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Por Sebastián Smith, AFP

Michel Temer fue acusado de casi todo: desde planear un golpe de Estado hasta recibir millones de dólares en sobornos, pero nada parece poder sacar al presidente de Brasil del cargo que ocupa inesperadamente desde el año pasado.

Último superviviente de una de las legislaturas más convulsas y llenas de escándalos del gigante regional, el mandatario superó con facilidad este miércoles una votación en el Congreso que podría haberle llevado a juicio por corrupción en la corte suprema.

No es la primera vez, sin embargo, que el líder de 76 años del PMDB (centroderecha) se salva sobre la hora.

Pese a contar con una escasa popularidad del 5%, este veterano estratega es un profesional en crear alianzas y sobrevivir en los envenenados pasillos de Brasilia, desde donde emergió hace un año para desbancar a su compañera de fórmula, la presidenta de izquierda Dilma Rousseff.

Discreto organizador entre bastidores, el mandatario conservador supo abandonar a tiempo el barco de la entonces presidenta, de quien ya se había desmarcado meses antes reprochándole que le tratara como un "vicepresidente decorativo". Él quería más.

Apoyado en sus reformas neoliberales, Temer se ganó la confianza de los mercados, vistos por algunos como el verdadero poder tras la mayor economía regional.

Pero nada salió como lo calculó y desde entonces estuvo en lucha constante por su supervivencia.

Este hijo de inmigrantes libaneses con vocación de escritor se había salvado por poco en junio, cuando los jueces del Tribunal Superior Electoral (TSE) mantuvieron su mandato por una ajustada mayoría (de 4 a 3) ante las sospechas de financiación ilegal de su campaña con Rousseff en 2014.

La presentación, tres semanas después, de la denuncia por corrupción del fiscal general Rodrigo Janot parecía casi insuperable.

Poco antes, el poderoso grupo de medios Globo le había dado la espalda, pidiendo su salida y publicando filtraciones que abrieron el camino a las acusaciones del Ministerio Público.
Sus rivales políticos advertían ya la venganza perfecta.

Después de todo, solo había pasado un año desde que Rousseff fue destituida en un proceso que calificó de golpe, una responsabilidad que adjudicó a Temer.

En 2010, este veterano político había unido a su PMDB con el Partido de los Trabajadores de Rousseff en una extraña coalición, que acabaría con sus aliados maniobrando para destituir a la mandataria, acusada de maquillar las cuentas públicas. Temer asumió de forma automática.

Temer parecía ahora cerca de sufrir una suerte similar. Los indicios, incluyendo una filmación en la que se veía a uno de sus asesores cargando una maleta de dinero, no podían ignorarse.

Pero antes del voto en Diputados, Temer echó mano a su profundo conocimiento de la casa (fue presidente de la rama baja tres veces) para aplacar disidencias, liberando fondos para proyectos e intensificando contactos con legisladores para asegurar el resultado, según reportó la prensa local.

Contra todo pronóstico, su frágil coalición se mantuvo unida para evitar que la débil economía de Brasil no soportara un segundo cambio presidencial en 12 meses.

De semblante glacial y distante, a Temer nunca le gustó la política de proximidad ni tuvo pretensiones de contar con el apoyo popular. Aunque su faceta privada se hizo más conocida al alcanzar el poder.

Fue presidente del PMDB durante 15 años, pero para muchos resulta más interesante saber que comparte su vida con su tercera esposa, Marcela Tedeschi, una exreina de belleza cuatro décadas menor.

Temer es también un apasionado de la poesía, con una obra publicada, aunque sus versos se han convertido en motivo de broma en las redes sociales.

Al llegar al poder el año pasado afirmó que su propósito sería implementar duras reformas de austeridad económica, y que no le importaba ser impopular por eso.

Con escasas apariciones públicas, generó polémica al elegir un gabinete que se parecía mucho a sí mismo: una colección de hombres blancos, adinerados y de edad avanzada. Ocho de sus ministros son investigados por corrupción.

Esa estrategia funcionó con la comunidad económica de Brasil y la mayoría del Congreso, que piensa que su austeridad ayudará a superar más de una década de gobiernos del PT para dejar atrás los dos años de recesión.

Pero entre los brasileños comunes, Temer tiene peores índices de aprobación que los de Rousseff.

Sus apariciones en televisión son acompañadas de cacerolazos en barrios de Río o San Pablo, e incluso recibió una fuerte silbatina hace un año durante la inauguración de los Juegos Olímpicos en el mítico Maracaná.
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