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De Estados Unidos a Uruguay: “Quería algo completamente nuevo”
Al principio, Rosa pensó en viajar a Estados Unidos o Inglaterra. El idioma le daba cierta tranquilidad: solo hablaba alemán e inglés y le asustaba la idea de no poder comunicarse, pero algo no terminaba de convencerla.
“Estados Unidos era algo que ya conocía por las películas, la música o las redes sociales”, explicó. Ella quería una experiencia distinta, algo desconocido, entonces empezó a pensar en América Latina.
La conversación decisiva fue con su padre, que años atrás había trabajado durante un tiempo en Argentina y había visitado Uruguay. “Me habló de Montevideo, de la gente, del chivito”, recordó entre risas. También le transmitió tranquilidad: “Me dijo que Uruguay era un país seguro”.
Eso terminó inclinando la balanza. “No sabía casi nada sobre Uruguay. Y bueno, yo quería algo nuevo y realmente lo encontré”.
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Al principio, el español era agotador. Aunque conocía algunas palabras básicas, pasar de escuchar alemán todo el día a vivir entre clases, conversaciones y reuniones familiares en otro idioma le demandaba una energía enorme.
“Cuando salía del liceo, a veces decía: ‘Estoy muy cansada’ y ahí mi padre cambiaba al inglés”, cuenta.
Ese acompañamiento fue clave para atravesar los primeros meses. Hoy, en cambio, habla desde otro lugar: “Ya me siento realmente parte de ellos”.
Y cada vez que piensa en el regreso, aparece la emoción. “Yo sé que voy a llorar un montón”, reconoce.
“Acá tengo cuatro hermanas y un montón de tíos”
Cuando llegó a Rivera, el miedo inicial duró poco. Rosa dice que tuvo “muchísima suerte” con la familia anfitriona que la recibió. En Alemania, cuenta, su núcleo familiar es reducido: sus padres y una hermana. En Uruguay se encontró con otra realidad.
“Acá tengo cuatro hermanas, muchos tíos que nos visitan seguido y una madre genial”, relata. Sus padres anfitriones también habían sido estudiantes de intercambio años atrás —ella en Dinamarca y él en Estados Unidos— y eso, asegura, hizo toda la diferencia. Entendían exactamente lo que le estaba pasando.
La familia anfitriona de Rosa está integrada por Carla y Marcos, un matrimonio que conoce muy bien el mundo de los intercambios estudiantiles porque ambos vivieron esa experiencia en su juventud. Marcos viajó a Estados Unidos entre 1989 y 1990 a través de YFU, mientras que Carla pasó 11 meses en Dinamarca entre 1992 y 1993.
“Siempre fue un tema familiar el intercambio”, contó Carla a El Observador. La experiencia volvió a instalarse en la casa cuando una de sus hijas decidió irse de intercambio a Dinamarca el año pasado. Fue en ese proceso cuando surgió la posibilidad de recibir a un estudiante extranjero en Rivera.
“Nos mandaron un video de Rosa y nos encantó. Dijimos: ‘¿Por qué no?’”, recuerda.
Rosa llegó a Uruguay en agosto de 2025 y se quedará hasta el 2 de julio de este año. Vive con Carla, Marcos y dos de sus hijas —otra está de intercambio y la mayor estudia en Montevideo—. La adaptación, aseguran, fue mucho más sencilla de lo que imaginaban.
“Fue como si no hubiera cambiado nada en casa, algo totalmente natural”, dice Marcos.
Al principio, la comunicación era principalmente en inglés. Rosa sabía algunas palabras en español, pero rápidamente empezó a soltarse. “Ella es súper curiosa y nos sorprendió la velocidad con la que aprendió el idioma”, agrega.
El cambio fue tan natural que un día Marcos se dio cuenta de algo inesperado: "¿Vos te das cuenta de que hace días que no te hablo en inglés?’”.
A los cuatro meses, Rosa ya entendía perfectamente las conversaciones familiares y podía comunicarse en español sin grandes dificultades.
La integración también pasó por las costumbres uruguayas. Rosa aprendió a tomar mate —ya tiene el suyo y una bombilla que le regalaron— y desarrolló una obsesión particular por el dulce de leche.
“Se lo pone a todo: al yogur, a la manzana… hace combinaciones raras”, cuenta Marcos entre risas. Ahora, dice, ya está pensando cómo hacer para llevar dulce de leche a Alemania y que su familia pueda probarlo.
Para Carla y Marcos, la experiencia terminó siendo mucho más que recibir a una estudiante extranjera durante algunos meses. “Nosotros hemos aprendido mucho sobre cómo es la vida en Alemania. Hablamos muchísimo con Rosa sobre el liceo, la universidad, su familia, su hermana. Es un intercambio cultural de ida y vuelta”, resume la pareja.
Un programa que nació después de la guerra y hoy conecta familias
La historia de Rosa es una de las tantas que forman parte de Youth For Understanding (YFU), una organización internacional sin fines de lucro nacida después de la Segunda Guerra Mundial con el objetivo de promover la paz a través del intercambio cultural entre jóvenes.
En agosto, Uruguay volverá a recibir a 36 estudiantes de entre 15 y 17 años provenientes de países como Alemania, Finlandia, Dinamarca, Francia, Estonia, Letonia, Suiza, República Checa y Estados Unidos.
Durante entre seis y once meses, los adolescentes vivirán con familias uruguayas, asistirán al liceo y aprenderán español mientras se integran a la vida cotidiana del país.
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Según explicaron desde YFU Uruguay a El Observador, las familias anfitrionas no necesitan cumplir con un perfil específico. Pueden tener hijos o no, ser numerosas o monoparentales. El objetivo es abrir el hogar y compartir la experiencia cultural.
Actualmente, entre 2.000 y 2.500 jóvenes participan cada año en el programa a nivel mundial. Uruguay sigue siendo uno de los destinos más elegidos por su tranquilidad, sus niveles de seguridad y la posibilidad de aprender español en un entorno cercano y accesible.
Para Rosa, sin embargo, la experiencia terminó siendo mucho más que aprender un idioma o conocer otro país. Lo "novedoso" que quería encontrar lo halló a más de 10 mil kilómetros de Weinheim, en una casa de Rivera, donde ahora siente que también tiene un lugar del que le costará despedirse.