Sonrisa para la foto
Enero en Buenos Aires es como veranear en una sopa pero, pese al calor, allí también hay enemigos de la ojota, por suerte estos tienen quien le saque lustre a la elegancia
El sol pega desde Callao como un flash gigante que saca fotos desde arriba a cada uno de los valientes que pisan las veredas de Buenos Aires en enero.
La suelas de goma se van desvaneciendo sobre el pavimento y el olor a garrapiñada deja de ser tentador cuando el cuerpo sólo pide agua. La falta de las fresias, que perfumaban Santa Fe en primavera, parece poner en los rostros un dejo de nostalgia.
Lustrar zapatos en enero no parece ser la pegada del verano, pero J.J. tiene sus clientes fijos, enemigos de la ojota. Los que lo mantienen en su esquina desde las ocho de la mañana hasta las siete de la tarde, aunque estén de moda las zapatillas o el servicio meteorológico pronostique oleadas de calor.
La pomada por alcanzar punto de ebullición ya encontró otro zapato conservador, vuelve la magia, sin fresias, con astromelias que no logran reemplazarlas. J.J. le devuelve la sonrisa a los flashes que rebotan contra su nueva obra de arte y sus manos van y vienen como los taxis vacíos del verano en Buenos Aires.
Las ojotas pasan mientras se derriten con envidia.