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Leí hace unos días un artículo de Carlos Rehermann titulado “Me implota un bledo el Cilindro”, publicado en la página web www.hencioclopedia.org.uy. La columna versa sobre varios aspectos referidos a la demolición del Cilindro Municipal, ocurrida hace unos 15 días, y además toca algunos aspectos laterales del asunto, como el lingüístico. Rehermann afirma que el uso del término “implosión” es incorrecto, y da en el clavo.

Pero más allá de este detalle, su texto es una de las pocas voces solitarias que (quizás junto a Gerardo Sotelo en una columna publicada en el diario El País) criticaron la demolición del emblemático edificio creado por la mente de Leonel Viera, autor además de obras memorables como el puente ondulado de La Barra de Maldonado y el puente de Georgetown sobre el Potomac, en Washington.

Uno de los puntos más interesantes de la argumentación de Rehermann es la reivindicación del Uruguay que permitió que en 1956 un tipo de 43 años y con una imaginación genial, que había estudiado ingeniería y cálculo pero que no había llegado a recibirse, comandara una idea tan original que 12 años después diera como resultado nada más y nada menos que el Madison Square Garden de Nueva York.

“Por primera vez en la historia de la humanidad, una cúpula a compresión como la del Panteón de Roma o la Santa María de las Flores de Florencia, pero del doble de diámetro, estaba patas arriba y no necesitaba contrafuertes ni grandes muros para sostenerla”, escribe Rehermann. Y estaba ahí nomás, en Villa Española, al alcance de la mano.

La idea de Viera tenía un solo punto débil. La estructura del techo flotante con una caída hacia el centro producía que allí se concentrara una gran cantidad de agua. Esa era la cuestión a solucionar y a mantener a raya.

Solo dos años después de la construcción del Cilindro, el propio Viera analizó la estructura del techo y constató que el agua acumulada estaba corroyendo los hierros. Ignoro si desde entonces se tomó alguna medida preventiva.

Desde entonces, el “recinto multiuso” fue escenario de múltiples jornadas deportivas (de básquetbol, sobre todo), de almacén de urnas electorales, de cárcel de presos políticos y de shows musicales para el más absoluto recuerdo. Los más famosos fueron los de Van Halen en 1983, UB40 en 1989, Bob Dylan en 1991 y Eric Clapton en 2001. Quizás algún memorioso también recuerde que un 18 de noviembre de 1978 tocó allí Billy Preston, tecladista de Los Beatles, quien en el bis hizo delirar a los presentes con Let it be, culminando con… ¡La cumparsita!

Con o sin controles municipales (entidad de quien dependía) a finales octubre de 2010 sufrió el derrumbe de la estructura del techo. Nadie se hizo demasiado responsable del asunto, y apenas hubo voces tímidas que pretendieron un arreglo del edificio como forma de homenaje a Viera. El tiempo pasó y todo quedó en un limbo. Luego vino la idea de demolerlo.

Y entonces ninguna voz de la oposición salió a criticar la demolición desde el punto de vista patrimonial y arquitectónico, ni tan siquiera político. Después de todo, Leonel Viera fue dirigente del Partido Nacional y candidato a intendente de Montevideo en 1971 por la fórmula Wilson Ferreyra-Carlos Julio Pereira.

El Estadio Héctor Grauert, más conocido como Cilindro Municipal, voló por los aires una tarde lluviosa de mayo, bajo el estruendo de las bombas y los aplausos de quienes le dieron la muerte. Algunos vecinos del barrio no pudieron contener las lágrimas. Allí funcionará, supuestamente a partir de 2016, un nuevo estadio multiuso, que es bienvenido pero que podría construirse en otro predio de la ciudad. Nadie les avisó a quienes lo demolieron del valor artístico y simbólico del edificio. Nadie les dijo nada.

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