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Entender cómo a partir de su trayectoria las empresas logran su propio sistema de valores, desarrollan su cultura organizacional y cómo su historia tiene una íntima relación con la propia historia del país, fue lo que motivó al licenciado en Comunicación Social, Alexis Jano, a escribir Herencia de Emprendedores, que fue publicado en conjunto con la consultora Deloitte.

Para Jano que el proceso de realización de “Historias de Emprendedores” fue un punto de partida interesante para pensar entre otras cosas, el rol de los inmigrantes en la construcción del empresariado uruguayo.

El consultor entiende que son temáticas de interés profesional que le han aportado mucho para comprender procesos y desarrollos empresariales de los más variados rubros. “Empresas que, en algunos casos, cuentan con más de 150 años de trayectoria dicen mucho de cómo han logrado reposicionarse en el tiempo”, señaló.

Para Jano, se trata de empresas que partieron de una buena idea y de mucho coraje, y constituyen verdaderos ejemplos. “El es posible” está presente en cada testimonio y se basa en estrategias claras, en objetivos que se cumplieron y en miradas prospectivas fundamentadas”, apuntó.

El libro se realizó en dos etapas: la primera comenzó en el 2010 y fue de “planificación” en donde se pensó de forma detenida las empresas que se tomarían en cuenta para este primer trabajo. El autor sostuvo que toda selección tiene un grado de subjetividad, pero que se trató de elegir empresas de prestigio –muchas del siglo XIX, otras de mediados del siglo XX– que tuvieran una trayectoria, una historia de familia que contar. Por razones de espacio, solo se pudo contemplar a 15. “La Cámara de Comercio y de Industria, nos facilitaron listados de sus socios para que pudiéramos seleccionarlas. También tuvimos apoyo de la Comisión del Bicentenario”, afirmó.

El licenciado aseguró que el acceso a las empresas fue “fluido desde un primer momento”.

Actualmente Jano se desempeña como docente en seminarios de grado en la Universidad Católica del Uruguay, fue profesor de la Universidad de Montevideo en la Licenciatura en Comunicación, es publicista y consultor. En los inicios de los 80 ejerció como periodista en los semanarios Convicción y La Voz de la Mayoría.

En 1991 publicó Historias de publicidad, con entrevistas a pioneros sobre distintos aspectos del surgimiento de la profesión en el país.

En 2010 publicó Publicistas. Historias & Memorias, donde entrevista a diferentes protagonistas del mundo de la publicidad.

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Carrau & Cia: familia de navegantes por convicción

Audacia. Un almacén que rumbeó por el mejor camino

La reconocida empresa uruguaya que importa, elabora y distribuye productos como la yerba Sara, vinos, aceite para vehículos, jabón, entre otros, remonta su historia a 1843 con un humilde almacén ubicado en 18 de Julio y Paraguay, llamado El Navío.

El libro de Jano recuerda que Carrau & Cia. se fundó con el arribo de Juan Carrau y Ferrés, un navegante de 19 años que, debido a una pelea con el contramaestre del barco en el que viajaba se bajó en el puerto de Montevideo y culminó su travesía en Uruguay. Descendió del barco con “una mano atrás y otra adelante”. Así lo relata en la obra el actual presidente del directorio de la empresa, Ernesto Carrau (51).

En sus memorias, Juan Carrau cuenta que “dormían en el altillo; la escalera era hecha con cajones de jabones, uno arriba del otro, y subían a dormir en un colchón. Vendían jabones a las lavanderas que realizaban sus tareas sobre el arroyo que corría detrás del negocio, y vino a los militares”.

Se trataba de una familia de navegantes, tanto el padre de Juan como sus hermanos poseían naves y varias veces viajaron a Montevideo. Fue en uno de esos viajes que, llamados por Juan, arribaron a Montevideo su hermano Pablo y su primo Pedro, a bordo de su nave “La amable Rosa”.

“Provenientes de Cataluña le imprimirían rápidamente al almacén – en donde vendían vino, buena yerba, aceite y jabón – su propia energía y capacidad, que por aquel entonces rezaba el lema “Honradez y probidad””, afirma Jano.

El autor del libro señala que con más de 165 años, “la historia de la familia Carrau en Uruguay se ha convertido en una de las más trascendentes e influyentes. Sus integrantes fundaron una de las compañías privadas más antiguas del país, siempre trabajando con el mismo nombre”. Jano destaca que en 168 años, una característica de la empresa es que nunca dejó de pagar sus deudas, hasta en los peores momentos.

“Nosotros nos hemos pasado la vida buscando cuál es el negocio, de alguna manera relanzándolo, y reemprendiéndolo. Me interesa destacar en ese sentido, que cuando falleció mi padre, en el 2003, yo ya tenía en la cabeza que había que reestructurar el negocio”, cuenta Ernesto Carrau.

Air Wick, Vanish, Español, Woolite, Procenex, y Harpic son algunas de las marcas importadas y distribuidas actualmente por Carrau & Cia.

Los inicios de un presidente

Sr. Gerente de Carrau y Cía.Presente: De mi mayor consideración:Por la presente me dirijo a usted para solicitarle me tenga en cuenta en mis deseos de obtener un empleo en la Cia, en la que usted desempeña tan hermoso cargo. Seguidamente le detallo los estudios cursados, conocimientos y referencias.

Estudios liceales completos, cursados en el Liceo Nº 11 del Cerro, 2º año de Preparatorios para Medicina, cursados en el I.A.V.A. Estudios particulares de inglés, dactilografía y contabilidad, en el Instituto Club Ancap".


Lo anterior es parte de la carta escrita por el ex presidente Tabaré Vázquez (que puede leerse completa en www.elobservador.com.uy), en 1959, a sus 19 años, en la que solicita trabajo como cadete en Carrau & Cia.

Vázquez fue contratado en el área de facturación y trabajó en la empresa durante 11 años. El texto de Jano cuenta que uno de los directores le hacía bromas porque en el cajón siempre tenía un libro para estudiar medicina cuando el trabajo se lo permitía.

A medida que avanzó en la carrera universitaria, el ex presidente pidió para trabajar medio horario y fue allí cuando lo trasladaron a la licorería Chatillon –otro de los negocios de los Carrau–, donde elaboró fórmulas para los licores Cazanove y cumplía el rol de encargado del laboratorio.

Al recibirse como médico y con “unos pesos” que se le dio al retirarse, pudo comprarse una camioneta y hacía reparto de whisky.

Ya como intendente de Montevideo, Vázquez visitó la empresa para saludar y reencontrarse con viejos compañeros.

“Cuando fue electo presidente vino, pero no avisó. Vino, entró por la puerta de empleados y saludó a todos. Ya era el presidente de la República, no había asumido pero era electo. La gente no lo podía creer. Fue muy emotivo”, afirma Ernesto Carrau.

El obsequio que le otorgó la empresa al entonces presidente, fue su carné de salud de cuando comenzó en Carrau & Cia.

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De un “cochero” a una reconocida funeraria

Recuerdos. De Batlle y Ordoñez a la toma de Pando

Era el invierno de 1979. (…) Había fallecido la poetisa Juana de Ibarbourou y Martinelli estuvo a cargo de su funeral. En 1969 los tupamaros planificaron la toma de Pando a partir de un cortejo fúnebre que no tenía difunto, para ello eligieron a Martinelli para realizar el operativo”, así comienza la presentación de la historia de la tradicional funeraria que se inició en 1882.

Los Martinelli primero se desempeñaron como “cocheros” de presidentes, luego instalaron su servicio fúnebre, y más tarde fueron impulsores de un modelo previsional totalmente innovador. Recientemente, con la creación de un cementerio privado, la empresa ha mantenido el respeto y la confianza como una constante.

Alexis Jano entrevistó a los hermanos María de los Ángeles, Ana Cecilia y Rogelio Martinelli Pekmezian, quienes fueron reconstruyendo la historia de la empresa familiar y que - como no podía ser de otra manera - mantuvieron el respeto y el cuidado de sus palabras.

Contaron que la familia proviene de Italia y que en 1800 vino a Sudamérica su bisabuelo Ángel Martinelli Bernasconi,que recaló finalmente en Uruguay.

“Había sido cochero de presidentes en la Casa Rosada. Vino solo con un baúl y las manos para trabajar, como lo hicieron todos los inmigrantes, con la idea de “hacer América del Sur” o, más realistamente, buscar oportunidades que su Italia natal en ese momento no le proporcionaba”, afirman los hermanos. Martinelli se había casado con una uruguaya de Paysandú y venía a visitarla desde Buenos Aires, hasta que se afincó en Paysandú. El haber trabajado para la Casa Rosada le permitió llegar a ser el cochero de Máximo Santos, Máximo Tajes, Julio Herrera y Obes , Juan Idiarte Borda, Juan Lindolfo Cuestas y José Batlle y Ordóñez, en Uruguay.

El libro narra que se trataba de “ un tano de grandes mostachos al que llamaban don Angiulín. Era un hombre muy apreciado, discreto, confiable, fiel, y con mucha reputación”. Llegó a tener su propia empresa de carruajes en Yaguarón y San José, donde además de mantener los carruajes, cuidaba a los animales y les brindaba un ambiente adecuado.

En 1904 la empresa se traslada a la calle Canelones 1468, donde hoy se encuentra el Colegio Seminario. En 1928 se inauguró la actividad de pompas fúnebres, que hizo reconocida a la empresa.

Víctimas de un engaño

Según se explica en el libro, en 1969 dos personas llegaron a la empresa a solicitar el servicio fúnebre para unos restos que llegarían desde Argentina. Los traían algunos familiares e iban a ser enterrados en el cementerio de Soca. Pidieron la famosa carroza “Pontiac Catalina” - uno de los vehículos más potentes de la firma–.

El 8 de octubre salieron con ella tres o cuatro coches de acompañantes llevando a los supuestos familiares del difunto. Al llegar cerca de Pando los “clientes” secuestraron los coches, introdujeron a los choferes dentro de una camioneta y tomaron la carroza. “Esa fue la forma que eligieron los tupamaros para ingresar a la ciudad de Pando sin levantar sospechas”, afirma el autor, quien entrevista a uno de los ideólogos de en uno de los hechos que revolucionó la historia uruguaya, Mauricio Rosencof.

El dirigente del Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros) –en aquella época dramaturgo y novelista–, cuenta la estrategia que utilizaron para concretar el hecho, y entre otras cosas, afirma que el difunto no era real, que “buscaron un nombre que se repitiera mucho (en la zona) y encontraron el apellido Burgueño, el que supuestamente estaban repatriando de la Argentina”. Por “mera coincidencia”, según Rosencof, en el operativo murió un civil apellidado también Burgueño.

Los tupamaros simularon que el destino sería Soca para así poder llegar hasta Pando y producir el “viraje”. Según Rosencof todo había sido previsto para que saliera bien: las personas que habían ido a la funeraria en un comienzo habían sido contratadas por los propios tupamaros e incluso se habían enviado coronas de flores a nombre del difunto. “El alias del Pepe era Facundo o Ulpiano. La columna 10 iba a tomar la central telefónica para evitar un llamado que alarmara a Montevideo. Con el Pepe vimos que había un lugar vulnerable: el patrullero que estaba a la entrada del pueblo, porque había radio”, explica Rosencof.

Los tupamaros se tirotearon con la policía y los vehículos fueron acribillados a balazos. Uno de los tupamaros decidió regresar con la carroza fúnebre. “Fue el hijo de puta de Amodio Pérez (...) Volvió a Montevideo, resolvió la suya”, recuerda Rosencof.

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La caravana que mantuvo la esperanza de una firma

Freccero. Testigos con el código de “ver, oír y callar”

El 30 de diciembre de 1989 se produjo la sustracción de U$S 500.000, la caja de seguridad estaba abierta como una “lata de sardinas”, las rejas y alarmas destruidas e inutilizables: el robo del local de Punta del Este de la joyería Freccero había sido espectacular. Sin embargo, el espíritu emprendedor de sus directivos seguía intacto.

Jorge Freccero encontró una caravana en el suelo y decidió prender las luces de la vitrina y colocar la solitaria joya.
“Una vidriera Freccero no puede estar nunca sin joyas”, argumentó uno de los hijos de Francisco J. Freccero, un inmigrante que empezó a trabajar en el rubro a los 13 años.

Según cuenta “Herencia de Emprendedores”, los Freccero son testigos y partícipes de algunos de los momentos más gratos de la vida de cientos de familias uruguayas durante más de 150 años.

Para esta ocasión, Alexis Jano entrevistó a Jorge Freccero Marroig y a sus hijos Jorge y Enrique Freccero Tailce., quienes mencionaron que la familia Freccero es de origen italiana y que el primer local se inauguró en 1868 en la esquina de Rincón e Ituzaingó. Más tarde, la joyería se mudó a 25 de Mayo 563.

Cuestión de códigos

Jorge Freccero cuenta que la joyería siempre se manejó dentro de un código: “ver, oír, y callar”.

“Las anécdotas, si quedan, quedan acá, detrás del mostrador, y les aseguro que hay muchas, pero el cliente Freccero sabe que nos manejamos con una absoluta confidencialidad”, apuntó. Sin embargo, Freccero entiende que “el tiempo pasa y que algunos hechos se pueden “desclasificar”: “Una noche de Navidad estábamos por cenar, cuando un importante cliente recordó que no tenía un regalo para su señora . Entonces, el presidente de la empresa dejó a su familia, fue a la joyería y seleccionó algunas alhajas para que el cliente eligiera. Antes de las doce estábamos de vuelta en casa con una muy buena venta de Navidad”, recuerda Freccero.

Otras de las anécdotas que se narra ocurrió en plena segunda Guerra Mundial: “Un fabricante no podía entregarnos sus productos porque su fábrica estaba dedicada a otras actividades como resultado del conflicto bélico. En vez de platería contemporánea nos mandaban cajones muy grandes, que no pasaban por la puerta del local.

Era platería inglesa, pero antigua. Cajones de madera que por fuera decían: “Inglaterra Cumple”. Freccero sostiene que esa era una forma de dar satisfacción a sus obligaciones comerciales durante ese período, pero que lo curioso es que, si bien era platería antigua y estaba en muy buenas condiciones, no brillaba como tal. Y la gente prefería la que era más brillante y nueva porque lucía mejor. “Costó incorporar esa antigüedad en la mentalidad del comprador, aunque resultaba claro que tenía un valor mucho más importante”, destaca.

El libro también menciona cómo se logró conservar aquellas piezas históricas, que a veces datan de 1780, y destaca el acompañamiento de la joyería a la institución matrimonial.“(Mi padre) Jorge siempre dice, e incluso a nosotros: “si quieren yo les vendo las alianzas, pero no puedo aconsejarle a nadie que se case”, señaló uno de los Freccero, quién también entiende que los hábitos de compra fueron variando con el tiempo.

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