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Si China no impone de manera más efectiva su influencia sobre Corea del Norte, las bravuconadas del dictador Kim Jong-un, luego de su primer lanzamiento de un misil intercontinental, amenazan desatar una guerra nuclear con Estados Unidos que involucraría también a Japón y Corea del Sur. Las muchas sanciones económicas impuestas por Naciones Unidas y varias potencias no tienen efecto alguno sobre un régimen aislado y que no depende de los intercambios internacionales. La situación es diferente con China, su sostén militar y económico desde la guerra coreana hace más de 60 años. Es el único comprador del carbón y otros productos norcoreanos de exportación y proveedor comercial de un país que dedica la mayor parte de sus recursos a su estructura militar, a expensas de la miseria y las hambrunas que sufre su pueblo.

El presidente Donald Trump ha fracasado hasta ahora en sus intentos de persuadir a China de apretarle las clavijas a Jong-un. Al conocerse el lanzamiento el martes de un misil capaz de alcanzar el territorio continental de Estados Unidos, el gobierno de Pekín, junto con el de Rusia, se limitó a emitir un llamado a la paz. El comunicado, que siguió a una reunión de los presidentes Xi Jiping y Vladímir Putin en Moscú, solo pidió a Corea del Norte una moratoria o suspensión temporal de sus pruebas con misiles y ojivas nucleares y a Estados Unidos que cese en sus despliegues militares en el área. Con más esperanza improbable que realismo instó a los dos países a “renunciar a los actos provocadores y a la retórica guerrera” y a que se reúnan para negociar “la prohibición del uso de la fuerza, el rechazo a la agresión y la coexistencia pacífica”.

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Pero nada mejorará si las presiones de China, con respaldo ruso, no van más allá de un llamado a la paz. Sería ingenuo esperar que el agresivo monarca hereditario norcoreano ceda ante un tibio tirón de orejas. Al contrario, alardeó que el último lanzamiento fue “un regalo para los bastardos estadounidenses”, en tanto su agencia oficial de noticias dijo que el proyectil intercontinental puede descargar “una cabeza nuclear grande y pesada” en cualquier parte del mundo. Y mientras Corea del Norte mantenga sus desplantes bélicos, Trump no reducirá el músculo militar que ha acrecentado en la región. Estados Unidos y Corea del Sur ya respondieron con maniobras militares al lanzamiento del misil norcoreano.

Trump convocó a China a hacer “un gesto fuerte” sobre Corea del Norte. Pero Pekín se ha cuidado hasta ahora de una intervención decisiva en su indeseable aliado y protegido, en parte porque la supervivencia belicosa del régimen de Pyongyang actúa como contrapeso a la influencia de Estados Unidos en Lejano Oriente, vieja meta de la política exterior china. El programa misilístico y nuclear norcoreano ha dejado de ser un mero intento de amedrentar a Corea del Sur y ayudar a China a mantener a raya la incidencia de Estados Unidos en la región, ya que la escalada en marcha agrava la crisis. Con la impredecible dictadura militarista norcoreana disponiendo de un misil con un alcance de hasta 6.700 kilómetros, armado con una cabeza nuclear, y el impulsivo Trump reaccionando con aprestos guerreros crece la posibilidad de una confrontación armada. Está en manos del gobierno chino desactivar este peligro antes de que sea demasiado tarde.

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