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“¡Guau! Nunca tuve tanta foto en toda mi vida”, comentó Constanza Moreira antes de introducir el voto en la rendija de la urna. Los flashes la bombardeaban y ella estaba radiante. Afuera, le dijo a la prensa que la presidenta del Frente Amplio, Mónica Xavier, definiría si habría “saludo conjunto” con Tabaré Vázquez esa noche. Sus críticas al expresidente habían generado molestias en el FA. Incluso, Xavier dijo que ella cometió “excesos”.

Dos horas después de votar, a media tarde, Moreira llegó a su sede central, la Casa Grande, donde recibió una noticia que le oscureció la cara. “El mensaje lo dará el ganador”, dijo Xavier, descartando así el “saludo conjunto”. Moreira cambió entonces sonrisa por gesto amargo y se recluyó en una precaria habitación de su comando, un búnker con pared inconclusa y parches de madera compensada.

Salió antes de la tardecita para recorrer comités de grupos que la apoyaron y regresó para escuchar los anuncios periodísticos sobre la proyección de votos. Apenas llegaron, abandonó el búnker entre aplausos y abrazos y recuperó la risa. “Uno de cada cinco frenteamplistas nos votó”, dijo en conferencia de prensa e invitó a sus militantes a caminar hasta La huella de Seregni, para encontrarse con Xavier y Vázquez.

Fueron tres cuadras de cánticos y alborozo, de festejos, hasta que dobló por Germán Barbato y sintió el desplante. Vázquez había comenzado su discurso, retransmitido en pantalla gigante, sin esperarla.

En La huella, Moreira subió las escaleras y se cruzó de brazos detrás de una mampara, entre penumbras, mientras, del otro lado, los focos apuntaban al ganador. Vázquez terminó su discurso, sin mencionarla. Xavier acompañó a Moreira hasta su encuentro y, finalmente, los precandidatos se abrazaron. “Te felicito por lo que has hecho”, le dijo Vázquez. Otra vez, relampagueaban los flashes.
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