multiplicaron las denuncias sobre apoyos externos en forma de suministros bélicos a uno y otro bando.

Pese a que una y otra vez Rusia ha amenazado con hacer pesar su derecho a veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas si Washington y sus aliados europeos presentan una moción para intervenir en Siria, las cancillerías occidentales insisten en que esa es la única vía para hallar una salida al conflicto. Moscú ha mostrado una posición por momentos ambigua pero nunca le soltó la mano a Al Asad, quien cuenta además con los respaldos iraní y –menos fervoroso– chino. Por su parte, el Plan de Paz impulsado por el mediador de ONU, Kofi Annan, es el único que cuenta con la aprobación de toda la comunidad internacional, aunque su fracaso es evidente. Los síntomas de debilidad política y militar que empieza a mostrar el gobierno sirio alientan la esperanza en Occidente de que el conflicto desencadene una salida como la ocurrida el año pasado en Libia. (Ver nota)

Pero la ofensiva de los rebeldes libios para derrocar a Muamar Gadafi contó con el apoyo militar de Occidente, cuya participación en el conflicto fue decisiva.

Justamente, evitar ese final es el objetivo que decididamente persigue el Kremlin. Para ello, la diplomacia rusa intenta alcanzar una salida negociada de Al Asad pero que no implique un cambio de régimen y así detener la escalada de violencia, tal como sucedió luego del paso al costado que dio el dictador yemení Ali Abdulá Saleh. (Ver nota)

También en esa misma línea parece moverse Irán. Este lunes, el ministro iraní de Asuntos Exteriores, Ali Akbar Salehi, mantuvo una reunión con representantes de la oposición siria en la que se sondeó la posibilidad de iniciar negociaciones tendentes a encontrar un final al conflicto.

“La República Islámica de Irán ya ha establecido contacto con una parte importante de la oposición siria y mantenido consultas con ellos. Ahora, ya estamos listos para facilitar las conversaciones entre la oposición y el gobierno de Siria”, dijo Salehi en conferencia de prensa, este lunes en Teherán.

El resplado ruso
Más allá de los intereses de Moscú por la venta de armas al régimen o por la presencia militar en la estratégica base naval del puerto sirio de Tartus, el apoyo del gobierno de Vladimir Putin al del Al Asad se debe a las propias obsesiones del Kremlin, según consideró el analista político ruso Konstantin von Egger en entrevista con la BBC británica divulgada este lunes.

El respaldo de Moscú a Damasco encuentra explicación en la “necesidad de la dirigencia rusa de manifestarle al mundo y a la ONU que nadie tiene el derecho de decidir quien debe o no debe gobernar en un país”, aseguró el especialista.

La idea de que detrás de cada caída de un gobernante está la mano de Estados Unidos y sus aliados europeos se transformó en obsesión a partir de la Revolución Naranja de Ucrania. En 2004, el descontento generalizado llevó al gobierno al líder opositor y prooccidental Víktor Yúshchenko, lo que Moscú interpretó como una injerencia occidental inaceptable en “su” zona de influencia. Pero el recelo ruso viene de antes, por lo menos de la intervención de la OTAN en la antigua Yugoslavia, en 1999, cuando en nombre de “razones humanitarias” Occidente cambió un régimen por otro.

Por eso, los dirigentes rusos no se perdonan la abstención en el Consejo de Seguridad del año pasado, cuando se aprobó la “exclusión del espacio aéreo” en Libia, que habilitó la intervención de Estados Unidos y algunas naciones europeas en el país africano.

De ahí que la ferrea postura antiintervencionista que a capa y espada defiende el Kremlin va más allá de la propia Sira. Es desde esa perspectiva que puede entenderse la obstinada negativa rusa a habilitar un corredor humanitario para acabar con la despiadada matanza de civiles en territorio sirio. Mientras la desconfianza domina las relaciones de la comunidad internacional, Siria se desangra lentamente.
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