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En el cine existe un subgénero accidental que con el antetítulo de “La última película de...” ofrece un vistazo al trabajo de actores que murieron. El hombre más buscado fue promocionado como “el último gran papel” del fallecido actor Philip Seymour Hoffman y, aunque esta afirmación es acertada, no se puede presentar a la obra como una gran película.

Se trata del tercer largometraje dirigido por Anton Corbijn, un holandés que formó su carrera como director de videos musicales pero que en la última década ha probado suerte en la pantalla grande con filmes como Control (2007) y El ocaso de un asesino (2010), con George Clooney.

El hombre... está basada en una novela del autor John le Carré y así como la bibliografía del inglés, el filme se aleja de la ficción de espionaje rimbombante –popularizada por el James Bond de Ian Fleming– para presentar un thriller político que intenta reemplazar la acción y el espectáculo por la intriga y suspenso.

El filme comienza sin vueltas cuando un inmigrante ilegal rusochecheno, brutalmente torturado, aparece en la comunidad islámica de Hamburgo (Alemania) reclamando la fortuna de su padre. Dos organismos de seguridad e inteligencia, uno alemán y otro estadounidense, buscan establecer la verdadera identidad de este hombre para determinar si es una víctima oprimida o un peligroso extremista.

Allí es cuando entra en escena Hoffman. En el papel del espía alemán Günther Bachmann, el actor demuestra que era un experto en su oficio. Bachmann es un ser quebrado, antipático y hasta en un poco grotesco, un combo de características que Hoffman supo explotar de manera excelente en su carrera como actor.

Pero no es la buena labor de Hoffman y el resto del elenco –integrado por Rachel McAdams, Willem Dafoe, Robin Wright y el poco conocido Grigoriy Dobrygin como el hombre del título del filme– lo que hace que la película deje gusto a poco. Es verdad que el trabajo de cámara en mano de Corbijn es atractivo y logra adentrar al espectador de manera íntima en el relato, pero es su apuesta a una narración sosegada y más concentrada en la ambientación que hace que el filme se sienta como un trámite burocrático: lento y exasperante.

De todas formas, esto no quita que la película tenga sus logros y se reconozca que tomó riesgos. Sin duda uno de sus mayores éxitos sea la cautivante e infortunada escena final, que con una propuesta anti-Hollywood se encuentra entre las mejores del año y donde Hoffman realmente se luce hasta el último aliento, casi como un augurio accidental de lo que sucedería.

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