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Ya se respiraba el aire del triunfo, pero no había elementos objetivos aún. Hasta entonces era solo optimismo. En una pequeña sala, junto a su comando electoral, Luis Lacalle Pou esperaba los resultados preliminares frente a un televisor. Lo acompañaban los principales dirigentes de su sector, otros allegados, su esposa y sus tres hijos. Una a una fueron cayendo las buenas noticias. Lacalle Pou escuchaba la explosión de alegría de sus militantes pero promovía en aquella sala una “calma asesina”. “No festejen todavía”, advertía, según supo El Observador.

A las 21:15 horas recibió el llamado que esperaba: el de Jorge Larrañaga. Fueron solo tres minutos, dijeron de verse en el directorio. Entonces Lacalle Pou se quedó solo con su equipo más cercano y les agradeció la victoria.

“Se podrán imaginar cuántas noches soñé con subir la escalera del directorio del Partido Nacional”, confesó ya ante la prensa que lo esperaba hacía horas. Su esposa dio fe de eso con una mirada cómplice. De rebelde, atrevido y soñador, a candidato único de los blancos.

Hacía meses que sus “números” le venían avisando que ganaría, aun contra los pronósticos de las encuestadoras. Él siempre confió más en los votos que le prometían sus dirigentes a lo que recogían las empresas especializadas. Sin embargo, anoche, en la puerta del directorio del partido y ante cientos de militantes eufóricos, se cuestionó: “No es un sueño, ¿no?”.

Mañana maratónica

Por cábala o por tradición –él no lo tiene claro–, Lacalle Pou quiso repetir ayer la misma recorrida por localidades canarias que viene haciendo desde las elecciones de 1999. Empezó a las 8:00 en La Paz, siguió por Las Piedras, Progreso, Cerrillos, Aguas Corrientes y Santa Lucía, votó en Canelones, siguió por San Ramón y terminó en la ruta 65 comiendo pollo asado en la casa de unos amigos a las tres de la tarde.

Recorrió entre 15 y 20 comités, locales partidarios y circuitos electorales en unas pocas horas. Al principio iba a un ritmo de dos minutos por lugar, ganado por la “ansiedad” que él mismo confesaba. “¿A qué hora vota la gente, che?”, preguntaba a los militantes, que le recordaban que se había anunciado la votación menos participativa de la historia. Por aquellas horas se sentía “contento y tranquilo”. Ya sobre las primeras horas de la tarde admitía que estaba “re nervioso”, pero “rodeado de amigos”.

Horas después, parado sobre un escenario, agradecería a esos mismos amigos que lo vieron nacer en la política hace 16 años. “A esta hora, este militante debería estar en Las Piedras esperando a los delegados que se pasaron laburando”, alegó. Desde el auditorio se oyó un grito agudo que lo acompaña a todos los actos y que pertenece a una fiel militante canaria: “¡Vamos, Luis!”.

Las manos de Larrañaga

El triunfo lo sintió realmente cuando Larrañaga lo rodeó con sus brazos y sus manos firmes y él apoyó la cara sobre sus hombros, en el tan promocionado abrazo. “Mi reconocimiento, aprecio y afecto, que él sabe que lo tiene, para un gran blanco y luchador que es Jorge Larrañaga”, expresó Lacalle Pou en la puerta del directorio del partido.

No perdió ni un minuto en querer alinear tras de sí a los militantes de quien minutos atrás había sido su rival. Anunció, como ya lo ha hecho, que quiere gobernar para todos ellos y también pretende incluir a los que votan a otros partidos.

Una vez más, contó cómo se fue sumando a su candidatura gente de distintas raíces. Volvió a subir al escenario a sus hijos y a su esposa, como en el acto de lanzamiento. Tal como venía haciendo, dijo que su campaña fue “rara” y que se sentía bien elogiando en vez de criticando. Y más confiado que nunca en que haber transgredido los “manuales electorales” le funcionó, anunció que su campaña hacia octubre será “exactamente igual”.


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Decisión 2014

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