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"Mastiquen”, repite una y otra vez Gabriel Calderón a través de su obra Algo de Ricardo, inspirada en Ricardo III de William Shakespeare. El unipersonal protagonizado por Gustavo Saffores y con dirección de Mariana Percovich, que se estrenó el miércoles en La Gringa, es, a la manera de Tebas Land de Sergio Blanco (también interpretada por Saffores), un trabajo que se plantea como un juego de muñecas rusas.

Pero mientras la obra de Blanco reflexionaba sobre el parricidio y el proceso creativo, Calderón parte de Ricardo III para dispararse hacia aristas como el trabajo actoral, la persistencia de lo clásico en los tiempos actuales, el acercamiento del público y los vicios del teatro, entre otros temas.

Hay mucho en juego y mucho para “masticar” en la verborragia de la obra, que transita con una fluidez asombrosa sobre las distintas capas de lo narrado, y articula el texto shakesperiano con la representación de un actor que encarna el personaje y que, emulándolo, se va enroscando en su sed de poder.

En el camino, Calderón se despacha contra la dificultad de leer en verso en los tiempos actuales, el hedonismo interpretativo, la juventud en la era de internet, el machismo, el feminismo, los críticos “miopes” y la pereza intelectual de los directores que prefieren clásicos fosilizados que aplicarles una mirada actual. Incluso cuestiona la calidad artística de algunos actores de los elencos estables (su último trabajo, La mitad de Dios, lo hizo con la Comedia Nacional) y juguetea con el público. “¡Mi reino por un espectador inteligente!”, grita Saffores. La frase causa gracia, pero ¿la palabra inteligente podría ser reemplazada por complaciente?

Impecable es el trabajo de Saffores, ese actor-encarnación de los proyectos del Grupo Complot, quien se mueve como un pez en el agua entre la diversidad de planos y la intelectualidad exasperada. Lo mismo encarna a Ricardo III como al actor petulante que lo interpreta, a la vez que se pone en la piel de unos cuantos personajes femeninos de la obra del dramaturgo inglés (notable el foco puesto en las mujeres del universo shakesperiano) e incluso hace de sí mismo.

Impecable también es la puesta en escena, que aprovecha las posibilidades de la sala de La Gringa.
La combinación de los audiovisuales de Miguel Grompone, el diseño de vestuario, espacio y luces de Gerardo Egea y la música, a cargo de Percovich y Sylvia Meyer, es notable y es parte fundamental del espectáculo.

No obstante, de manera semejante aunque más sutil a la metodología usada en La mitad de Dios, que centraba su crítica en la religión de forma dogmática (por paradójico que suene), Calderón apela a un teatro que baja línea y que no tiene tapujos en hacerlo. Y aunque este unipersonal se sostiene casi sin baches en los 80 minutos de representación, se extraña una conmoción que surja desde un lugar distinto al mero masticar.
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