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El pianista y compositor Osvaldo Pugliese fue convertido, después de su muerte en 1995, en el principal talismán de artistas y faranduleros de la Argentina. Su foto es lugar común en los camarines y, para atraer a la buena suerte, se convoca su nombre antes de subir a los escenarios. Por lo menos eso sucedía hasta el tsunami que arrasó buena parte de la costa de Japón. Porque, justo ese día y en ese momento, en un teatro nipón se llevaba a cabo un homenaje a Pugliese largamente postergado. La viuda del compositor y los demás participantes del evento –el maestro había hecho capote en Japón con sus interpretaciones- tuvieron que salir corriendo a refugiarse en sus hoteles. “Es Osvaldo que está enojado. Hoy se cumplían 49 años de la primera vez que Osvaldo vino a Japón y se merecía este homenaje”, declaró al diario Clarin Lidia, la viuda del compositor. El hecho viene a cuento ya que el enojo de Pugliese no deja de ser una mas de las tantas teorías que por estos días buscaron explicar la catástrofe en las costas del Pacífico. Como ya es de uso, organizaciones ecologistas predicaron que el planeta Tierra, como cuerpo vivo que es, eligió quejarse ante las contaminaciones varias que padece cada día. Otros apuntaron a las potencias mundiales acusándolas de realizar experimentos secretos que siempre acaban mal. En Internet colgaron otra teoría maravillosa: las ballenas del Pacífico, todas a un tiempo y hartas de los arponeros, comenzaron a menearse hasta propiciar la ola gigante.

Lo que parece suceder es que el ser humano se resiste a reconocer que no puede manejar los imprevistos. Una enfermedad, una bala perdida o el deslizamiento de una placa tectónica. Entonces, resulta mejor echarle la culpa a personas y a decisiones más asibles que reconocer la existencia de hechos contra los que de nada vale rebelarse.

Entonces, si se trata de elegir, quizá convenga creer que sí, que en realidad fue el bueno de Pugliese quien, allá arriba, se enojó vaya uno a saber por qué y decidió barrer con la costa japonesa.

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